Cynthia Duque Ordoñez

Algunos nos preguntamos si nos encontramos en los albores de vivir los estragos de los años 30 y 40 del siglo XX y lo cierto es que las noticias nacionales e internacionales no son un buen augurio. ¿Estamos ante el auge del fascismo?

Primero, me niego a llamarlos extrema derecha pues no lo son. Promover entre las sociedad desarrolladas, en crisis económicas, el odio hacia el pobre, hacia el extranjero, hacia los homosexuales, hacia los comunistas o hacia las feministas tiene un nombre y es fascismo. Difícilmente podemos llegar a combatir aquello que nos negamos a ver. Sin embargo, contamos con una ventaja, esa ventaja es que el enemigo no es desconocido. A este enemigo lo derrotamos ideológicamente en el fragor de la batalla durante la II Guerra Mundial y lo en los corazones de los pueblos en desarrollo y de los oprimidos que abrazaron el comunismo.

Rendimos al fascismo a sangre y fuego, sacrificamos a nuestros hijos e hijas para que las generaciones futuras fueran libres, empero, el capitalismo necesitaba al fascismo para implantar su dictadura en los Estados con un alto nivel de desarrollo social. La dictadura del Capital no llega a su máximo esplendor sin recortar los derechos fundamentales, sin acabar con la alianza de la clase obrera dividiéndola por credos, etnias o ideologías. Nuestro enemigo no es de raza, no es de religión, no es de sexo, nuestro enemigo es de clase. Nuestro enemigo es la clase dominante que durante generaciones ha amasado poder y riqueza de la apropiación ilegítima de los bienes productivos del colectivo y de la apropiación de la fuerza de trabajo del campesino y del obrero.

¿Qué tiene que ver VOX con la dictadura del Capital?

Como apuntaba hace escasas líneas la división de la población, ocultando la segregación en clases sociales, únicas categorías de cuya pertenencia, deviene el ejercicio de los derechos fundamentales en igualdad o en desigualdad.

La última fase del liberalismo económico requiere de esta división de la población y de la negación del poder económico y la propiedad de los medios de producción como factor te discriminación, pues de lo contrario defenderíamos con uñas y dientes al Estado del Bienestar (aquel capitalismo amable que sirvió para deslegitimizar, desprestigiar y desvalorizar la lucha de clases) compuesto por aquellos servicios públicos gracias a los cuales hoy, en mayor o menor medida, tenemos la posibilidad de acceso a la sanidad, a la educación, a un sueldo mínimo y pensión digna que en nuestra vejez nos garantice estar protegidos, a una vivienda digna, a un medio ambiente que nos permita una vida saludable y plena, el acceso al patrimonio cultural y consagrar su mantenimiento y protección, a un trabajo que nos permita satisfacer nuestras necesidades y las de nuestra familia y que nos permita progresar a través del empleo desarrollando la dignidad que nos es propia.

El liberalismo dinamitará los derechos fundamentales de las clases obreras que jurídicamente se reconozcan en las democracias burguesas porque sólo de esta manera la explotación del “factor humano” y de los recursos naturales es completo, ya que sólo de esta manera podrán hacer de nuestro cuerpo un bien explotable y de producción (esclavitud laboral, sexual y reproductiva y venta de órganos), porque sólo de esta manera perdemos el poder que nos confiere la unión de nuestras fuerzas individuales en un colectivo.

Justamente estas proclamas liberalizadoras, machistas y racistas son las únicas sacadas en claro de la campaña electoral populista del partido fascista español VOX, cuya campaña la ha protagonizado el escarnio público y la criminalización de todos aquellos que no se adaptan al modelo de hombre blanco, burgués y heterosexual.

El fascismo de ayer y de hoy comparten las formas de llegar al poder

El día nueve de noviembre algunos que se llaman así mismos demócratas y celebraban la caída de la barrera protectora antifascista o vulgarmente llamada “Muro de Berlín”, su derribo significó para miles de familias alemanas la pérdida de sus viviendas y tiendas porque la unificación trajo consigo la devolución de todos los bienes que la República Democrática Alemana había expropiado a colaboradores nazis. Respecto de la República Federal Alemana no tuvo que hacerse ninguna devolución pues los nazis desde el fin de la guerra y gracias a los Aliados no sufrieron expropiación patrimonial de la riqueza fraguada por el uso de mano de obra esclava y de la fabricación de armas y elementos claves para el exterminio de los enemigos de Hitler en las decenas de sus campos de concentración.

Los miembros del Partido Nazi no desaparecieron a la muerte de Hitler, tampoco los fanáticos de Franco, de Mussolini ni de ninguno de los dictadores y líderes fascistas. Muertos sus líderes hibernaron a la sombra del capitalismo, curaron sus heridas y esperaron el mejor momento para volver a atacar, como pone de manifiesto el engrosamiento a las filas científicas norteamericanas de cientos de científicos nazis o como Adolf Heusinger, hombre de Hitler, que se convirtió en general de la OTAN e inspector general del ejército de la RFA.

El Partido Nazi y el resto de los partidos fascistas de su época llegaron al poder compartiendo un mismo método: oponiéndose a las luchas de clases (marxismo) y esgrimiendo un fuerte nacionalismo (odio hacia las naciones mosaico) sobre personas que no tienen capacidad de reflexionar la propaganda recibida en momentos de crisis económica para crear conflictos raciales que devengan en luchas entre los llamados “enemigos” del país y sus defensores.

En 1923 Hitler idea un golpe de Estado que fracasa y a consecuencia de ello pasa cinco años en prisión, donde escribe su libro titulado Mein Kampf (Mi lucha), en el que tergiversa el objeto de su encarcelamiento y culpabiliza a la República de Weimar de la crisis que atraviesa el país, al tiempo que se viste de mártir para que en el momento en el que salga de prisión catapultar su ascenso al poder. Las sanciones y multas impuestas a Alemania tras la firma del Tratado de Versalles, que pone fin a la I Guerra Mundial,  junto con el estallido del Crack del 29 debilitan a la República de Weimar, mientras el Partido Nazi con su líder excarcelado se acerca a los barrios obreros controlados por el Partido Comunista Alemán provocando reyertas y boicoteando los mítines del Partido Comunista. En las elecciones de 1930 crece el apoyo al Partido Comunista y al Partido Nazi. Los partidos burgueses para no perder sus privilegios pactan un gobierno de coalición con el Partido Nazi, temerosos de un posible triunfo revolucionario de las capas obreras como el habido en Rusia que se extendía imparable por el este de Europa. Entonces se precipita la tragedia, ¿o fue quizás lo que buscaban?

A continuación idean un atentado de falsa bandera, el incendio del Reichstag, que sirve de pretexto para prohibir el Partido Comunista y expulsarlo del Parlamento. Las deportaciones, torturas y detenciones ilegales azotan el país contra comunistas, sindicalistas, minorías étnicas y religiosas, discapacitados y homosexuales que pasan a ser considerados “enemigos de Alemania”.

En Europa occidental y oriental partidos fascistas están arraigando el esplendor que tuvieron, compartiendo el mismo programa electoral que el Partido Nazi, y aprovechándose de una crisis económica del ciclo de producción capitalista que no remonta, como atestiguan las 3100 condenas dictadas en Francia contra los “chalecos amarillos” (de noviembre de 2018 a junio de 2019) y de la llegada de una revolución industrial que asoma, con EREs encubiertos y despidos masivos de trabajadores mayores de 50 años.

Con el fascismo no se dialoga, al fascismo se le combate: en el trabajo, en la Universidad, en los institutos, en la calle y en todo espacio público y privado porque nos jugamos la vida. No permitamos que su odio nos corrompa y destruya de nuevo.

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