Carmela Corbelle

Aquella mañana, Xoana luchaba por incorporarse, apoyando sus pequeños brazos magullados sobre el colchón conyugal. Lo intentaba recogiéndose como un ovillo, tratando de rodar hasta uno de los extremos de la cama. Por fin, logró hacer pie sobre la madera teñida de desamor.
Ilustración de Javier F. Ferrero

Apenas se sostenía erguida. Estiró los restos de su camisón con pudor sin conseguir ocultar las marcas de su cuerpo maltratado. La violencia de la noche anterior había enredado el pelo de su trenza, dibujando sobre su cabeza un nido de odio y dolor.

El agua corría arrastrando la sangre seca hasta la boca del desagüe de la bañera, tragando cada una de las lágrimas con ansia reparadora.

Se encontró en la cocina con ropa limpia y un cuchillo en sus manos. Despedazó uno a uno todos los ramos de flores con promesas de cambio y de perdón. Derramó cada una de aquellas promesas sobre el suelo y sobre ellas alcanzó el valor suficiente.

Descolgó el teléfono y marcó el número de emergencias. Con el único hilo de voz que le quedaba, dijo:

Sé que he tardado demasiado, pero aún estoy viva, necesito ayuda…