Simón Rodríguez

La senadora derechista Jeanine Añez se autoproclamó “presidente provisional”, con el apoyo del principal referente “cívico”, el empresario ultra reaccionario Luis F. Camacho, la Iglesia, los militares y la policía. Luego salió, biblia en mano, a hablar en un balcón de la casa de gobierno, rodeada de un puñado de derechistas. Estamos ante un intento reaccionario de salir de la profunda crisis política en la que está sumida Bolivia, fruto del golpe cívico-militar que forzó la renuncia de Evo Morales. Llamamos a repudiar a este gobierno de facto y a apoyar a los sectores obreros, campesinos y populares que seguirán luchando por sus derechos.

El martes 12, en una maniobra fraudulenta y ante un recinto del Senado semivacío, por la ausencia de los parlamentarios del MAS, se autoproclamó presidenta Jeanine Añez, el mismo día que Evo Morales llegó a México, donde pidió asilo. Patéticamente citó el artículo 169 de la Constitución boliviana para intentar dar un viso de legalidad a las consecuencias de un golpe cívico-militar, en el que el general Williams Kaliman y el estado mayor de las Fuerzas Armadas “sugirieron” la renuncia de Morales y su gobierno. Donald Trump definió la actuación militar como un ejemplo de “defensa constitucional”, del mismo modo la justificaron Bolsonaro y Macri, negándose a calificar el hecho como golpe de Estado. Acompañada por el líder del Comité Cívico Cruceño, el derechista y racista Luis F. Camacho, Añez afirmó en su discurso que las “nuevas elecciones” en Bolivia tendrán lugar después del nombramiento del nuevo Tribunal Electoral. Agradeció a la Policía, las Fuerzas Armadas y la Iglesia. Con una biblia en la mano, dijo “nuestra fuerza es Dios” y cantó con sus reaccionarios aliados: “Sí se pudo”.

El fraude de Evo Morales desembocó en un golpe cívico-militar

El fraude electoral generó importantes protestas populares. Los intentos de aplastarlas con grupos de choque fracasaron y agravaron la crisis, aprovechada por las agrupaciones paramilitares “cívicas” de la extrema derecha para asumir la ofensiva. La huelga policial y la declaración de neutralidad del Ejército llevaron al colapso del gobierno, con la deserción de ministros, parlamentarios y burócratas sindicales. Los generales concretan el golpe exigiendo la renuncia de Morales y dando paso a la autoproclamación de Áñez.

Morales pasó de declararse ganador de la elección presidencial a salir del poder en menos de tres semanas; sobreestimando sus propias fuerzas al intentar imponer un fraude, fue cavando su propia tumba. Pero las razones de fondo de su debacle vienen de mucho antes.

En sus 14 años de gobierno, Morales frustró las expectativas de los grandes movimientos sociales que lo llevaron al poder. Luego de la guerra del agua y la guerra del gas, el primer presidente indígena se hizo elegir prometiendo hacer cumplir la Agenda de Octubre: poner fin al latifundio y nacionalizar los hidrocarburos. Morales traicionó ese programa. Pese a contar con un enorme apoyo popular en sus primeros años, y que las movilizaciones obreras y campesinas derrotaron a la derecha “cívica” en el año 2008, el gobierno del MAS tomó el camino de pactar con la burguesía y el imperialismo.

El control del Estado se usó para garantizar los grandes contratos para Repsol y otras grandes transnacionales del petróleo y el gas, así como la ampliación voraz de la frontera agrícola al servicio de los grandes capitales. Para imponer la construcción de una carretera en un territorio indígena protegido, el TIPNIS, empleó una despiadada represión. Atacó a los cocaleros de Yungas. Cooptó a la dirigencia de la Central Obrera Boliviana. Usó una mezcla de corrupción y represión para imponer a sus dirigentes en las organizaciones indígenas y campesinas.

El arrasamiento de 5,3 millones de hectáreas en la Chiquitanía este año por incendios fue la consecuencia directa de su furia depredadora al servicio de los grandes capitales. El intento de entregar concesiones para la explotación del litio, en el Salar de Uyuní, por varias décadas a una empresa alemana, generó protestas que lo obligaron a anularlas hace apenas una semana.

El agotamiento de su proyecto era claro con su derrota en el referendum de 2016, con el que pretendía habilitar su postulación a un tercer período consecutivo. Al perder, maniobró con el Tribunal Constitucional bajo su control para que declarara que la reelección ilimitada era un “derecho humano”. Bolivia siguió siendo un país capitalista con terribles desigualdades y una mayoría empobrecida y precarizada.

El creciente rechazo popular a Morales fue utilizado por la derecha reaccionaria

El malestar popular acumulado con el gobierno se desbordó con la maniobra fraudulenta en la elección del 20 de octubre. Al no alcanzarle los votos a Morales para ganar en primera vuelta, las autoridades electorales suspendieron por veinte horas el conteo de los votos. Cuando se reanudó, el escrutinio le daba el margen que necesitaba para no ir al ballotage. Se iniciaron protestas populares, muchas de ellas con la consigna “Ni Evo ni Mesa”. Estas genuinas movilizaciones populares fueron aprovechadas por la derecha oligárquica, envalentonada por la debacle del gobierno. Este desenlace, precipitado por la indignación ante el fraude, es la consecuencia de años de políticas entreguistas y represivas, que amplios sectores de trabajadores, campesinos y jóvenes repudiaron. Cuando Morales acepta el dictamen de la OEA sobre las irregularidades electorales y llama a nuevas elecciones con nuevas autoridades electorales, ya los generales están decididos a dar el golpe para retomar el control del país. En definitiva, fue por las políticas del falso “progresismo” que se encumbró nuevamente la derecha racista en Bolivia.

Luchar contra el gobierno reaccionario de Áñez-Camacho

Se abre un nuevo capítulo para la clase obrera, la juventud y los sectores populares de Bolivia, el de la lucha contra el nuevo gobierno capitalista, proimperialista, de Añez-Camacho y la derecha oligárquica, que asume el poder en medio de una grave crisis política. Mientras que Añez prometió nuevas elecciones, los sectores más reaccionarios, como Camacho, querrán imponer un régimen dictatorial. Pero la situación está abierta, la clase trabajadora, la juventud, los campesinos y los sectores populares no han sido derrotados. Tienen en su contra a las direcciones burocráticas de la COB y muchos sindicatos dirigidos o influenciados por el MAS, cuya orientación es conciliar a nombre de la “paz”. Pero hay sectores que han planteado una política independiente, que se manifestó en las consignas “Ni Evo ni Mesa”. Hubo pronunciamientos como, por ejemplo, el de los mineros de Potosí y de San Cristóbal en ese sentido y exigiendo a la COB convocar un congreso. En esa perspectiva independiente desde ARPT, sección de la UIT-CI, se planteó luchar contra “todo intento de imponer un gobierno reaccionario de derecha”, proponiendo conformar una Asamblea Popular a partir “de los obreros, campesinos y jóvenes movilizados para asumir un gobierno provisional” (ver declaración de ARPT). En esa perspectiva ahora están planteadas las tareas de organizar e impulsar la lucha obrera y popular contra el gobierno de Añez-Camacho para derrotar su proyecto reaccionario.

Simón Rodríguez es miembro de la dirección de la Unidad Internacional de los Trabajadores – Cuarta Internacional (UIT-CI)

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