Virginia Mota San Máximo | Ilustración de ElKoko

Ya no está Rajoy, por si aún hay alguien en la sala que no se ha enterado: le invitaron a irse, pero no quienes vienen perdiendo las elecciones desde el 2011, como decía Hernando, sino aquellos que tienen algo de estima por la dignidad. Una pizca, aunque sea. Así es que después de que el bolso de Soraya fuese el primer candidato tras la première de la (e)moción de censura, la butaca se la ha quedado la cabeza visible del más rival de todos los que tiene el PP: el histórico PSOE. O la izquierda, como se le conocía hace algunos años.

Si quiere hacer honor a la etapa de Largo Caballero, Besteiro y Prieto, el PSOE tiene que patear los estorbos del camino. Por eso Pedro Sánchez, el emocionado, dejó entrever en su sesión de investidura que atendería la Ley Orgánica de Protección de la Seguridad Ciudadana, un nombre que no aclara si ese bien es por la salud de quien habla o, por el contrario, funciona como una aspirina para quien escucha. Es la Ley Mordaza, más sencillo, que maquilla de marrón caramelo el autoritarismo policial mientras bombardea Barcelona en acústico un momento antes de que un tal Torra se haga presidente de la Generalitat. Y aquí no ha pasado nada.

Fulminar la Mordaza tiene que hacerse por higiene democrática, pero no por la de Borrell y su supurante herida catalana, sino la que limpia el ambiente en el que se cuelga el arte de Sierra, Pablo Hasel, La insurgencia y Valtonyc, entre otros, y en el que Willy Toledo pone en práctica el noble arte de ensuciar al santo que a uno le venga en gana, como se ha hecho toda la santa vida. Es el aire en el que Evaristo Páramos grita que “nunca votamos para la Alianza Popular, ni al PSOE, ni a sus traidores, ni a ninguno de los demás”. Pero bombardeemos Barcelona.

Porque, aunque a muchos no les guste, el arte es la tobera de la rebeldía, y, el desobedecer, algo tan legítimo como la pataleta de un niño al salir del parque o el descanso del domingo. Por eso mismo Pedro Sánchez tiene que ponerse el dedal para hacer un patrón único de desobediencia democrática, porque, al parecer, en cada casa tiene una costura diferente: unos quieren bombardear Barcelona y otros pagan 480 euros por poner su cara a la foto de un Cristo; unos comparan al etarra con el independentista y otros desembolsan con 40 años de retraso la multa correspondiente a sus canciones por faltar por insultar a la Policía; unos desean la muerte a tu hijo y pagan y otros desean la muerte a tu hijo sin que pase nada.

Estaría bien que, por derecho democrático, la Mordaza, que lo mismo te frena el retroceso de un cañón como te cierra la boca de un soplamocos, fuese prioridad para el nuevo Gobierno. Aunque Sánchez estuviese encantado de caminar junto a Rajoy por la senda del pacto antiyihadista y su más que dañina definición de ‘terrorismo’; aunque le bajase los pantalones a la izquierda al endurecer el delito de injurias a una Corona que, por cierto, nadie ha votado, ahora que tanto está de moda eso de pedir elecciones adelantadas y referéndums.

Pedro Sánchez tiene que ponerse el dedal para hacer un patrón único de desobediencia democrática, porque, al parecer, en cada casa tiene una costura diferente

Por el momento, Pedro Sánchez ha empezado por devolver a la Cultura la importancia que le quitaron Wert y Méndez de Vigo desde ese 2011 que se menciona arriba, y que dejó al artista a la altura del betún. El nuevo Gobierno ha comenzado por darle un ministerio para ella solita, que no es suficiente, ni mucho menos, pero edifica. Ahora falta que la rabieta del centro derecha se ofrezca para liderar el movimiento transversal del cine español, del teatro barroco o del porno chabacano. Falta que, desde lo añejo y trapero, algún presidente que fue y ya no es tienda sus manos a la derecha de siempre.

En fin, que hay que levantar el barbecho de los campos españoles del arte. Viene de lejos. Bastante más allá del “Spain’s Ominous Gag Law” en el que el New York Times mencionaba a Franco de pasada, pero con mucho sentido; mucho más allá de los artistas proscritos, de las mujeres silenciadas representadas hoy por Mary Shelley su trendyFrankenstein. De lejos, pero con el mismo sentido que las Estampas de aldea de Andrés Cobos o El extranjero de Camus. Porque, sin libertad, el arte no merece la pena ni mencionarlo. Pero bombardeemos Barcelona y tal.

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Estudié Historia y un máster de Gestión del Patrimonio Histórico y Artístico, ambos en la Universidad de Salamanca. Defiendo la legitimidad de la Memoria Histórica, y por eso he participado en diferentes excavaciones exhumando los restos humanos que dejó la Guerra Civil en nuestro país. Nuestro, porque es de todos. Por la mañana procuro ser más crítica con los que me identifico y, al llegar la noche, creo firmemente que pervertir la historia es una de las mejores formas que tiene el poder para dominar a su pueblo.

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