Isidoro Moreno
Catedrático de Antropología Social


El régimen político del 78 consolidó la Segunda Restauración Borbónica mediante una partidocracia cuyo eje serían dos grandes partidos que habrían de turnarse en el gobierno, como ya ocurriera en la Primera Restauración, entre 1874 y 1931, con conservadores y liberales. Fueron UCD (pronto PP) y PSOE: dos partidos que debían alternarse desde la fidelidad a la monarquía y la docilidad respecto a los poderes del sistema económico-social imperante y que fueron definidos como “la derecha” y “la izquierda” para que hubiera ilusión de alternativa aunque en realidad se tratara de alternancia.

El turnismo se ha ejercido varias veces a nivel del Estado desde que el PSOE de Felipe González sustituyó a la UCD de Suárez. Y también ha funcionado en todas las comunidades autónomas salvo en Cataluña y el País Vasco, por la importancia de sus partidos nacionalistas, y en Andalucía, donde se construyó un régimen monopartidista sobre el modelo del PRI mexicano con pinceladas de populismo peronista: el régimen psoísta que ha venido gobernando desde 1982 y que, siempre que le fue necesario, encontró partidos-muleta como el PA, IU y, en los últimos años, Ciudadanos.

La “anomalía” andaluza terminó en las elecciones del 2 de diciembre. Podría haber concluido hace años, cuando el PP de Arenas ganó las elecciones, pero la IU de Valderas lo impidió acudiendo en socorro del PSOE. Quizá, si el turnismo hubiera funcionado entonces, nos hubiéramos ahorrado buena parte de la corrupción posterior e incluso puede que la actual irrupción del partido con nombre en latín (Vox).

Sobre las elecciones, no deja de sorprenderme la facilidad con la que tantos analistas se basan en premisas falsas o muy discutibles. Así, se afirma que “han concluido casi cuarenta años de gobierno de la izquierda”. Disiento, porque considerar de izquierda al PSOE por seguir teniendo la “S” de socialista, la “O” de obrero y agregado la “A” de Andalucía es un error del mismo calibre que creer que el PP es el partido del pueblo por llevar la “P” de popular. Desde su refundación en Surennes, aquel es un partido liberal, y luego neoliberal, defensor sin ambigüedades del Sistema y del Régimen instaurado por la Reforma Política (de la que fue muy destacado protagonista frente a la opción de la ruptura con el franquismo). Nada que ver con las posiciones socialdemócratas del PSOE que fundara Pablo Iglesias en el siglo XIX.

También en contra de lo que muchos pronostican, creo que el próximo acceso de la derecha de PP y Ciudadanos al gobierno de la Junta no será un tsunami más que para los miles de colocados en puestos políticos o de asesores -la gran mayoría inútiles- o estén en nómina en la llamada administración paralela. Y puede que también lo sea para la clientela, a veces mafiosa, que vive de los contratos y subvenciones oficiales en este capitalismo andaluz, a la vez neoliberal y de amiguetes. Para los demás, significará básicamente más de lo mismo: otra vuelta de tuerca, una mayor profundización, en las políticas neoliberales que se han venido desarrollando en los casi cuarenta años de anestesia psoísta que en Andalucía han seguido a los cuarenta de franquismo (con el breve paréntesis de los años 1977 a 1981 en que los andaluces se sintieron Pueblo y afirmaron la existencia de Andalucía como sujeto político). Pero, al menos, ahora el neoliberalismo ya no estará enmascarado en palabrería “progresista”.

Esta vez, a la derecha maquillada del PSOE no le ha funcionado su grito de que “¡Viene la derecha!” porque muchos de su anteriores electores (nada menos que 400.000) habían dejado de considerarlo como izquierda. Por eso se abstuvieron. Como también lo hicieron casi 300.000 de los que habían apoyado en las autonómicas anteriores a Podemos e IU: por su política errática y porque entendieron que la coalición entre ellos, con algunas gotas de andalucismo más folclórico que transformador, facilitaría, de una forma u otra, la continuidad del régimen psoísta con la excusa de “impedir que gobierne la (otra) derecha”. La realidad es que aproximadamente un millón de andaluces con voluntad de votar izquierda o/y andalucismo comprometido no encontraron candidatura que les ofreciera la confianza y credibilidad suficientes como para ir a votar. Y si añadimos a estos los que sí votaron tapándose la nariz, tendríamos una cifra muy alta que apenas si se tiene en cuenta en la mayoría de los “análisis”.

Y apenas me he referido a Vox: el partido nuevo de la ultraderecha que hasta ahora estaba dentro del PP. Lo haré próximamente.

Deja un comentario