Lo reconozco. Cuando empezó todo esto, un aura de esperanza por el cambio me invadió. Pensaba que era tan evidente que nuestro modelo de convivencia y organización social actual era tan injusto, desigual y suicida que era imposible que “la gente” no lo viera. El coronavirus sería como una bofetada de realidad que nos quitaría la venda de los ojos y nos mostraría el camino a seguir hacia una senda más lógica. Pobre iluso. Tan solo un par de meses después, ese soplo de esperanza ha sido arrastrado por el vendaval de la realidad, volviéndose tan lejano como aquel fin de año de 2020.

Por Juan Teixeira / Artículo de Eulixe
A pesar de que nuestra generación  ya ha pasado por otros shocks/crisis (ya sean reales o inventados, mayores o menores), el guión se ha repetido otra vez, esta vez con su propio hilo argumental y multiplicado por mil. Comenzamos con una fuerte impresión y miedo a lo desconocido. De repente, militares en las calles y por primera vez en nuestras vidas (de la mayoría al menos) nos obligan a recluirnos en nuestras casas. El Gobierno “nos obliga” a estar en casa. Suena casi más fuerte ahora que en su momento.

Comienzan a reproducirse como familia del opus dei los memes de todo tipo y la información cuñadil. Nadie sabe nada, pero el primo de mi tía es enfermero y me asegura que está muriendo gente en los pasillos del hospital.

Las descargas de apps para hacer videollamadas hacen su agosto y nos dejan la cabeza como una canción de Giorgie Dann. No se entiende nada, pero estamos juntos en esto. Nos hipercomunicamos hasta el infinito, más allá, y vuelta al punto de partida. El buenrollismo hace acto de presencia. Tod@s nos queremos, tod@s nos apoyamos y tod@s saldremos junt@s de est@. En las ventanas, carteles con arco iris y mensajes de Mr. Wonderfull, Pandemia edition.  A las 20:00, catársis colectiva. Nos queremos

Zizeck marca primero y va ganando a Chul Han. El cambio es posible. Unidas podemos con el cambio climático, hay medusas en Venecia! Madrid se ve desde Toledo! Esta crisis nos ha hecho despertar del letargo, un nuevo horizonte para la humanidad. Calentitos en casa, descubrimos que nuestra vida no tenía mucho sentido, pero tampoco sabemos qué hacer con el tiempo libre. Pasan los días. Unos dan toques con los miles de rollos de papel higiénico que guardan en la despensa. Otros hacen pan para todo el edificio, pero no lo reparten. Otros hacen un baile para TikTok y casi rompen la mesa del salón.  

Algunos empiezan a echar en falta el trabajo que tanto odian. Otros se dan cuenta de que sus hijos son unos cansinos, y que a lo mejor el profe tenía razón cuando le decía que era un maleducado. El muertómetro de Ferreras no para de sumar, y Ana Rosa dice que los comunistas la han liado parda. Ya no queda nada interesante en Netflix. El término “día de la marmota” de repente cobra significado. Las mismas rutinas. Las mismas sensaciones.  La misma calle, el mismo parque allí a lo lejos, me miro en un espejo y siento que me hago viejo… Coño ha pasado un mes! Sin darnos cuenta, Chul Han ha remontado y sin saber muy bien cómo ya va ganando por goleada.  Pasamos del buenrollismo a la conspiranoia.

Los memes del cuñado han cambiado, y ahora la información que nos llega del tío de mi prima asegura que es todo culpa de los putos chinos, que quieren hacerse dueños del mundo compinchados con Trump y que gracias al 5G han logrado diseminar el virus por Madrid gracias a las feminazis del 8M para instaurar una dictadura bolivariana apoyada por Bill Gates.

Los aplausos de las 20:00 ya no motivan igual, y además el DJ de después es un cansino. Los carteles de Mr. Wonderfull Pandemia edition están descoloridos y parecen de una peli de zombis. Joder. Los sueños de cambio a mejor no se han producido, ni se esperan ya. Es raro, porque no hemos hecho nada. Sea como sea… Hemos llegado a la nueva (sub)normalidad!

En este nuevo escenario, los que nos trajeron a porrazos hasta aquí ya están armando sus taser y demás material antidisturbios de última generación en el apartado físico. Seguro que hará falta. Y a nivel psicológico, ya podemos ver muestras del nuevo gaslightning neoliberal  que nos hará amar esta nueva (sub)normalidad. 

Para los que no conozcan el término, el gaslightning es una forma sutil (pero tremendamente eficaz) de abuso emocional y control psicológico  en la que la víctima es manipulada para que llegue a dudar de su propia percepción, juicio o memoria, haciendo que se sienta ansiosa, confundida o incluso depresiva. Y por lo tanto, fácilmente manipulable. Exactamente una de las técnicas que utiliza el sistema para que continúes enganchado a él.  Así lo avisó hace mas de un mes (pasado lejano!) el periodista Julio Vincent en un interesante artículo, y así lo estamos viendo ya.

Publicidad, medios de comunicación, instituciones, think tanks, productos de consumo cultural de masas… todos los mecanismos de manipulación mental del neoliberalismo están trabajando a toda máquina para que abraces la nueva (sub)normalidad con un deseo irrefenable, y sin cuestionarte siquiera que existan otras posibilidades. Y si las hay, son ETA.

Seguro que ya has escuchado eso del “síndrome de la cabaña”, que es eso que hace que te cueste salir de casa y aceptar la nueva realidad postcoronavirus. El mundo tal y como lo conocemos no tiene nada que ver con que te cueste salir de casa. En realidad, tú amas  trabajar ocho horas al día para generar una plusvalía para tu jefe, para que así él pueda seguir creando empleos y mantener a la vaga plebe que solo ansía vivir de paguitas. A ti te encanta esa horita de bus/metro/coche al trabajo donde tienes tiempo para pensar en ti mismo. Y sobre todo, te encanta llegar a casa muerto de cansancio y no tener ánimos para jugar con tus hijos. Tu afición favorita es meterte en un espacio cerrado a sudar y que te griten consignas para conseguir que tu vientre esté plano y así poder subir fotos maravillosas a Instagram en los dos días de vacaciones que tienes, y donde te gastas todos tus ahorros en ir a un sitio paradisíaco que es la envidia de todos. Porque tu vida mola un montón, y lo que hace que no quieras volver a la normalidad es el síndrome de la cabaña. Pero tranquilo, que de todo se sale. En cuanto podamos ir de compras otra vez, en cuanto saquen el Iphone XI o me pueda beber una CocaCola con mis amigos, volveremos a ser plenamente felices, como lo éramos antes. Al menos eso dicen en la tele.

De momento hay que ir poco a poco recuperando sensaciones, abrazando esta nueva (sub)normalidad. En realidad, la vida es igual que antes, solo que adaptada a las nuevas circunstancias. Podemos ir de cañas igual, solo que no hay pincho, ni periódico, y la mitad de los bares cerraron. Podemos ir de compras igual, solo que estamos sin un duro y hay que hacer cola media hora en la calle. Poco a poco.

En esta nueva (sub)normalidad, aquellos que han luchado a brazo partido para evitar un mayor número de muertos, ya han sido despedidos y están a la espera de tener la suerte de un nuevo contrato basura. Eso si, dormirán tranquilos y orgullosos con su Premio Princesa de Asturias bajo el brazo. A los que sí han subido el sueldo un 20% por partir brazos ajenos durante la pandemia ha sido a la Policía Nacional y Guardia Civil. Sin ellos dando hostias por las calles sí que lo hubiéramos pasado mal, sin duda merecían ese ascenso más que nadie.

Al igual que nuestra amada nobleza. En cuanto su Majestad el Rey les ha pedido que colaboren con unos litros de leche y aceite, han salido en tromba para ayudar al populacho y que no haya niño en España sin su litro de leche. Recordemos otra vez (por si hay dudas) que el virus fue culpa de los chinos, que quieren acabar con nuestro estilo de vida. Que los muertos en residencias de ancianos privadas fueron culpa del coletas, y aún menos mal que tito Amancio donó un montón de material a la sanidad, que sinó no salimos de esta. Y sobre todo: al igual que la violencia de género, el cambio climático no existe. Ambas son invenciones de los nuevos progres, que siguen empeñados en jodernos el crecimiento ilimitado y la felicidad extrema que el capitalismo nos brinda. 

Así que ya sabes, de todo lo que está pasando a tu alrededor, el sistema económico y social de las últimas décadas no tiene nada que ver. Es todo una conspiración chinomasónica. El capitalismo funciona. Repite conmigo: el capitalismo funciona. La normalidad era maravillosa. Y la nueva (sub)normalidad también lo será. Wellcome to the new (sub)normality!!

Eulixe