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Jesús Sánchez Rodríguez
Licenciado y Doctor en Ciencias Políticas y Sociología 


A finales de febrero de 2019 se inició en Argelia un ciclo de movilizaciones masivas y pacíficas cuyo objetivo inicial era rechazar la presentación del anciano Bouteflika que, con 82 años y un infarto cerebral que en 2013 le dejo incapaz[1], pretendía revalidar un quinto mandato al frente de la presidencia del país magrebí, puesto que lleva ocupando ininterrumpidamente desde 1999. Finalmente, a principios de abril, el omnipresente ejército argelino, enfrentado al dilema de proceder a una represión que tendría que ser sangrienta para acabar con las movilizaciones o forzar la dimisión del anciano presidente, se inclinó por esta última solución con la esperanza de que con dicha dimisión las movilizaciones decayeran y se normalizase la situación con una solución de reemplazo en la cúpula del poder a través de un nuevo pulso entre los clanes que conforman la vieja clase dirigente argelina desde su independencia. Sin embargo, las movilizaciones habían alcanzado una dinámica imparable y masiva, y la solución que se ofrecía al pueblo argelino llegaba tarde y resultaba insuficiente, los objetivos de las movilizaciones se habían hecho más ambiciosos conforme el pueblo sentía la fuerza de que disponía y el retroceso que había logrado del régimen. Ahora, la demanda ya no se ceñía a impedir un nuevo mandato del anciano Bouteflika y planteaba la necesidad de un cambio de régimen. La apuesta era muy alta, los riesgos empezaban a ser elevados, y el desenlace entraba en una fase más incierta.

Una primera aproximación a estas movilizaciones invita a pensar que se pudiese tratar de una réplica del terremoto de la primavera árabe que sacudió toda la región desde Marruecos a Bahréin a partir de 2011, y que en Argelia tuvo un desarrollo breve y con apenas consecuencias. En favor de la hipótesis de un réplica de aquella primavera de hace ocho años se podría añadir las movilizaciones que en paralelo a las de Argelia han tenido lugar en Sudán y han conseguido la caída, también mediante la intervención del ejército, de un viejo dictador africano, Omar Al Bashir , acusado por la Corte Penal Internacional de genocidio y crímenes contra la humanidad por lo que lanzó una orden de arresto contra él en 2009.

Pero la Argelia independiente también tiene una historia propia de movilizaciones que de manera periódica han sacudido al país, y cuyo precedente más dramático se encuentra en las movilizaciones que tuvieron lugar en 1988, y cuyas consecuencias terminaron siendo trágicas para el país.

A continuación haremos un examen de ambos fenómenos, la primavera árabe y las revueltas propiamente argelinas, para ver a cual de ambas experiencias puede asemejarse más las movilizaciones actuales. Posteriormente procederemos a analizar la naturaleza del régimen argelino, la constelación de fuerzas políticas que han actuado o actúan en la actualidad, así como de los problemas que tiene planteados Argelia. Finalmente, volveremos a la situación actual para revisar la dinámica en curso a la vista de los precedentes, las fuerzas en juego y las posibilidades de solución a la crisis en curso.

 

La primavera árabe y las revueltas argelinas

Inicialmente Argelia se sumó a la ola de movilizaciones que conformaron lo que se denominó como la primavera árabe, en enero del 2011 las protestas prendieron en decenas de ciudades del norte del país, con especial impacto en la Kabilia bereber.  Pero el poder argelino respondió rápidamente para evitar que las movilizaciones se consolidasen y extendiesen. Las medidas tomadas fueron de carácter económico y político, entre las primeras se pueden señalar el aumento a los productos básicos y los salarios mediante un aumento del 25% del gasto público, y entre las segundas, la supresión de la ley de emergencia vigente desde 1992 como consecuencia de la guerra civil que asoló al país en  la década de 1990, y la promesa de una reforma constitucional. Igualmente hay que tener en cuenta que el recuerdo de la reciente guerra civil con la enorme violencia que devastó al país pesó en los ánimos de los sectores movilizados. De manera que Argelia terminó siendo uno de los pocos países dónde la primavera árabe fue más breve y con menos impacto.

Pero, independientemente de este fenómeno generalizado en el mundo árabe,  Argelia ha conocido períodos de revueltas a lo largo de su historia como país independiente.  En la Kabilia está movilizaciones han sido periódicas reproduciéndose en las décadas de 1960, 1980 y 2000 con objetivos democráticos y una base étnica, los bereberes; pero también han existido otras de tipo sectorial, como las mujeres luchando contra los códigos de familia islámicos, los sindicatos por las mejoras salariales o contra las privatizaciones, las organizaciones de derechos humanos, etc.

Las más graves de todas, y con consecuencias trágicas, fueron las que tuvieron lugar en 1988. En octubre de ese año, y de manera espontánea, la juventud urbana pobre y marginada se adueño de la calle. Se trataba de jóvenes procedentes de la explosión demográfica que habían accedido a la educación pero se sentían frustrados por la falta de oportunidades agravada por el empeoramiento del nivel de vida de la población como consecuencia del hundimiento de los precios internacionales de los hidrocarburos. La revuelta fue acompaña de actos de violencia originada en la explosión de la cólera popular, y provocó una violenta reacción de las fuerzas de represión que provocó centenares de muertos. Había emergido con fuerza un actor social importante, la juventud urbana marginada, pero  sin organizaciones capaces de canalizar su frustración hacia una acción política transformadora. Con una izquierda desacreditada por la vinculación que se había hecho entre el régimen contra el que se rebelaban y el socialismo, las energías y el descontento de esa juventud fueron canalizadas por las fuerzas islamistas, que disponían de penetración social y una intelligentsia que predicaba sus ideas en los barrios populares. Esa oportunidad utilizada por el islamismo militante llevaría meses después a la creación del FIS (Frente Islámico de Salvación) cuya se fuerza se expresaría en las victorias electorales de 1990-91 que serían anuladas por el régimen y precipitarían al país a un cruenta guerra civil que se saldaría con unos 200.000 muertos.

Así pues, en dos momentos claves en que el régimen argelino fue desafiado por fuerzas sociales espontáneas, éste fue capaz de salir victorioso, en la primera mediante la represión inicialmente de los jóvenes urbanos y una guerra civil a continuación, en la segunda mediante el despliegue de subvenciones sociales y económicas y promesas de cambios políticos. El actual sería el tercer desafío importante también nacido de fuerzas sociales espontáneas, y si en los dos anteriores no hubo inicialmente un objetivo definido – en 1988 se trató de una explosión de cólera y en 2011 de la propagación de un movimiento nacido en Túnez – en este tercero si había un objetivo inicial alcanzado, la dimisión de Bouteflika, que ahora ha saltado a otro más ambicioso como es el fin del régimen vigente desde la independencia.

 

La naturaleza del régimen argelino

Es imprescindible identificar en qué consiste la naturaleza del régimen argelino para poder evaluar en qué consistiría el cambio que demandan las fuerzas sociales que pretenden su transformación.

Tras la independencia de Argelia en 1962 con la victoria del FLN se ensayó la construcción de un Estado socializante cuya base económica sería cada vez con mayor peso la exportación de hidrocarburos, en lo que Gilles Kepel[2] denominó una «petrodemocracia popular» y cuyo funcionamiento consiste en subvencionar el consumo popular y los salarios con los ingresos del petróleo para garantizar la pasividad política de la población y el monopolio político y el enriquecimiento de las élites. Estas élites, como señala Ferrán Izquierdo[3], se forman fundamentalmente en torno al Estado y estarían compuestas por cuatro grupos diferenciados, las élites propiamente estatales de los altos funcionarios vinculados, cada vez menos con el paso del tiempo, al nacionalismo histórico gestado durante la  independencia; las élites comerciales, en parte ya existentes anteriormente a la independencia; las élites creadas por el proceso industrializador; y las élites locales, especialmente rurales.  Entre estas élites existen intensos lazos, especialmente entre las estatales y las burguesas, que han dado lugar, como apunta este autor, a un «capitalismo de amiguetes» similar al marroquí o egipcio, reforzado con el giro a la privatización del poderoso sector público argelino.

El núcleo esencial de las élites argelinas apenas se ha renovado, con el regreso de líderes ya presentes en los años 70 del siglo pasado, como es el ejemplo del propio Buteflika. Además se originan facciones de las élites en clanes como «redes de patronazgo y clientelismo» en torno a alguna personalidad que dan lugar a complejas alianzas para mantener el poder, pero también a fenómenos de competencia implacable con recurso incluso a la violencia. Todo ello no impide lo señalado antes, que las élites, pese a su competencia en clanes, sigan procediendo del mismo origen desde la independencia y, por lo tanto, hayan sido difíciles de reemplazar.

Tras el abandono del «socialismo a la argelina», el régimen buscó mantener su legitimación en tres pilares, las referencias al viejo nacionalismo, la apelación a un discurso desarrollista cada vez menos creíble, y a la utilización de un cierto tradicionalismo religioso recuperado del islamismo. Todo ello apoyado en el mantenimiento de las redes de distribución de recursos públicos extraídos de las rentas de los hidrocarburos, que sería, en opinión de Ferrán Izquierdo, el principal recurso del régimen para mantenerse, junto a otros como los ideológicos, los coactivos o el control de los medios de comunicación.

Así pues, en estas condiciones, este autor apuntaba a tres graves desafíos a la estabilidad de Argelia. El primero es el económico, con un persistente modelo basado en la dependencia del sector de los hidrocarburos  y de las importaciones.  El segundo es de carácter social debido al bloqueo en la renovación de las élites dominantes, la creciente desafección hacia el régimen por una mayoría creciente de la población, y una creciente reislamización de la sociedad. El tercero es de carácter político, con un descredito creciente de la clase política y del propio Buteflika, unos partidos de oposición incapaces de levantar una alternativa creíble, y un sistema de poder estatal basculando en torno a tres centros, el ejército, los servicios de espionaje y la presidencia.

 

La encrucijada de la actual ola de movilizaciones.

Como hemos tenido ocasión de señalar, Buteflika es el representante por antonomasia de la élite gobernante argelina desde la independencia, tanto en su período inicial socializante, como en su período posterior cuando se inclina definitivamente por la economía de mercado como opción preferente precipitada por la guerra civil – aunque ya en la década de 1980 Bendjedid abandonó el proyecto de un régimen socialista por el de una economía liberal con el apoyo del FMI -, ambos bajo el paraguas de un Estado rentista de los hidrocarburos que sigue manteniendo cuotas distributivas para mantener el régimen.

Así pues, la demanda de apartar a Buteflika del poder, como al final han conseguido las masivas movilizaciones que han tenido lugar, es en realidad una demanda por remplazar a las viejas élites que han gobernado al país desde 1962, de cambiar de régimen mediante una difusa demanda de mayor democracia expresada en la consigna de que la soberanía reside en el pueblo[4], y por ello mismo, aparece como un movimiento lógico que, una vez apartado Buteflika del poder, los manifestantes vayan más allá y reclamen el apartamiento de toda la vieja élite[5] – incluido el jefe del ejército, Ahmed Said Salah[6], responsable de conseguir la retirada del anciano presidente – y el cambio de naturaleza del sistema político vigente.

Desde su recuperación por las élites dominantes en las elecciones de 1999, tras la finalización de la guerra civil, Buteflika ha ganado consecutivamente cuatro elecciones presidenciales[7] y era el candidato para una quinta reelección en 2019 al ser presentado como el candidato oficial por el FLN, lo que provocó la ola de protestas actuales. En 2012 anunció un programa de reformas para ganar las elecciones legislativas de ese año, pero al año siguiente, con la excusa de un ataque terrorista una de las mayores centrales gasísticas del país, el programa de reformas políticas fue cancelado. En 2014, cuando ganó su cuarto mandato presidencial, la abstención fue cercana al 50% y hubo llamamientos minoritarios a la abstención. Ahora, el llamamiento para evitar ese quinto mandato volvió a tomar el formato ya repetido en los países árabes, utilizando las redes sociales y convocando a manifestarse los viernes después de la oración en las mezquitas.

Si las movilizaciones parecen haberse iniciado espontáneamente, a ellas se han sumado el conjunto de las fuerzas políticas de la oposición que aparecen profundamente divididas por sus divergencias políticas y en la que al menos se puede establecer una línea divisoria clara entre el bloque de la izquierda laica, con el RCD (Reunión por la Cultura y la Democracia), el FFS (Frente de Fuerzas Socialistas) y el PT (Partido de los Trabajadores), y el bloque conservador e islamista en el que destaca el MSP (Movimiento de la Sociedad por la Paz). Pero del lado de las viejas élites dominantes tampoco parece que tengan una estrategia clara para conseguir desmovilizar a la calle y proceder a un nuevo recambio en su seno para que todo siga igual pero con  nuevas caras.

Las movilizaciones parecen tener más en común con las de la primavera árabe de 2011 – basadas en motivos de naturaleza política como una mayor democracia o el fin de la corrupción – que con el estallido de cólera de 1988, basado en problemas económicos y de marginalidad social de la juventud urbana. Ya sabemos que en el primer caso la desmovilización fue rápida, basada en la ampliación de los subsidios sociales y las promesas de reformas políticas, mientras que en el segundo caso la cólera de la juventud fue canalizada por el islamismo radical que aumento el nivel de enfrentamiento con el Estado hasta desembocar en la guerra civil. La dinámica de este segundo caso fue bloqueada en 2011 en Argelia, que ya tenía su experiencia anterior, pero se reprodujo especialmente en Siria y Libia, y fue cortada por un golpe militar en Egipto que no recibió una respuesta armada y terrorista por parte del islamismo radical como ocurrió en Argelia.

De momento, y tras la dimisión de Buteflika, el régimen pretende seguir las reglas constitucionales en vigor y ha nombrado como presidente interino a Abdelkader Bensalah, presidente del Consejo de la Nación para que en el plazo de 90 días convocase elecciones presidenciales, cosa que ya ha hecho para el 4 de julio. Ahora es la calle la que tiene que responder a esta nueva situación, bien continuando las movilizaciones para conseguir una transición no pilotada desde dentro del Estado, bien plegándose a la nueva situación. La primera opción llevaría a una espiral más alta de enfrentamientos, entrando en un terreno desconocido y peligroso a la vista de la propia experiencia argelina y la de sus vecinos. Podría darse una salida al estilo de los antiguos países del socialismo real, dónde las movilizaciones crecientes terminaros por derrumbar a los viejos Estados socialistas de manera pacífica, con la excepción de Rumanía, pero también podría desembocar en algunas de las variantes del mundo árabe desde 2011, con guerras civiles o golpes de Estado. La segunda opción sería una repetición del desenlace de la primavera árabe de 2011 en Argelia, una desmovilización basada en la dimisión de Buteflika en lugar de un aumento de los subsidios sociales, que también podrían darse esta vez, y una continuación del dominio de las élites burocrático-militares-económicas tras un pacto en su seno para cerrar las heridas producidas en estas últimas semanas.


[1] En 2013 sufrió un infarto cerebral y dejo de aparecer en público, en la campaña presidencial de 2014 no participó ni en un solo mitin, y su proclamación como candidato en 2019 por el FLN se hizo en un mitin en el que Buteflika estaba representado por un retrato suyo. Que en esas condiciones físicas las élites dominantes no hayan encontrado otro candidato de consenso parece demostrar el bloqueo del sistema político y el nivel de enfrentamiento en el seno de las élites, expresado también en la denuncia por parte de Gaid Salah de una conspiración contra el ejército el mismo día de la renuncia de Buteflika,
[2] Gilles Kepel, La Yihad, expansión y declive del islamismo
[3] Ferrán Izquierdo Brichs (coord), Poder y regímenes en el mundo árabe contemporáneo
[4] Para el apartamiento de Buteflika el ejército se había venido apoyando en el artículo 102 de la Constitución, que permite inhabilitar al presidente por motivos de salud, en tanto que los manifestantes apelaban al artículo 7 que reconoce que el pueblo es la fuente de todo poder. Finalmente Buteflika optó por dimitir el 2 de abril, tras seis semanas de movilizaciones
[5] En las manifestaciones se expresa el rechazo a Buteflika y a su hermano Said, un verdadero poder en la sombra como consejero presidencial
[6] Ascendido a la cabeza del ejército por Buteflika a partir de 2013 por defender su cuarto mandato frente a otros generales que habrán mostrado su desacuerdo. Desde su llegada a la presidencia en 1999 de la mano del ejército, Buteflika ha maniobrado para sustraerse de la dependencia de los generales y perpetuarse en el poder.
[7] La Constitución argelina solo permitía dos mandatos, de manera que en 2008 fue reformada para que Buteflika pudiese ser reelegido indefinidamente.

 


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