José Cruz Campagnoli – Celag

El último 27 de octubre la fórmula Alberto Fernández – Cristina Fernández derrotó en primera vuelta al binomio Mauricio Macri – Miguel Pichetto por más de dos millones de votos y una diferencia porcentual que en el escrutinio definitivo podría estirarse hasta 10 puntos o más.

Estamos ante un escenario inédito. Nunca un ciclo neoliberal fue tan corto en la Argentina (cuatro años); nunca la vuelta de un gobierno popular fue tan repentina. Por primera vez la derecha es el paréntesis histórico entre dos gobiernos populares; también por primera vez, un un presidente que se presenta a su reelección es derrotado.

Apostillas de la elección

El resultado de las PASO (Elecciones Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias) del 11 de agosto provocó un shock en la escudería de Cambiemos, que impulsó una intensa campaña para atraer a votantes asustados con el regreso del kirchnerismo. Por ello la primera vuelta, del 27 de octubre, terminó operando como un balotaje para el electorado del oficialismo. Así, ante el resultado demoledor de las PASO, Cambiemos apeló a una sensibilidad antikirchnerista/antiperonista que posibilitó aumentar su caudal de votos a casi 40%, lo que no impidió, de todas maneras, una amplia derrota sin necesidad de segunda vuelta.

El antimacrismo fue el eje aglutinante que propició la constitución del Frente de Todos y la capacidad de Cristina la llave maestra que, con su jugada estratégica, habilitó la conformación de una coalición que pudo unir a la inmensa mayoría de los dirigentes del peronismo y a todo el campo popular.

El Frente de Todos no fue solo la contracara del ajuste perpetrado por el Gobierno de Macri, sino que también ofreció una propuesta que expresaba novedad, frescura y esperanza. Podemos decir, entonces, que la clave de la disputa electoral finalmente se dio en el plano de las antinomias, un antimacrismo robustecido y esperanzador versus un antikirchnerismo fatigado que hizo su mayor esfuerzo por tener una derrota digna.

Fue una decisión magistral de Cristina Fernández de Kirchner el no encabezar la fórmula presidencial, así como también descartar de plano las invitaciones de sectores aliados a retirarse a cuarteles de invierno con el argumento que ella era un obstáculo para triunfar en las urnas. No encabezar el binomio presidencial pero, a su vez, integrar la fórmula, logró que su potencia electoral se vea reflejada en las urnas y también evitó que el equipo de campaña de Macri pudiera instalar con éxito el clivaje  kirchnerismo/antikirchnerismo como organizador de la elección.

El antimacrismo como antineoliberalismo

Si el antimacrismo fue el factor coagulante de la coalición triunfante, el carácter antineoliberal que tanto Alberto Fernández como la actual vicepresidenta electa expresaron que va a tener el próximo Gobierno constituye un desafío de enorme trascendencia. El pasaje del antimacrismo al antineoliberalismo le da una nueva unidad conceptual al Frente de Todos después del 10 de diciembre, cuando Macri deje de ser presidente, y obligará a la tercer etapa del kirchnerismo -encabezada por Alberto Fernández- a tener gran creatividad y audacia. Todo esto en un contexto económico muy complejo.

Es un desafío estratégico desmontar la matriz neoliberal que opera no sólo como un conjunto de medidas económicas sino como una racionalidad que se apropia de los individuos capturando nuestras subjetividades y construyendo una cultura mercantilista e individualista. Al mismo tiempo, el Gobierno de Alberto Fernández y Cristina Fernández tiene la misión histórica de romper el péndulo que azota a nuestro país hace décadas: que a gobiernos populares le sobrevienen gobiernos de derecha.

La derrota del experimento neoliberal bajo la forma “Juntos por el Cambio” en la Argentina marca un hito en América Latina y la región: la oleada conservadora que auguraba “el fin de ciclo progresista” empieza a ponerse en cuestión y se ratifica que estamos en un escenario en disputa. Tributan a esta idea las grandes movilizaciones que ponen en jaque al Gobierno de Piñera y el triunfo de Evo Morales en Bolivia en primera vuelta. Pero no hay que desconocer, al mismo tiempo, el escenario complejo para el Frente Amplio en Uruguay de cara al balotaje.

La experiencia de Macri fracasó en sus propios términos. No hubo inversiones productivas, no se redujo la inflación, la economía está en recesión y se van del Gobierno dejando un “cepo” casi estricto a la compra de dólares. De hecho, lo único que hicieron fue exacerbar y profundizar los problemas preexistentes.

La Argentina tiene particularidades históricas que pueden explicar, en alguna medida, la derrota de Cambiemos: un movimiento popular potente, con una cultura organizacional muy profunda en la que el movimiento sindical (que antecede al peronismo, pero se fortaleció y desarrolló fuertemente durante aquella experiencia) juega un papel protagónico. También tiene una tradición de resistencia muy arraigada en su ADN: la dictadura militar (1976-1983) fue la más sangrienta pero la más corta del Cono Sur. Dejó la trágica secuela de 30.000 personas detenidas/desaparecidas, pero sólo duró siete años. En Uruguay la dictadura duró doce años (1973-1985), en Chile dieciséis años (1973-1989), en Brasil veintiún años (1964-1985) y en Paraguay treinta y cinco años (1954-1989). En todos estos casos la salida de la dictadura fue pactada, con matices -según el caso-, y con una transición dirigida por las élites en connivencia con las jerarquías castrenses.

En el caso argentino, la dictadura se vio arrastrada al vacío por la grave crisis económica, pero principalmente por las crecientes movilizaciones y huelgas organizadas por las centrales obreras. La derrota en la Guerra de Malvinas de 1982 terminó de sellar la suerte de aquel Gobierno de facto. Y en 1985 los comandantes de la Junta Militar estaban presos y condenados.

Esta experiencia de juicio y castigo a los responsables del genocidio en forma inminente no sucedió en los otros países de la región que señalamos. Al mismo tiempo, en las últimas décadas Argentina desarticuló por completom el papel protagónico que ejercieron las Fuerzas Armadas como partido politico-militar durante el siglo XX, en representación de las clases dominantes.

Pero hay un dato que excede largamente a la Argentina, que es el agotamiento del ciclo ascendente neoliberal.

Marx decía, con razón, que el capitalismo fue revolucionario desde sus inicios, fue portador de novedades y siempre tuvo capacidad de reformularse. Pensemos en sus comienzos mercantilistas en los siglos XVI y XVII, el capitalismo industrial del siglo XVIII, pasando por su fase librecambista iniciada a mediados del siglo XIX, hasta la crisis de 1930. Luego vinieron el keynesianismo y el Estado de Bienestar, hasta su agotamiento en los años ’70 del siglo pasado. Ahí surge de manera “revolucionaria” el neoliberalismo, que venía incubándose en círculos intelectuales -desde 1938, con el Coloquio Walter Lippman en París, luego en 1947 por la Sociedad de Mont Pelerin en Suiza, impulsada por el austriaco Friedrich von Hayek y, posteriormente, con la famosa Escuela de Chicago de Milton Friedman-.

Casualmente, las primeras experiencias de las reformas de mercado se dieron en Chile durante la dictadura de Augusto Pinochet, y luego en forma inconclusa durante la dictadura militar argentina. Pero el neoliberalismo adquirió su forma más potente en el Reino Unido y los Estados Unidos, con Margaret Tatcher y Ronald Reagan, a principios de los ’80. Se configuró, así, una nueva utopía que vino a remodelar el sentido común de las sociedades, no solo desregulando la economía sino también formateando las subjetividades. La caída del bloque del Este y la URSS potenciaron el despliegue neoliberal a escala planetaria.

En América Latina las reformas de mercado previstas en el decálogo del Consenso de Washington tuvieron su edad de oro durante toda la década del ’90, hasta que entraron en crisis. Y de una crisis profunda de la cual no pudieron salir. Prueba de ello es el fracaso de este último ciclo (2015-2019).

Lo que fracasó en la Argentina en estos años no fue Macri en tanto individuo, sino la forma que adoptó el capitalismo desde 1970. Hay una crisis existencial del neoliberalismo, precisamente porque dejó de ser portador de novedades; por mas big data, Facebook, block chains y nuevas tecnologías que desarrollen no pueden dar respuestas satisfactorias ni a las viejas ni a las nuevas demandas de las mayorías. Sabemos que el neoliberalismo no está derrotado aún porque está implantado como un chip en la racionalidad de los sujetos, pero están en crisis los fundamentos que lo sostienen.

Pero, ¿realmente fracasaron en Argentina?

Alguno o alguna podría decir, con razón, que si lograron bajar los salarios en dólares, mejorar la tasa de ganancia de grandes sectores de la economía (sector financiero, energético), endeudar en dólares al país en casi un PIB para alimentar centralmente la fuga de divisas o hacer grandes negocios familiares como los obtenidos por las empresas ligadas al presidente saliente, no han fracasado. Y también se podría agregar que, si después de la devastación económica que produjeron, se retiran con un apoyo del 40% de los votos, el fracaso no ha sido tan rotundo.

Es interesante discutir estos puntos.

Resulta importante considerar que Cambiemos fracasó en dos aspectos. Primero, en su capacidad para lograr resultados económicos como los que enunciamos más arriba; o sea, fracasaron en sus propios términos. No pudieron llevar adelante reformas estructurales, como la reforma laboral, o desmantelar el sistema previsional; sólo pudieron reducir los montos de los aumentos jubilatorios. Tampoco pudieron reprivatizar Aerolíneas  Argentinas ni Yacimientos Petrolíferos Fiscales. Todo esto se debió a una tenaz resistencia popular con eje en el movimiento sindical y una conciencia, de parte importante de la sociedad, del valor de ciertos derechos.

Segundo, no pudieron construir hegemonía. Su proyecto era gobernar por 30 años la Argentina para remodelar la estructura económica, social y sindical del país, y para eso precisaban reformatear el sentido común del pueblo, desmontar un sistema de valores vinculado a la defensa de los derechos sociales y económicos que se fortaleció durante los doce años de kirchnerismo (2003-2015).

Con respecto al 40% de votos obtenidos por la fórmula encabezada por Mauricio Macri podemos decir dos cosas: que el antikirchnerismo/antiperonismo aun conserva una potencia importante en la sociedad; hay algunos autores que sostienen, incluso, que el antikirchnerismo es la identidad más robusta de la Argentina, y que el antiperonismo surgió primero que el peronismo dando lugar, precisamente, al surgimiento de este último. También es materia de análisis desmenuzar si la composición de ese voto es homogénea. Es probable que un sector importante que votó a Cambiemos pueda ser interpelado por las políticas públicas del próximo Gobierno. En segundo lugar, es preciso poner el foco en los casi cincuenta puntos porcentuales obtenidos por el Frente de Todos. Un guarismo inimaginado algunos meses atrás.

¿La derecha vuelve a los cuarteles de invierno?

El próximo Gobierno del Frente de Todos va a enfrentar a una derecha que se retira del Ejecutivo pero no de la confrontación política. Ya vimos cómo fueron construyendo una narrativa que mezcla bolsonarismo con Tea Party, y ocupación masiva de la calle con movilizaciones, micros y choripan. Llegaron hablando de terminar con el populismo y se van convertidos en una derecha populista que, tal vez, asuma características violentas. Y esto no es una particularidad rioplatense, vemos cómo la derecha en Bolivia no reconoce el legítimo triunfo de Evo Morales y desarrolla un plan destituyente.

No serán tiempos, pareciera ser, para ir de “casa al trabajo y del trabajo a casa”, como decía Juan Domingo Perón; serán tiempos de recuperar el trabajo, primero, y al mismo tiempo no abandonar las calles porque ahí se va a jugar el destino de nuestra patria.

Celag


José Cruz Campagnoli

José Cruz Campagnoli

Licenciado en Ciencia Política (UBA) (Argentina)

José Campagnili es licenciado en Ciencia Política por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Fue legislador de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires en el periodo 2013-2017 por el partido Nuevo Encuentro.

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