¿Brecha de género también en la salud?

Silvia Espinosa López
Secretaria de Mujeres e Igualdad de la Federación Estatal de Sanidad y Sectores Sociosanitarios de CCOO


Las brechas de género o desigualdades entre hombres y mujeres existen en cualquier ámbito de la vida, pero hay algunas que son más conocidas que otras. Quizás una de las menos visibles sea la brecha en cuestiones de salud.

Las desigualdades pueden buscarse tanto en el mundo de las prácticas médicas y sanitarias como desde un punto de vista más amplio de salud pública y condicionamientos sociales. El género constituye uno de los condicionantes sociales de la salud más importantes, ya que afecta al 51% de la población.

El estrés que provoca la sobrecarga de trabajo que supone tener un empleo y cuidar una familia casi en solitario, el desamparo de las familias monoparentales, la mayoría encabezada por mujeres, la precariedad que provoca la discriminación laboral, la brecha salarial y de pensiones o el dolor de sufrir cualquier manifestación de violencia machista, a menudo se reducen en una consulta médica a síntomas de fatiga constante, ansiedad, depresión, y a una receta de psicofármacos. El 85% de los psicofármacos que se administran en España son consumidos por mujeres, con ellos se tapona diariamente la afectación a la salud que provocan la discriminación y la desigualdad. Las mujeres vivimos más, pero con peor salud.

Fuera del ámbito sanitario quizás no es muy conocido el hecho de que históricamente el mundo de la investigación se venido desarrollando centrando los estudios de enfermedades y medicamentos en el cuerpo del hombre, para extender los resultados a las mujeres sin tener en cuenta que las diferencias fisiológicas entre unos y otras va mucho más allá de la anatomía de la sexualidad y la reproducción y sin tener en cuenta los diferentes patrones de enfermar o reaccionar ante un fármaco. Es una manifestación más de nuestro mundo androcentrista, donde el hombre es el sujeto de referencia, y donde las mujeres quedamos invisibilizadas. Aunque en los últimos tiempos se ha avanzado mucho en este aspecto, queda camino por recorrer. En la actualidad sólo el 38% de las investigaciones médicas incluyen la variante de sexo, y muchísimas menos la variante de género, así mismo, en las facultades se siguen estudiando las enfermedades sin tenerlas en cuenta.

Un ejemplo clarísimo de esta situación es el conocido síndrome de Yentl, de la doctora Bernardine Healy, primera mujer cardióloga directora de los Institutos de Salud de Estados Unidos, que denunció, también por primera vez, que a las mujeres se les diagnosticaban menos enfermedades cardiovasculares, ingresaban menos en el hospital, recibían menos intervenciones quirúrgicas y estaban poco representadas en los ensayos clínicos que testaban fármacos para combatir estas enfermedades, poniendo de manifiesto que las mujeres presentamos una sintomatología diferente a la de los hombres ante un infarto, y por eso somos peor diagnosticadas. Según un estudio estadounidense (1), las mujeres ante un paro cardíaco, tienen un 25% menos de probabilidad de recibir una angiografía, un 29% menos de ser sometidas a angioplastia y un 19% menos de ser tratadas con hipotermia para reducir la temperatura corporal (técnica que aumenta las probabilidades de supervivencia sin daño cerebral), así que no parece que se haya avanzado tanto.

A nosotras se nos enseña desde niñas que ser o estar bellas es lo más importante, y se nos impone un patrón de belleza que los medios de comunicación y la publicidad se encargan de afianzar. Patrón de cuerpos esculturales, jóvenes y tantas veces irreales que empujan cada año en España a 65.000 mujeres a someterse a operaciones estéticas, o a usar zapatos de tacones imposibles que destrozan los pies y las espaldas, a seguir perjudiciales dietas de adelgazamiento, y, en el peor de los casos, a la depresión y los trastornos alimentarios si no se cumple con el «canon» de belleza. Todo esto es puramente social, pero afecta seriamente a la salud de las mujeres.

En otro orden de cosas, la medicalización de procesos biológicos naturales para la salud de los intereses de la gran industria farmacéutica se ha cebado especialmente con las mujeres. El paradigma de esta afirmación es la historia de la Terapia Hormonal sustitutiva en la menopausia (TH) que comenzó a aplicarse en los años cincuenta, cuando sólo estaba compuesta por estrógenos, y que produjo la primera oleada de cáncer de endometrio en los años setenta. En 1998 varios estudios (HERS y JAMA y Elisabeth Barrett-Connor) comienzan a plantear dudas contundentes sobre los riesgos, oyéndose las primeras voces que aconsejan sólo recetar la terapia a mujeres con problemas o sintomatología severa, hasta tener más estudios.

Fotografía de Txefe Betancort

Hasta 2002 y 2003, no se publican los resultados de los primeros estudios y ensayos clínicos serios (Women’s Health Inititive en EEUU y Millium Women Study en UK), que después de más de 50 años de prescripción a millones de mujeres, concluyen que la TH incrementa los riesgos de cáncer de mama, cáncer de endometrio, enfermedad cardiovascular (infarto), ictus y tromboembolismo venoso. Por fin, en 2004, la Agencia Española del Medicamento emite una información dirigida a profesionales y a las mujeres en la que cuantifica los riesgos y limita la prescripción: «Para el tratamiento a corto plazo de síntomas de la menopausia que dificulten la actividad diaria, utilizando la dosis más baja que resulte efectiva y durante el menor tiempo posible«. Durante mediados de los años noventa, se estima que el uso de estos fármacos era del 50% de las mujeres menopáusicas europeas, millones de personas sanas expuestas gravemente por «prevenir síntomas» de una etapa natural en la mujer, que constituyó una verdadera epidemia.

La violencia obstétrica y ginecológica está definida por la OMS desde hace años, consiste en el abuso de poder, la pérdida de autonomía y el maltrato en torno a las prácticas sanitarias a las mujeres, especialmente durante el embarazo y el parto. Dentro de nuestro sistema sanitario se dan todavía ejemplos de esta violencia, son ejemplos las episotomías rutinarias y sistematizadas (casi en la mitad de los partos vaginales); la maniobra de Kristeller (empujar el vientre de la parturienta, se da en un 26% de los partos vaginales); o el gran índice de cesáreas, muy por encima en España de lo aconsejado por la OMS, practicadas muchas veces por razones de conveniencia social y no médica.

<NOTA>(1) Sex-Based Disparities in incidence, Treatment, and Outcomes of Cardiac Arrest in the United States, 2003-2012. J Am Jeart Assoc. 2016.


Necesitamos tu ayuda para seguir adelante con el periodismo crítico, ayúdanos a no tener que depender de publicidad externa y que Contrainformación sea solo de sus lectores. Con 1, 2, o 3 euros al mes nos ayudarás a seguir mostrándote nuestros artículos críticos.

Ayúdanos a seguir ofreciendo Contrainformación.

Deja un comentario