La difteria, una enfermedad largamente olvidada en la mayor parte del mundo gracias a las crecientes tasas de vacunación, ahora está reapareciendo en Bangladesh, donde más de 655.000 rohingya se han refugiado desde el 25 de agosto huyendo de la violencia en Myanmar.

A día 27 de diciembre, ya hemos visto más de 2.500 casos sospechosos en sus instalaciones de salud y el número sigue aumentando cada día. La mayoría de los pacientes tienen entre 5 y 14 años.

“Me sorprendió mucho cuando recibí la primera llamada del médico de la clínica y me dijo que tenía un caso sospechoso de difteria. “¿Difteria?”, le pregunté. “¿Estás seguro?”.

Cuando trabajas en un entorno de refugiados, siempre tienes los ojos abiertos ante posibles brotes de enfermedades infecciosas y prevenibles por vacunación. Siempre puede haber casos de tétanos, sarampión, poliomielitis, etc., pero la difteria no era algo que estuviera en mi radar”, explica Crystal VanLeeuwen, nuestra coordinadora médica de emergencias en Bangladesh.

La difteria es una infección bacteriana contagiosa que a menudo causa la acumulación de una membrana pegajosa entre gris y blanca en la garganta o la nariz. Se sabe que la infección causa obstrucción de las vías respiratorias y daños al corazón y al sistema nervioso.

La tasa de mortalidad aumenta sin la anti-toxina para la difteria (DAT por sus siglas en inglés). Dada la escasez global de DAT y la cantidad tan limitada que llegó a Bangladesh hace algo más de una semana, la probabilidad de que se produzca una emergencia de salud pública se cierne de nuevo sobre una población que no cesa de sufrir amenazas; primero en forma de violencia y ahora en forma de enfermedades infecciosas.

Si un paciente no recibe DAT cuando la enfermedad está comenzando aún a progresar, la toxina sigue circulando en el cuerpo. Esto puede afectar al sistema nervioso, y puede provocar daños cardíacos y renales semanas después del período de recuperación inicial. “El primer caso sospechoso que identificamos fue el de una mujer de unos 30 años. Vino a nuestro centro de salud a principios de noviembre y la tratamos con antibióticos. Dejó la clínica y solo regresó cuando ya habían pasado más de cinco semanas desde su primera visita. Presentaba entumecimiento en los brazos, apenas podía ponerse de pie o caminar y tenía dificultad para tragar. Cuando la enfermedad alcanza esa etapa ya es demasiado tarde para administrarle la DAT al paciente”.

Los medicamentos escasean

Al día de hoy, apenas quedan 5.000 ampollas de DAT a nivel mundial. “No hay suficientes medicamentos para tratar a todas las personas que lo necesitan y nos estamos viendo obligados a tomar decisiones extremadamente difíciles“, afirma VanLeeuwen. “Al final, esto se convierte en una cuestión ética y de equidad”.

El surgimiento y la rápida propagación de la difteria muestra la situación tan vulnerable en la que se encuentran los refugiados rohingya. La mayoría de ellos no están vacunados contra ninguna enfermedad, ya que en Myanmar tenían un acceso muy limitado a la atención médica de rutina, incluidas las vacunas. La difteria se transmite por pequeñas gotas y se propaga fácilmente en condiciones de hacinamiento como las que soportan los refugiados rohingya, que comparten espacios muy pequeños con hasta 10 personas de la misma familia y que viven en cabañas que se encuentran apiñadas las unas contra las otras en lugares insalubres.

Hemos respondido a la rápida diseminación de la difteria transformando un centro médico en el asentamiento improvisado de Balukhali, en el que se prestábamos atención materno-infantil, así como el hospital que íbamos a abrir dentro de unos días cerca de Moynarghona, ahora convertido en un centro para el tratamiento de la difteria.

Además, hemos establecido un centro de tratamiento en Rubber Garden, que anteriormente era un centro de tránsito para los recién llegados. La capacidad total de camas con las que contamos ahora para atender este tipo de casos en los campos y asentamientos rohingyas asciende a 415, lo que da buena cuenta del enorme esfuerzo que hacemos para atajar el problema y de la gravedad de la situación.

Para evitar una mayor propagación de la enfermedad, también estamos rastreando y tratando a las personas que podrían haber estado en contacto con personas enfermedad en sus comunidades. Tan pronto como identificamos un caso, un equipo visita a la familia, les proporciona antibióticos y busca en el área casos adicionales para derivarlos a un hospital y ofrecerles tratamiento.

Para contener la propagación de enfermedades, la medida más importante es garantizar la cobertura de vacunación en el menor tiempo posible. El Ministerio de Salud y Bienestar Familiar, con el apoyo de otros actores, acaba de comenzar una campaña de vacunación masiva y hemos apoyado estas actividades, estableciendo puntos fijos de vacunación y atención médica en sus puestos de salud.

Sin embargo, los desafíos persisten. Una persona no vacunada solo obtiene inmunidad después de un mínimo de dos vacunas, administradas en un intervalo de cuatro semanas. Esta es una población que sabe poco o nada sobre el beneficio de las vacunas y que hace menos de un mes ya participó en una campaña masiva de vacunación contra el sarampión.

Muchos no entienden por qué necesitan otra vacuna. La comunicación con la población es clave para garantizar una buena cobertura de vacunación. También estamos tratando de garantizar que todos los refugiados recién llegados se vacunen antes de ser reubicados en los campamentos, pero dado el tiempo requerido para completar el curso de la vacunación, y en ausencia de un lugar donde temporalmente puedan estar protegidos, se trata de un enorme desafío.

Como organización médico humanitaria, también enfrentamos un dilema. “Antes de la difteria ya había un gran déficit en cuanto a la capacidad de hospitalización. Ahora hemos tenido que convertir esas camas que tanta falta nos hacían en áreas dedicadas exclusivamente al tratamiento y aislamiento de pacientes con difteria. Las mujeres y los niños que anteriormente tenían acceso a las instalaciones ya no tienen esta opción. Esto también está creando una tensión en los espacios y en la dotación de personal disponible en las instalaciones para pacientes que no padecen difteria. Los equipos se han ido adaptando a la cambiante situación, pero todos nos enfrentamos a nuevos desafíos cada día”, agrega Crystal VanLeeuwen.

Pavlo Kolovos, nuestro coordinador general en Bangladesh, asegura que “estos casos de difteria se suman a un brote de sarampión en curso, además de la enorme carga de necesidades de salud generales y de la emergencia que supone atender a esta gran cantidad de personas. Si antes ya eran vulnerables, casi sin cobertura de vacunación, ahora tienen que añadirle el riesgo que supone el vivir en un campamento extremadamente denso en el que apenas cuentan con agua potable y en el que las condiciones de higiene son muy deficientes. Hasta que no se resuelvan esos problemas, seguiremos enfrentándonos a nuevos brotes de enfermedades. Esto no terminará solo con la difteria”.

MSF en Bangladesh

Trabajamos por primera vez en Bangladesh en 1985. Desde 2009 contamos con un centro médico y una clínica que ofrece atención básica y de emergencia integral, así como servicios de hospitalización y de laboratorio para refugiados rohingya y para la comunidad local cerca del asentamiento improvisado de Kutupalong en el distrito Cox’s Bazar. En respuesta a la afluencia de refugiados en Cox’s Bazar, hemos aumentado significativamente nuestra presencia en el área y hemos abierto nuevos proyectos para cubrir necesidades de agua y saneamiento, así como actividades médicas para la enorme población de refugiados llegados en los últimos cuatro meses.

Trabajamos también en el barrio marginal de Kamrangirchar, en la capital de Bangladesh, Daca, proporcionando servicios de salud mental, salud reproductiva, planificación familiar y consultas prenatales, así como un programa de salud ocupacional para trabajadores de fábricas.

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