Nuria Menéndez de Llano-Rodríguez
Abogada y directora del Observatorio Justicia y Defensa Animal


Foto: Jo-Anne McArthur / We Animals

La cosificación como forma opresión es muy antigua. La cosificación, es decir, reducir a la víctima a mero objeto utilizable es el preludio de todo abuso y explotación. Es un mal tan extendido históricamente que lo hemos ido conociendo en todas su versiones y pervive entre nosotros totalmente normalizado.

La cosificación de otros seres humanos a los que se consideraba esclavos a los que se compraba y vendía libremente puede parecer algo más propio de otros siglos, sin embargo, la cosificación humana no ha desaparecido aún. Para hacernos una idea de lo cerca en el tiempo que tenemos ejemplos que hoy en día nos hacen sonrojar, no está de más recordar que, por ejemplo, los aborígenes australianos no fueron considerados ciudadanos de pleno derecho hasta 1960. Es sólo un ejemplo y todos sabemos que actualmente en muchos países se vulneran los derechos humanos, sobre todo, de los colectivos más vulnerables. A los grupos más vulnerables se les cosifica y se explota de las formas más variadas que van desde la explotación laboral, exclusión social o la esclavitud sexual. Esta cosificación es real y sigue sucediendo en el siglo XXI.

Distintas ONG calculan que actualmente cerca de 250 millones de niños y niñas trabajan en el mundo y más de 150 millones lo hacen en condiciones peligrosas y que aproximadamente 1 millón de estos niños son víctimas de tráfico humano.

El fenómeno sigue existiendo también en las sociedades occidentales, aunque quizá de manera más sofisticada. Cuando permitimos la temprana sexualización de las niñas y niños también se está colando el germen cosificador. Igualmente sucede con la cosificación sexual que rebaja a otros seres humanos a meros objetos sexuales con los que negociar a cambio de gratificaciones sexual. La trata de seres humanos, especialmente de niñas y mujeres es una verdadera lacra ética a combatir.

Tras estos antecedentes no debiera resultarnos extraño que el ser humano, que siempre ha cosificado a otros seres humanos y, desafortunadamente, bajo distintas formas, lo sigue haciendo, cosifique a los animales no humanos. Por ello, el movimiento descosificador de los animales tiene aún mayores dificultades que ninguna otra forma de cosificación al tener que tratar de derribar las férreas barreras construidas con los prejuicios del especismo, esa discriminación por razón de especie, que a duras penas justifica la vida de miseria, explotación masiva, abuso, sufrimiento y muerte al que los humanos sometemos a nuestros hermanos de planeta.

La cosificación animal comenzó a serlo y se convirtió en explotación o esclavitud cuando la relación entre animales humanos y no humanos dejó de ser simbiótica y se volvió parasitaria o de mero aprovechamiento. Fruto de esa primigenia relación surgió

la domesticación que fue un proceso lento que durante miles de años permitió un beneficio mutuo a modo de alianza estratégica interespecie.

Muy lejos queda ya esa “idílica” relación entre animales. A día de hoy la relación que el humano mantiene mayoritariamente con los demás animales, ya sean domésticos o salvajes, es de puro aprovechamiento. Especialmente con los domésticos, y dentro de éstos, con los llamados de granja o destinados al consumo, los cuales son explotados por billones. El sistema ha degenerado en una fórmula de explotación intensiva y alienante con demoledores efectos éticos, sanitarios y medioambientales.

En la explotación animal, hablar de bienestar es un mal chiste, un oxímoron, un cuento publicitario. Por más que los lobbies inviertan en cortos cinematográficos de mayor o menor gusto, la realidad es la que es y es fea. Es apabullante.

El sistema de explotación animal actual es el infierno en la tierra. No hay humanidad ni contemplaciones, sólo kilos, litros y cifras económicas. Para estos seres esclavizados que se cuentan por billones nada de lo que les espera en su corta vida va a ser dulce o amable. Ni la muerte que pondrá fin a su mísera existencia.

Desde luego, en términos éticos, lo que los humanos hacemos con los demás animales, sobre todo, con los de granja, puede ser calificado como pandemia ética global y a ella debemos sumar los efectos que este sistema de explotación masiva tiene para el medioambiente y para la sostenibilidad del planeta.

¿Cuántos animales son sacrificados diariamente en todo el planeta?

¿Cuántos espacios naturales han sido deforestados para plantar cereales con los que alimentar a estos animales?

¿Cuál es el consumo hídrico real asociado a la explotación ganadera?

¿Qué pasa con los purines y los desechos que se producen por toneladas en las explotaciones? ¿A dónde van?

¿Qué relación tiene con la explotación animal la aparición de superbacterias?

¿Qué efecto directo tiene este sistema de explotación animal intensiva sobre el calentamiento global?

¿Qué relación hay entre el consumo actual de carne y subproductos animales y los problemas cardiovasculares, la obesidad y el cáncer?

¿Qué impacto global tiene la población humana y sus hábitos de consumo actuales en el medioambiente?

Me gustaría que se reflexionara más sobre estos asuntos, que son los que de verdad nos deberían importar a todos. Me gustaría escuchar más este debate en los medios de comunicación y en los parlamentos porque no nos engañen, ni los animales son cosas ni los ciudadanos podemos ser tan ingenuos. Sabemos que otras formas de alimentación son posibles y tienen menos impacto ético y medioambiental. Hace falta ser valiente y poner las verdades, las cifras y los datos sobre la mesa de la opinión pública. Menos manipulación y más justicia social.

Los animales aguardan y el precio pagado es demasiado alto.

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