Rafael Silva


La violencia del hombre es el espejo del miedo del hombre a la mujer sin miedo
Eduardo Galeano

Toda una epidemia asesina contra la mujer. Un día y otro, y otro, y otro más…la violencia machista es toda una lacra manifiesta que se multiplica de un año a otro, que avanza sin cesar, cuya brutalidad crece sin límites, sin medida…El último caso, conocido ayer mismo (aunque ocurrido anteayer), relata el caso de un hombre de 19 años, el asesino, y de una chica de 17, la víctima. Horrendos datos, brutales situaciones, macabros sistemas de asesinato…Todo un ensañamiento de extrema crueldad el que se despliega contra las víctimas, seguido o no del autoaniquilamiento masculino, es decir, del suicidio. La violencia machista continúa siendo un drama social de primer orden, y no cesa. Los asesinatos machistas son ya prácticamente normalizados, mostrados como fríos números de una siniestra estadística. El despreciable olor del machismo cotidiano nos agobia, nos conmueve, nos paraliza.

Ilustración de Javier F. Ferrero

Pero el machismo está sin que se le vea, el modelo patriarcal lo hegemoniza todo, lo domina todo, está siempre presente sin ser nombrado, es invisible aunque está en todas partes, es como el oxígeno que necesita el patriarcado para poder sobrevivir. El patriarcado impone sus modos y sus formas, sus estilos de vida, sus valores y sus escalas, sus reacciones y comportamientos. Y en toda esta dominación cultural se van introduciendo, poco a poco, casi sin notarse, los oscuros mecanismos de sometimiento y subordinación…Al final, triunfan los mecanismos de sumisión. Este es el esquema normal para el machismo, para el patriarcado. Pero cuando este guión se tuerce, cuando algo no sale como está previsto, las relaciones de dominación se vuelven violentas, y esa “hegemonía de la masculinidad” se vuelve perversa y violenta. Los hombres machistas en grado sumo ni siquiera lo saben, son hombres “normales”, y la mayoría de ellos, a tenor de sus observadores, amigos y comunidad, son “buenas personas”, es decir, que son personas educadas, respetuosas, amigos de sus amigos, que mantienen buenas relaciones con sus padres, etc. Pero el guión patriarcal domina en su vida, y han de obedecerlo. Y cuando el guión no es obedecido, surge el terrorismo machista de las catacumbas.

El “macho” patriarcal ha de imponerse entonces, y el único mecanismo para él es la violencia. Para el machismo cultural, sigue muy viva la idea de que los hombres disponen de ciertos derechos sobre las mujeres con las que se relacionan sexual y afectivamente, y ello se pone de manifiesto sobre todo cuando la mujer le hace saber que ya “no le pertenece”, porque desean separarse, divorciarse, etc. La psicología del patriarcado entiende entonces que la actitud o el comportamiento de la mujer ha dañado su sentido de la masculinidad, y entonces explota. Los peores casos de dicha explosión ya los conocemos. La lectura de la violencia de género debe ser por tanto no sólo una lectura estadística y social, sino una lectura política. Ya lo hemos explicado más a fondo en nuestro artículo sobre el modelo heteropatriarcal. Y ante estos actos, más allá de los minutos de silencio, de las pancartas y manifestaciones públicas, de las condenas y de las protestas feministas, hemos de cambiar el chip social, y calibrar la auténtica gravedad de estos hechos, unos hechos que responden a un patrón y a una arquitectura social predefinidas. El machismo está inserto en nuestra sociedad, hasta tal punto que las fuerzas políticas más trogloditas lo defienden y lo legitiman, es decir, atacan a las mujeres y a sus organizaciones feministas, que luchan por erradicarlo.

Estas formaciones políticas (justo las que los lectores y lectoras están pensando) intentan difuminar esta violencia machista, a base de mezclarla en un saco común con el resto de violencias “domésticas”. No podemos consentirlo. El crimen machista es un crimen social y político de etiología clara y definida, y que responde a patrones mentales y culturales muy arraigados en nuestra sociedad. No responde a los demás patrones que puedan generar la violencia. No queremos ser por tanto derrotistas, pero está claro, si somos coherentes con todo lo expuesto, que los crímenes machistas no cesarán hasta que no erradiquemos el patriarcado. Esto no significa que no podamos minimizarlos reforzando los otros pilares sociales aludidos (policiales, judiciales, institucionales, etc.), pero únicamente la desaparición del patriarcado y la evolución hacia otra arquitectura social permitirán la erradicación de la ola de crímenes machistas que nos invaden. En este sentido, queremos incidir en el modelo educativo y todos sus resortes, como un pilar fundamental para educar bien a las nuevas generaciones, y que dejen de reproducir roles y comportamientos machistas aberrantes. Porque el terrorismo machista no es algo casual, sino que su etiología está perfectamente arquitecturizada, y es precisamente esta arquitectura la que hay que abolir.

El mes de enero que acaba lo hace con un tremendo e insoportable saldo de feminicidios. Si se extrapola al resto del año (ojalá que no ocurra), nos espera un 2019 auténticamente brutal en violencia de género. Pongamos toda la carne en el asador para evitarlo: campañas institucionales de prevención, denuncias, charlas en los centros de enseñanza, presupuestos públicos, formación a abogados, jueces y fiscales de violencia de género, mayor sensibilización en las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, refuerzo de redes populares de apoyo para las mujeres que abandonan sus parejas por razones de violencia, implicación de toda la sociedad, de todos los estamentos, de todas las instituciones, con resuelta y decidida voluntad de acabar con este drama constante, con este incesante goteo, con esta fisura social que no acaba de sangrar…¿Hasta cuándo? Comienza febrero…

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Soy un malagueño de izquierdas, enamorado de los animales, y de mi profesión, la enseñanza. Soy profesor de nuevas tecnologías y crítico de las mismas, sobre todo de los cursos de F.P.O. (Formación Profesional Ocupacional) de la Junta de Andalucía. Me hice analista político ante la terrible deriva del capitalismo de nuestro tiempo, ante la necesidad de alzar la voz ante las injusticias, ante las desigualdades, ante la hipocresía, ante la indiferencia, ante la pasividad, ante la alienación. Sentí la necesidad vital de aportar mis puntos de vista, mi bagaje personal, y de contribuir con mi granito de arena a cambiar este injusto sistema.

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