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Ana de Blas
Periodista y licenciada en Bellas Artes


“Descubra nuestra reciente adquisición, una pintura de la más célebre artista del barroco italiano”, dice la invitación. Es el 31 de enero de 2019 y se anuncia un esperado evento, tras varios meses de restauración, en el hall central de la National Gallery londinense. “Después de su sensacional descubrimiento en 2017, el autorretrato como Santa Catalina de Alejandría de Artemisia Gentileschi fue adquirido para la nación”. Así, 400 años después de abandonar la corte inglesa, la antigua pintora de los reyes de Inglaterra vuelve a Londres, convertida en una estrella anunciada con el lenguaje de la mercadotecnia. La National Gallery compró el autorretrato por 3,6 millones de libras (algo más de cuatro millones de euros), estableciendo un récord para la artista y elevando la colección de obras de mujeres del museo a un total de 21 piezas, según informó The Guardian.

Los fondos de la entidad ascienden a 2.300 obras, un océano en comparación con tan escasa presencia de viejas maestras. Solo unos meses antes, su Lucrecia, subastada en la sala Dorotheum de Viena, había llegado casi a los 1,9 millones de euros. La venta fue recibida con un aplauso: la Gentilesca ha conquistado el mercado.

Restauración del autorretrato de Artemisia Gentileschi como Santa Catalina de Alejandría (1615-17). The National Gallery.

El legado pictórico de esta romana criada en un taller de pintura, cuya vocación resistió toda una carrera de obstáculos en el siglo diecisiete, no se cuestiona hoy en día. Pero además, muchas de las peripecias de la vida de Artemisia, desde la sombra de un padre preeminente a la violencia sexual, el juicio y el escándalo público, el reconocimiento, la relación con el poder entre reyes y cardenales, son una inagotable fuente de inspiración para la genealogía y la autoconciencia feminista. Todas somos, de alguna forma, las hijas de Artemisia Gentileschi y sus autorretratos nos desafían desde el espejo del tiempo.

Restauración del autorretrato de Artemisia Gentileschi como Santa Catalina de Alejandría (1615-17). The National Gallery.

Sabemos cómo era Artemisia porque su padre, Orazio, pintor destacado, la retrató varias veces y ella misma lo hizo a menudo. Vemos una mujer robusta, con el pelo rubio oscuro que cae en rizos algo desmadejados. La propia National Gallery anuncia una retrospectiva de la artista para 2020, y su Santa Catalina es la protagonista de una gira previa por el Reino Unido cuya primera parada ha sido la Biblioteca de Mujeres de Glasgow.

¿Es Gentileschi una proto-feminista? Quizá sea exagerada esta idea, si bien es evidente la fortaleza y protagonismo de sus figuras femeninas. “Encontrará el espíritu de un César en el corazón de una mujer”, escribió sobre sí misma en una carta a un mecenas. Sus obras maestras son sobre nosotras: mujeres en acción, afirmando la agencia femenina y desafiando a los hombres o al destino. Artemisia tiene la cualidad caravaggesca de elegir el momento álgido del tema, ya sea bíblico o mitológico, en sus composiciones, con un resultado inspirador incluso para el lenguaje cinematográfico. Ella pinta mujeres con antebrazos poderosos que, remangados, trabajan, duermen o… asesinan. La pintora era conocida por negarse a usar modelos femeninos, ya que ella misma, sujeto y objeto, era la maestra que sujetaba el pincel y su alegoría.

Colocación del autorretrato de Artemisia Gentileschi como Santa Catalina de Alejandría (1615-17). Martin Bailey/The National Gallery.

“Esta primavera, como un maravilloso tributo al Día de la Mujer de 2019, la Santa Catalina de Alejandría de Artemisia Gentileschi ha sido restaurada, y (¡por fin!) se exhibirá permanentemente en la Sala Medusa, con Caravaggio”. Al otro lado de Europa, la Advancing Women Artist (AWA) de Florencia reseña la salida de los almacenes de otro lienzo con el mismo tema, el retrato de la santa. Según recoge esta fundación, que trabaja en la promoción y el rescate de antiguas pintoras, el propio director de los Uffizi, Eike Schmidt, declara que en las redes sociales “Artemisia es la artista más popular de la galería”. La cantidad de atención que recibe incluso ha superado la de Boticelli. El trabajo de AWA demuestra cómo un movimiento de restauración dirigido por mujeres en Florencia está, en definitiva, reformando el canon. Una actividad que se suma al impulso por la recuperación y el reconocimiento de las mujeres en el arte del que nuestro país no es ajeno, y que une a restauradoras, académicas, docentes, asociaciones, artistas o críticas.

Presentación del autorretrato de Artemisia Gentileschi como Santa Catalina de Alejandría (1615-17). The National Gallery.

La verdadera venganza de Artemisia, siempre en boca de todos por haber denunciado las violaciones a las que la sometía su maestro, el pintor Agostino Tassi, ¿no será este éxito en la posteridad? “La historia del arte borró su nombre y ahora escribimos su historia como un ejercicio de justicia poética y la resignificamos dentro de una lucha común que comparten todas las mujeres y niñas del mundo”, apunta Emma Trinidad, curadora de Woman Art House, en Contemporaneidades. Artemisia pintó toda su vida, con el saber – “de pintura, de color y de empaste”, escribía en 1916 Roberto Longhi, verdadero árbitro cultural de su tiempo– de quien ha nacido en su oficio. Después de Longhi, su recuperación como artista corre paralela a la conversión en mito contemporáneo. Más aún con la publicación, en los años ochenta, de las actas del juicio que protagonizó en 1612, que dieron pie a las primeras biografías académicas, a alguna película, y por fin a exposiciones con sus obras ya en el siglo XXI y la aparición en 2005 del volumen colectivo editado por Mieke Bal, The Artemisia files. Es injusto volver a recordarla por aquel proceso, como una maldición, y no por sus lienzos. Sin embargo, la misma Artemisia lo hará, pues esta es su declaración:

“Quando llegamos a la puerta de mi aposento, él me empujó y la çerró con llave y después de çerrar me arrojó al borde del lecho dándome con una mano en el pecho, y me puso una rodilla entre los muslos para que no pudiera juntarlos y levantándome el halda, que gran pena le costó levantármela, me puso una mano con un pañuelo en la garganta y en la boca para que no gritasse, y las manos, como antes me las tenía cogidas, me las sujetó con la otra, haviendo puesto antes las dos rodillas entre mis piernas, y endereçando su miembro contra mis partes empeçó a empujar y lo metió dentro, que sentía que me rasgava y me hazía gran daño y aunque por el estorbo que tenía en la boca no podía gritar, con todo yo intentava dar vozes lo más possible llamando a Tuzia. Y le arañé la cara y le arranqué el pelo, y antes de que lo metiesse dentro, le di una arremetida furiosa al miembro que hasta le arranqué un troço de carne, pero no se le dio un ardite y siguió su faena, tanto que estuvo ençima de mí una buena pieça teniendo su miembro dentro de mis partes, y después que huvo su contento se quitó de ençima y yo, viéndome libre, fui al cajón de la mesa y cogí un cuchillo y me llegué a Agostino diziendo: “Te voy a matar con este cuchillo porque me has infamado”.

Autorretrato de Artemisia Gentileschi como Santa Catalina de Alejandría (1615-17), antes de su restauración. The National Gallery.

Cuando al día siguiente su padre preguntó por ella dijo estar enferma. Sangraba. Tras el primer asalto violento de la primavera de 1611, él se fue y volvió otras muchas veces, le hacía daño, volvía a sangrar, pero ella ya no peleó más. El modo en que Artemisia fue violada a sus dieciocho años se conserva, palabra por palabra, en el relato del juicio celebrado en la Roma de Pablo V. Tenemos las Actas de un montón de interrogatorios que traen pedazos, como telas rotas, de su vida. Sabemos de sus caminos, siempre acompañada, a la iglesia, de cómo el agresor y los suyos vigilaban su casa, de las horas interminables recluida en su aposento. Un espantoso encierro, si no fuera por la pasión por la pintura, idéntico al que aún hoy encoge los corazones de muchas mujeres en el mundo.

Leemos la historia de una violación en el círculo de confianza fríamente planeada, como tantas otras. Después, la consecuencia lógica: la promesa de matrimonio como indulto a la agresión, palabra incumplida por la que Artemisia y Orazio esperaron un año entero para denunciar a Agostino Tassi. Con el casamiento con el violador se reparaba el daño causado, también a los ojos de la propia mujer.

Letizia Treves, jefa del Departamento de Curaduría de la National Gallery, y Hannah Rothschild, presidenta del Consejo de Administración, con la Santa Catalina de Alejandría (1615-17). The National Gallery.

Allí donde ella nos ha dejado una Judith decapitando a Holofernes que es una obra cumbre por sus calidades pictóricas, toda suerte de relatores se deleitan en ver el odio de una mujer herida, sin considerar que estas “mujeres fuertes” y este gusto violento no son excepcionales en el programa del Seicento –con frecuencia, la pura violencia erotizada–. Como se pregunta Estrella de Diego –ensayista, catedrática y académica de Bellas Artes– en la edición en español de las Actas, “¿Qué pasaría si Gentileschi fuera una gran artista sin más?”. Artemisia pudo dejar la huella de lo vivido –que todo autor deja en sus creaciones– en su trabajo, sin que tengamos que aventurar ninguna interpretación como una mujer traumatizada.

Judith y su doncella. (1625-27). Artemisia Gentileschi. Instituto de las Artes de Detroit.

Por si no eran suficientes la humillación pública –toda Roma hablaba del caso– y el examen ginecológico, la autoridad torturó mediante el aplastamiento de sus dedos con los llamados sibilos a la joven que acusaba, no al acusado. Finalmente, Tassi fue condenado y ella se casó, en un matrimonio concertado por su padre con Pier Antonio Stiatessi. Pronto abandonó Roma para instalarse en Florencia. Allí su carrera despunta, se convierte en la primera mujer en ingresar en la Academia de Dibujo. Tuvo una hija, Prudenzia, tal vez más. Para 1621 la encontramos de nuevo en Roma, separada de su marido, trabajando generalmente en retratos. En 1638 se reúne en Londres con su padre, por entonces pintor en la corte de Carlos I de Inglaterra. De nuevo, como cuando era niña, los Gentileschi trabajan juntos, y a la muerte del viejo Orazio en 1639, fue ella quien se ocupó de acabar los trabajos empezados para la corona inglesa. Volvió a Nápoles. En su tumba de San Juan de los Florentinos, destruida en la II Guerra Mundial, se dice que estaba escrito “Heic Artemisia”: aquí descansa Artemisia.

María Magdalena en éxtasis (1623). Artemisia Gentileschi.

“Museo del Patriarcado”. Una pancarta pintada con rotulador frente al Museo del Prado acompañó las reivindicaciones del 8 de marzo, mientras cientos de miles de personas se manifestaban en Madrid. Si el ratio de obras de mujeres artistas es una afrenta en la National Gallery – 21 frente a 2.300–, ¿cuáles son las cifras de nuestro insigne museo? En la actualidad, solo ocho de las 1.700 obras expuestas son de mujeres. En total, el listado de fondos incluye 155 piezas atribuidas a mujeres, según explica la historiadora del arte Ana Moreno Rebordinos, coordinadora general de Educación del Prado, durante el ciclo Mujeres en las Artes de la Comunidad de Madrid de este año, celebrado en marzo.

Nacimiento de San Juan Bautista (1635). Artemisia Gentileschi. Museo del Prado, Madrid.

La especialista dio cuenta también de alguna adquisición, como una pieza de la granadina Mariana de la Cueva y Barradas, del siglo XVII. Una exigua nómina de mujeres artistas, en la que sumar entre las no expuestas obras de Marietta Robusti, la Tintoretta, o de Angelica Kauffmann; y entre las visibles, las de Sofonisba Anguissola, Lavinia Fontana y los fastuosos bodegones de Clara Peeters. Cabe recordar que han pasado ya tres años desde que se inaugurara, en 2016, la muestra monográfica de esta última, pintora flamenca del XVII. La de Peeters fue la primera exposición dedicada a una mujer artista en toda la historia de la pinacoteca, y la única hasta que este otoño abra sus puertas la anunciada “Historia de dos pintoras: Sofonisba Anguissola y Lavinia Fontana”, comisariada por Leticia Ruiz, jefa del Departamento de Pintura española del Renacimiento.

Firma de Artemisia Gentileschi.

Entre esas ocho obras de pintoras expuestas hay además un cuadro de Artemisia Gentileschi, El nacimiento de San Juan Bautista, de 1635. Para Roberto Longhi, “el más bello efecto de interior doméstico de toda la pintura italiana del siglo XVII”. Una pieza que ha tenido en casa una visibilidad intermitente, sujeta a varios préstamos en el extranjero, y que de nuevo viajará en 2020 para la retrospectiva de la National Gallery. De momento, el museo celebra su bicentenario y otra vez el lenguaje del marketing asoma con la “puesta en valor de las pintoras del Prado”. Mediante proyecciones en diferentes pantallas, la ciudad de Madrid recuerda durante el mes de abril las obras de las artistas con las que cuentan los fondos del museo. Nuestra vieja maestra podría estar realmente orgullosa de verse, al cabo de los siglos, valorada en millones de libras en Londres, aplaudida en Viena, de nuevo en las salas de Florencia o convertida en una estrella en las pantallas de la Gran Vía madrileña.


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