A pesar de los días transcurridos, Josep Borrell todavía debe estar lamiéndose las heridas. Y es que un mazazo de las características del recibido en Moscú, deja cicatrices que tardarán —si es que lo hacen— en sanar. El jefe de la diplomacia europea es la viva imagen de aquel dicho castizo de “ir a por lana y salir trasquilado”. La cuestión de fondo es ¿quién se ha creído Borrell que es? o, peor aún, ¿quién cree que es Rusia?, ¿una colonia bananera de Europa? Parece que no se acaba de enterar que los años noventa ya pasaron y que hoy los equilibrios políticos son otros. El gigante ruso despertó del coma inducido y hoy es un actor político de primer orden a quien hay que tratar con respeto, no en vano es el país más grande del mundo. No saber con quién te juegas los cuartos ha provocado que buena parte del europarlamento pidiese su dimisión por el ridículo tan espantoso que hizo en el viaje y por cómo dejó —por los suelos— la imagen de la Unión Europea.

Iba él muy ufano, con aires de superioridad, de viajito a Rusia… nada más y nada menos que a dar lecciones de política al mismísimo Sergéi Lavrov ¡en su propia casa!. Como si el cargo de Alto Representante para la Política Exterior y de Seguridad de la UE, significase algo más que ser un concejal de —con perdón— Cuenca. ¿A quién representa Borrell? ¿a la Europa que deja morir a los inmigrantes en sus fronteras?, ¿a la que ni se inmuta cuando encarcelan a Julian Assange por practicar la libertad de prensa y expresión? ¿a la que saquea África? ¿a la que organiza guerras en medio mundo? ¿a la que vende armas a países en guerra o que reprimen a su propia población?

Pero es que, además de carecer de la fuerza moral para dar ejemplo de nada —menos aún por el respeto a los derechos humanos— tampoco tiene nada que representar. Uno de los mayores problemas de la Unión Europea es la inexistencia de una política exterior común. Por eso mientras mister pesc estaba reprendiendo a Putin por la excarcelación de Navalny, Merkel se encargaba de desligar este caso de sus negocios bilaterales de hidrocarburos y de la construcción del polémico gasoducto Nord Stream 2. Imaginaos con qué respaldo real contaban las «enérgicas» demandas de Borrell. Lo que no esperaba fue la reacción de Lavrov, una respuesta en clave casera, casi doméstica, mencionando a los políticos catalanes encarcelados por el proceso soberanista de Cataluña, cuyas sentencias han sido cuestionadas o revocadas por tribunales europeos.

Con la elegancia que le caracteriza, el canciller ruso sólo tuvo que mencionar la analogía, pero exigiendo el mismo respeto a la justicia rusa en el caso Navalny como la que pide el gobierno español a la justicia patria en la persecución judicial a los responsables del procés. Una auténtica bofetada sin manos, como decimos aquí.

Si por algo se caracteriza la diplomacia es por la aplicación del principio de reciprocidad. Esperar lo contrario es creer que se está en una situación de superioridad manifiesta, cosa que no se corresponde con la realidad. Europa, tras la aplicación de sucesivas baterías de sanciones a Rusia siguiendo las órdenes de Washington, sólo han conseguido fortalecerla. Moscú ha logrado aumentar las cuotas de soberanía alimentaria y comercial, hasta el punto de que hoy Europa depende más de Rusia que Rusia de Europa. Esto es lo que Borrell parece haber pasado por alto y la base de su imperdonable error.

Navalny es un agente de un gobierno extranjero entrenado en las escuelas de subversión norteamericanas para desestabilizar Rusia. Es muy fácil de comprobar a poco que se haga una mínima búsqueda en Internet. Está preso por sentencias judiciales que nada tienen que ver con la política, sino por estafa, corrupción, malversación y violación de la libertad condicional. Debería tener prohibida la entrada en el país por actuar a las órdenes de Estados Unidos. Así que ir a afearle la conducta a Moscú por su detención es una bravuconada absurda, extemporánea y servil a los intereses del imperio.

Para colmo de males, Borrell se llevó un para de regalos más a casita: la expulsión de varios diplomáticos europeos que participaban en las manifestaciones por la libertad de Navalvy que trataban de emular al Euromaidan, y una secuela a modo de aviso para navegantes: si la UE ahonda el programa de sanciones contra Rusia, esta considerará la ruptura total de relaciones diplomáticas con la Unión. Hace mucho que han obligado a Moscú a mirar hacia Oriente y cada vez está más preparada para una desconexión con sus vecinos del oeste si llegara el caso.

Para un sólo viaje del responsable de exteriores de la Unión Europea, no se puede negar que es bien difícil hacerlo peor. Aunque quizá si lo hubiese retrasado unas semanas le hubiese dado más munición a Lavrov con el encarcelamiento de Pablo Hasel, las cargas policiales en las protestas subsiguientes, el uso de fuego real contra manifestantes en Linares, altos letrados manifestándose con proclamas preconstitucionales o los actos recientes en Madrid de apoyo al nazismo que homenajeaban a los fascistas que lucharon en el sitio de Leningrado a las órdenes de Hitler.

Es lo que tienen las democracias plenas…. que a veces se parecen mucho a las dictaduras.

Juanlu González. Bits Rojiverdes

Juanlu González, es un activista por la paz, anticapitalista y antiimperialista, que desarrolla parte de su tarea contrainformativa como analista en distintos medios nacionales e internacionales de prensa, radio y televisión. Experto en conflictos MENA (Medio Oriente y Norte de África) aunque, como internacionalista, no desdeña abordar otros espacios geográficos diferentes. Mantiene su propio blog desde el año 2000, los Bits Rojiverdes, donde vuelca buena parte de su producción.

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