Rafael Silva Martínez


Y millones enloquecerán con el Viernes Negro, Estados Unidos cuna del consumismo, son corderos que van al matadero y no se percatan. El consumismo los tiene dopados, tan drogados que no tienen la capacidad de percatarse de que son objetivos, marionetas en manos del poderío oligárquico mundial

Ilka Oliva Corado


El consumismo es, hoy, la primera religión del mundo. Es lo que afirma con razón Josep Emili Arias en este interesante artículo para el digital Rebelion. Y si de consumismo hablamos, acabamos de pasar la llamada fiesta del “Black Friday”, todo un monumento al consumismo mundial. Absolutamente ligado al capitalismo, forma parte intrincada de nuestros hábitos culturales, pues es el motor principal que nuestras sociedades capitalistas globalizadas necesitan para seguir funcionando, para seguir “creciendo”, en su argot. Hace algún tiempo le dedicamos en nuestro Blog una serie de artículos al “Capitalismo y Sociedad de Consumo”, donde describíamos toda la filosofía consumista que se nos había inculcado, y señalábamos la arquitectura política y social donde residía, así como sus peligros y la necesidad de removerla. Como era de prever, lejos de decrecer, nuestra cultura consumista va a más, aleccionada por los sucesivos eventos, ferias, publicidad, congresos, campañas, etc., a las que diariamente asistimos. El consumismo es parte de nuestra vida cotidiana, y en los casos más graves, cierto consumismo compulsivo sirve incluso de “terapia social” convenida para alejar las preocupaciones y los aburrimientos. El “Go Shopping” ha traspasado todas las barreras culturales para establecerse como un modelo internacional. Nuestro comportamiento, nuestros hábitos, nuestros objetivos y metas descansan sobre modelos consumistas.

Actualmente, la dictadura de las modas aplicadas a todos los ámbitos de nuestra vida se ha convertido en norma, tanto en cómo vestimos, cómo adornamos nuestros hogares, cómo nos divertimos, cómo viajamos, etc. Buscamos lo último, lo nuevo y lo exclusivo. Las tarjetas de crédito y los dispositivos móviles como medios de pago son admitidos hoy día hasta en las Iglesias. Pero todo este ciclón consumista es el principal responsable del deterioro de nuestro planeta. Siempre nos han contado las “ventajas” de consumir, pero nunca los inconvenientes. Y éstos redundan fundamentalmente en el daño que le hacemos al medio ambiente durante todos los eslabones de la cadena de consumo (extractivismo, producción, envasado, transporte y distribución, consumo y desecho). Eslabones que pueden verse además multiplicados en muchos casos, por las condiciones de determinados productos, bienes o servicios. Nuestro planeta no fue configurado para tanto desgaste, para tanto maltrato. El proceso descrito a grandes rasgos genera increíbles cantidades de gases de efecto invernadero (GEI, tales como el CO2, metano, óxido nitroso…), que son los responsables últimos del progresivo calentamiento global al que estamos sometiendo a la Tierra. Y ello genera una serie de efectos y consecuencias en cascada de tremenda importancia para el equilibrio de los ecosistemas naturales que necesitamos para vivir (bosques, ríos, mares, glaciares, selvas, lagos, especies animales, aire, suelo, etc.). El llamado Cambio Climático es consecuencia directa de todo ello, así como el agotamiento de los combustibles fósiles, sobre todo el petróleo, al que estamos asistiendo.

Se está imponiendo, desde hace varios años, la cultura del reciclaje, ya poseemos mayor concienciación sobre ello, pero esto no es suficiente, porque los procesos de desecho, compostaje, reciclaje y residuales continúan necesitando energía, y las energías renovables no pueden abastecer todos estos procesos. La solución está, por tanto, en consumir menos. Necesitamos reducir nuestro consumo, pero la filosofía y la práctica del Decrecimiento son palabras mayores. Esto sí que genera toda una revolución, pues afecta directamente al corazón del sistema capitalista, algo a lo que los grandes agentes del mismo (básicamente, las grandes corporaciones transnacionales) no están dispuestos a que ocurra. Incluso las compras por Internet requieren de cierta logística (embalaje, envío…), por lo cual tampoco son la panacea. El hecho de decrecer es la única práctica realmente positiva, pero al ir en contra de la perversa lógica de los mercados, requieren una revolución en todos los órdenes y facetas de nuestra vida. La filosofía y la política del Decrecimiento requieren exactamente eso: en vez de producir más, producir menos. Y por tanto, consumir menos, gastar menos, trabajar menos… Y por tanto, comprar menos. La lógica de la cadena ha de comenzar por nosotros mismos, para incentivar a las personas que conozcamos de que ese no es el camino correcto. Al igual que hacen los veganos, al incentivar para dejar de comer carne y sus derivados, contribuyendo a la protección de los animales.

Traducido a la macroeconomía, se trataría de generar un PIB más pequeño, es decir, justo lo contrario de todos los mensajes económicos que nos vierten, que van acompañados del mantra del “crecimiento y el empleo”. Eso estaría muy bien para un planeta infinito, pero no lo tenemos. Nuestro planeta, el mundo donde vivimos, es limitado, así como sus recursos. No podemos dilapidarlos a este ritmo. El Decrecimiento va justamente en contra de nuestras costumbres, de nuestros modos de vida, de nuestras comodidades, de nuestros caprichos, de nuestros lujos (para aquéllos que los disfruten). Así que…¿qué tal si en vez del Black Friday, del Cyber Monday, del Single Day, y de todas estas bacanales del consumo, nos dedicamos una Free Week, una semana libre, pero libre de compras, libre de consumo? Sería una interesante experiencia que haría reflexionar mucho a los mercados si lo consiguiéramos elevar a la categoría de práctica masiva. ¡Todo sea por nuestro planeta!