Todo discurso intolerante debe ser neutralizado con argumentos racionales, no ignorado. Si ignoramos los mensajes de la extrema derecha, en lugar de refutarlos, estamos contribuyendo pasivamente a su expansión.

Llevar un tiempo recuperando testimonios de personas cuyos familiares estuvieron en campos de concentración nazis o españoles, de gente que sufrió en su piel torturas y vejaciones, de mujeres que fueron torturadas o violadas o de familiares de gente que fue fusilada o asesinada en la represión franquista nos hace entender que el sufrimiento y el dolor de todas estas personas es lo que les lleva a luchar por los derechos humanos, por la dignificación de sus familiares y porque se les haga justicia.

Si bien éticamente cualquier lucha a favor de los derechos humanos es lícita, justa y razonable, y no se debería menospreciar por tanto la defensa del honor o de la dignidad de personas que fueron asesinadas por pensar de diferente manera o por defender la libertad, en España sí se puede menospreciar con total impunidad a las personas que llevan a cabo esta lucha. En España está permitido reírse o burlarse de estas personas con impunidad. Tanto ellas como su lucha son, de hecho, la diana adonde van a parar los dardos de la extrema derecha en sus discursos de odio.

Foto de homenaje en el Día de la Memoria del Holocausto

Muchas personas con ideología de derechas e incluso algunas de ultraderecha encienden velas por las víctimas del Holocausto, se indignan por los muertos a manos del comunismo en otro país o lloran y se ofenden si se banaliza el exterminio nazi; como debería ser, independientemente de la ideología individual. Es importante tener en cuenta el detalle de que en ese Holocausto murieron miles de españoles porque Franco les dejó tirados o les vendió. Por tanto, cuando estas personas encienden velas por el Holocausto, tanto si son conscientes como si no, las están encendiendo también por miles de víctimas españolas en los campos nazis del horror.

No atiende a lógica ninguna que lo sucedido en el Holocausto preocupe a estas personas, incluyendo lo allí ocurrido a los españoles, pero que les ofenda que en España se lleven a cabo manifestaciones por la memoria histórica, que se enciendan velas por las víctimas del franquismo, por las miles de personas represaliadas, torturadas, violadas o fusiladas en la represión franquista. Este doble rasero da a entender que únicamente les interesa el comunismo cuando este ocasionó muertes: sin embargo, el hecho de que se haya matado aquí a los comunistas, a los rojos, a los republicamos o como queramos llamar a las víctimas del franquismo, no les importa en absoluto.

Pese a que los herederos del franquismo, faltos de empatía y rebosantes de desprecio, ostentan públicamente la intolerancia y la instransigencia que caracterizan al fascismo, los familiares de las víctimas no hacen más que ejercer el imperioso derechos a una sepultura digna para sus seres queridos, inherente a todo ser humano. Hacen esto por una cuestión de dignidad pero también de democracia: toda democracia que se sustente en fosas comunes, cunetas o pozos llenos de personas asesinadas y en desapariciones forzosas, como ocurre con la española, no es una democracia plena como debería ser.

Un tuit —una publicación en Twitter— expresó muy claramente, aunque de manera irónica, nuestro pasado reciente. Decía: “Franco era demócrata, lo que pasa es que era asintomático”. Esta frase representa el caso de muchas personas de derechas, y especialmente de extrema derecha, que aseguran preocuparse por los derechos humanos pero cuando los derechos en cuestión son de la gente que vive en España y sobre el genocidio de la represión franquista son asintomáticos: no solo no les importan en absoluto sino que, además, critican todo al respecto. En España se silenció una parte de la historia durante la dictadura franquista, la de los vencidos y posteriormente represaliados, y se sigue intentando silenciarla, pretendiendo el miedo de sus familias con la vana intención de que cesen en la lucha por sus derechos.

Es cierto que la memoria histórica española sufre muchos, muchísimos bulos. Los bulos son la estrategia sistemática de la extrema derecha para afianzar terreno y captar adeptos: difundir bulos, manipular la opinión pública. Por eso hay gente que, cuando detecta un bulo o un mensaje sesgado, dice “No compartas este vídeo” o “No compartas este artículo”; pero esa petición no soluciona el problema del auge de la extrema derecha: por supuesto que no se debe compartir los vídeos tendenciosos, o los artículos falseados, pero también se debe argumentar por qué no hay que hacerlo y qué no es correcto en ellos.

Si nos llega una información incorrecta o alterada y no la difundimos no estamos contribuyendo a solventar el problema, solamente a no agrandarlo. Si permitimos que la ultraderecha siga creando y difundiendo bulos a sus anchas sin confrontarlos con la verdad estaremos permitiendo indirectamente que su poder siga creciendo y que su mensaje cale más hondo. Cuando recibimos un vídeo de extrema derecha no debemos compartirlo, porque no debemos fomentar nunca la difusión de mentiras, aunque si en algún momento nos lo pasan e identificamos una mentira debemos exponérsela a quien nos lo envió y rebatirla.

Podemos, además, escribir un hilo en Twitter, un artículo en cualquier medio, podemos escribir dos frases: la cuestión es hacer que se sepa que es mentira, que se trata de un mensaje sesgado y manipulador. No podemos seguir permitiendo como sociedad democrática que somos que un artículo o un vídeo con falsedades circule por WhatsApp, por Facebook, por Twitter, por la prensa o por cualquier medio sin más: se debe confrontar, señalar los aspectos que no sean ciertos y dar los argumentos correspondientes. Los mensajes falsos se confrontan con datos verídicos, no haciendo caso omiso de ellos.

Bulos creados para manipular la opinión pública en favor de la extrema derecha española hay cientos, aunque dos de los más conocidos son el de los pantanos que hizo Franco y el de la Seguridad Social que creó Franco. Por supuesto, estos hechos no son así realmente; mucha gente lo sabe gracias a que hubo quienes los desmontaron. Si no hubiera periodistas, historiadores o simples personas que hubieran dicho “Estas cosas que tales personas están diciendo son mentira y estos datos lo demuestran” estos bulos seguirían circulando y calando en la gente ingenua.

La ultraderecha utiliza un sinnúmero de engaños en su propaganda e introduce su propia propaganda en los medios y en las redes sociales con la finalidad de desestabilizar, ya que pretende polarizar a la sociedad para, entonces, convertir así el debate político en un debate sectario que favorece a sus representantes. Los propagandistas de la ultraderecha son especialistas en la propagación de bulos y mensajes partidistas, por eso no basta con detener su propagación sino que hay que invertirla, confrontarla con la verdad y argumentarla con datos precisos e irrebatibles. Así es como se combate a la extrema derecha, desmontando sus primitivas ideas con datos y argumentos.

Todos nos indignamos cuando nos llega un bulo de extrema derecha, cierta información que falta a la verdad y que no es honesta exponiendo datos o hechos. La dinámica de la comunicación de la extrema derecha se apoya en una deshonestidad brutal y en un sesgo claramente partidista que trata de polarizar a la población, dando su propia versión de los hechos. La ambigüidad también es un recurso muy común en mensajes de extrema derecha, lo que lleva a no comprender correctamente el mensaje e implica que no siempre las personas que difunden sus mensajes se consideran de dicha ideología. A veces los difunde como verdaderos gente que es neutral o incluso de ideología contraria.

Viñeta satírica sobre el consumo de noticias falsas

El principal problema que tenemos actualmente es que muchísima gente no sabe identificar la ideología que hay detrás de sus mensajes, se cree estos bulos y los reenvía a su círculo más cercano. Esta gente no reenvía entonces a sus más allegados estos a los suyos, así sucesivamente, lo que resulta en una gran cantidad de gente siendo manipulada. Precisamente por esto es necesario que la gente canalice dicha información y enfrente los engaños con datos y argumentos.

Cuando recibimos una noticia falsa o un vídeo cuyo mensaje identificamos como ultraderechista tenemos dos opciones: ignorarlo, permitiendo que quien nos lo ha enviado siga difundiéndolo entre sus contactos y propiciando así que la extrema derecha se retroalimente y vaya ganando el debate político, o enfrentarlo, diciendo a quien nos lo ha enviado “Mira, esto que estás pasando es mentira por tales motivos y aquí tienes los datos que los corroboran”, asegurándonos de que esa persona entiende el error, y pidiéndole que lo desmienta a quienes lo haya enviado. Es fácil decir “Paso, lo ignoro porque sé que esto es mentira”. Quizá sepamos que algo es mentira pero la persona que nos lo ha enviado lo haya reenviado también a otras 10, 20 o 30 personas que no lo sabrán si no hacemos un pequeño esfuerzo y se lo explicamos. Si dejamos que estos mensajes sigan corriendo por la Red por miedo a contrariar a quienes conocemos, o a “perder el tiempo”, estamos contribuyendo a que cada vez más gente se crea los bulos de la extrema derecha y a que esta siga creciendo.

Si alguien envía o reenvía un mensaje pero al momento recibe otro diciendo que lo anterior es mentira, y los motivos, quien difundió el bulo se lo replantea: se genera en esa persona un debate interno, una dualidad, va pensando en ello. Los acólitos de la extrema derecha, sus fieles subordinados, convencen fácilmente a la gente que se considera neutral. Sus mentiras tienen las patas muy largas si no son descubiertas, por eso quienes sean capaces de reconocerlas tienen la responsabilidad de hacerlas ver a las personas de su entorno.

El terreno de juego de los bulos son las redes sociales y la extrema derecha aprueba con nota; las manejan con destreza y a su antojo, utilizando las vulnerabilidades de las redes en su favor: crean cientos, miles de bots —cuentas falsas que publican comentarios automatizados— que, aparentando ser “personas reales”, difunden odio y mentiras de cara a los demás usuarios. También crean hashtags —palabras clave o temas de conversación—, donde sus comentarios automáticos se entremezclan con otros de “gente real” para crear confusión, manipular la información y manipular la opinión.

La extrema derecha maneja muy bien las redes, por eso hay que denunciar sus mensajes, desmentirlos y trabajar en ello. Cuando publicaron un tuit sobre que supuestamente Manuela Carmela había conseguido un respirador para su domicilio tuvo que salir ella misma a desmentirlo públicamente y denunciarlo. ¿Por qué lo hizo? Ella lo denunció porque de no haberlo hecho todo el mundo se habría creído ese mensaje y se habría generado una alarma social del tipo de “Mira lo que hace Carmena” o “Qué mala es Carmela”. En cambio, Carmena no se calló; no lo dejó pasar. No podemos dejar que estos bulos se propaguen y que se genere y crezca la alarma social.

Un claro ejemplo de manipulación que se utiliza es encabezar un mensaje con “Esto es lo que no sale en los medios” o “Esto es lo que los medios no quieren que veas”. Luego te das cuenta de que ha salido en Antena 3, en El País y el Telecinco. La manipulación consiste en que la reacción instantánea e ingenua de nuestra mente es pensar “Uy, a ver qué es” porque crea una sensación de tener ante nosotros una información secreta que alguien pretende ocultar, por eso mucha gente es víctima de la teoría de la conspiración y tiende a creerse ese mensaje. Al mismo tiempo, la frase de que “no sale en los medios” da a entender que por más que lo busques no lo encontrarás, ya que los medios no quieren que lo sepas: esta es otra manipulación implícita que lleva a pensar que no puedes comprobar la veracidad de esa información pero que si existe es porque es verdad, por tanto la debes creer sin comprobarla. Simplemente se está manipulando la realidad para hacerte creer un mensaje falso, dándote una sensación de privilegio para que te sientas importante por conocerla, la creas sin comprobarla y la difundas sin reparo.

Han mentido en gráficos, en infografías, en noticias, en fotos, en memes… Hay mucha información falseada pululando por las redes gracias a que la extrema derecha crea muchas cuentas falsas y la propaga muy fácilmente. Así es como consiguen desestabilizar a las instituciones y hacer que muchas personas se conviertan en sus adeptos, tal vez no considerándose a sí mismos ultraderechistas como tal pero sí propiciando que coincidan con algunas de sus ideas. Es extremadamente sencillo desestabilizar a cualquier institución o dañar públicamente a cualquier persona: se crea una noticia falsa o fake new, se propaga por miles de bots o todas las cuentas falsas, miles de personas ingenuas la replican y al cabo de unas horas o de varios días este objetivo ha quedado dañado. La única respuesta que puede paliar su crecimiento es pensar “estáis intentando calumniar, desestabilizar. Estáis manipulando pero no vamos a consentir que esto pase, no vamos a permitir esas conductas ni a dejar que queden impunes. Hemos comprobado en fuentes fiables que esto no es cierto y vamos a explicar con argumentos y datos por qué esto es mentira” y actuar en consecuencia.

El partido de Vox, de hecho, es uno de los que cuenta con más popularidad en redes, al menos hipotéticamente, ya que la extrema derecha se ha dedicado a crear muchas cuentas falsas, muchos bots, que replican con determinados mensajes hasta que sus titiriteros se cansan. Se trata de un mensaje homófobo, xenófobo, en ocasiones muy sesgado y en otras promoviendo directamente hechos que no son ciertos. La estrategia social de la ultraderecha, de hecho, es copar Twitter con mensajes para que quienes utilizan esta red social crean que su mensaje lo opina mucha gente y que es una opinión válida, cuando un alto porcentaje de las cuentas que impulsan estos comentarios son falsas, son bots.

Es un mensaje que se ha naturalizado, lo oímos en la calle y es muy peligroso, tanto al menos como no denunciar a quienes van parando taxis, diciendo “Arriba España” o entonando canciones fascistas, cómo se permiten manifestaciones fascistas con banderas que son anticonstitucionales y, por tanto, un delito de odio, y cómo se denuncia y se condena más fácilmente a la gente de izquierdas que a la de derechas. Vemos todo esto cada día. Y esto no es normal. Es una irresponsabilidad: se da a entender un mensaje muy contradictorio que puede empeorar la situación actual y dar más potestad y privilegios al mensaje de la ultraderecha.

Recordamos cuando decían, ilustrándolo con una foto que correspondía a otra situación, que se estaba obligando a los niños a practicar el Islam en una escuela de Murcia, lo cual no era cierto; cuando dijeron que un refugiado había destrozado un árbol de Navidad en Alemania, que tampoco lo era; cuando dijeron que un árabe había violado a una mujer, cuando su violador era de nacionalidad española —y nacido en España, que quede claro que no era árabe y la adquirió—, o cuando hubo una violación grupal de tres hombres a una mujer y dijeron que eran árabes. Más tarde se comprobó, en este caso, que los tres hombres eran españoles, no eran árabes, pero la extrema derecha ya había hecho circular el bulo que se apoya en sus ideas xenófobas de que la inmigración es peligrosa y dañina. Difundieron todos estos bulos, entre muchos otros, mediante Twitter, provocando que en poco tiempo su mensaje se propagase como un virus.

El blanqueamiento que se está llevando a cabo en los medios democráticos hace que el discurso de la extrema derecha, que es homófobo, xenófobo, misógino y racista, cale en la población y se considere que estos políticos e ideólogos son de centro-derecha en lugar de afirmar rotundamente que no son de centro-derecha sino fascistas de extrema derecha.

Un mensaje de odio se propaga muy fácilmente y el miedo hace mella: ¿Cuántas veces hemos publicado un artículo desmontando falsedades y viene alguien diciéndonos “¡No le deis voz!”? No estamos dando voz a esa persona, estamos diciendo “esta persona existe y os está colando un mensaje, no tenéis que creer su mensaje por tales motivos”. Que tú sepas que un mensaje es mentira no implica que tu vecina o tu vecino también lo sepa, por eso hay que coger ese mensaje, desmontar todos sus bulos, decir por qué no son ciertos y confrontarlo. Si así conseguimos enseñar a nuestros convecinos y a nuestras convecinas algo que desconocían les estaremos dando unas armas que anteriormente no tenían a causa de la polarización que pretende la extrema derecha. Si no adquirimos una actitud activa y crítica frente a los mensajes de odio que vemos en comentarios, en estados, en historias, en tuits y los condenamos, escribimos a la persona que los promueve y le hacemos ver que está propagando mentiras lo único que conseguimos es ver cómo aumenta la extrema derecha y permitirlo pasivamente. De nada sirve quejarse de ello cuando nada hacemos por evitarlo.

Comprobar diariamente cómo la extrema derecha se lamenta por las víctimas del Holocausto o de actos terroristas mientras repudia a los españoles que perdieron la vida o fueron castigados en la represión franquista demuestra un sesgo ideológico de su moral que no atiende a razones sino a prioridades ideológicas y a privilegios. En España hay dos partes de la historia, la que se acalló y la que se proclamó. Ambas se deben conocer y se deben dar a conocer en las escuelas, en un museo nacional y en las calles.

El respeto a las víctimas es primordial en toda sociedad y, por consiguiente, también hay que aplicarlo a sus familiares, a las personas que únicamente buscan que los juicios falseados, en los que se condenó sumarísimamente a miles de personas por sus ideas, pierdan su efecto y tengan nulidad. Estamos hablando de personas que son insultadas habitualmente desde tribunas, palcos, tertulias y muchos otros medios, cuando solo pretenden conseguir justicia y dignidad y por lo que merecen, como mínimo, respeto. Si queremos vivir en una democracia plena hay que luchar por ella y no consentir los mensajes ultraderechistas ni la apología del franquismo. Si ignoramos estos mensajes y no los refutamos estamos constribuyendo pasivamente a su expansión.

Al contrario de como piensa mucha gente, la tolerancia, como la libertad de expresión, no abarca el fascismo. Respetar las opiniones o actitudes ajenas aunque no coincidan con las propias no incluye tolerar el neofascismo actual y todo lo que conlleva. Una teoría que secunda esto es la paradoja de la tolerancia de Popper, que señala que si una sociedad es ilimitadamente tolerante su capacidad de ser tolerante finalmente será reducida o destruida por los intolerantes. En otras palabras, si normalizamos el neofascismo —como estamos permitiendo que se haga en muchos medios o en las redes— nuestra capacidad de tolerancia se verá invadida o destruida por sus mensajes de odio. También se podría deducir que tolerar este neofascismo desemboca en hacer mermar nuestra tolerancia, adoptando algunas de sus ideas por encontrarlas repetidamente a través de los medios o las plataformas sociales, o bien en que nuestra capacidad de tolerancia sea completamente destruida, adoptando todas sus ideas. En términos más conceptuales, la tolerancia no puede tolerar la intolerancia —el fascismo o el neofascismo— porque entonces se convierte en intolerancia.

Como decía Popper, filósofo austríaco, en su volumen de La sociedad abierta y sus enemigos, “la tolerancia ilimitada debe conducir a la desapareción de la tolerancia. Si extendemos la tolerancia ilimitada a aquellos que son intolerantes, si no nos hallamos preparados para defender una sociedad tolerante contra las tropelías de los intolerantes, el resultado será la destrucción de los tolerantes y, junto con ellos, de la tolerancia”.

Podemos ser —y es necesario que como sociedad lo seamos— compresivos con los diversos puntos de vista frente a una situación; es necesario que seamos capaces de entenderlos para que sea posible entablar y mantener un diálogo respetuoso, abierto y honesto; pero un discurso de odio, de incitación a la violencia o al rechazo social nunca debe ser permitido. Una cosa es tolerar discursos con cierta controversa y cuyas ideas difieran, y otra cosa distinta es permitir discursos que conlleven la humillación de cierta gente, al menosprecio de los derechos humanos, al odio, al acoso, a difundir estereotipos negativos, a la estigmatización o a la amenaza a una comunidad por su religión, su sexualidad o su nacionalidad. Estos son mensajes que atentan claramente contra el colectivo LGTBI, la raza, las creencias, la identidad de género o la orientación sexual, como también van encontra de la memoria histórica o contra personas de ideología diferente. Una cosa es ser tolerantes, otra opuesta es permitir discursos de odio. Estos discursos, por tanto se deben combatir y jamás deben ser permitidos.

Viñeta satírica sobre el consumo de noticias falsas

Todo discurso intolerante debe ser neutralizado con argumentos racionales, no ignorado. Un argumento que sea intolerante con un colectivo debe ser siempre enfrentado, confrontado y paliado. Debemos plantearnos cuál es el límite de la tolerancia: ¿Apoyamos, como sociedad, el empleo de la violencia? ¿Permitimos las humillaciones o las descalificaciones? ¿Consentimos los discursos de odio? En caso afirmativo no seríamos tolerantes, seríamos moralmente incoherentes. Este tipo de discursos es dañino, perjudicial para la ciudadanía y no deben ser permitidos en una sociedad que se considera democrática, como la actual española, ya que un valor de la democracia es la tolerancia.

En el momento en que en una sociedad hay crisis, hay una problemática o incertidumbre, como ocurre en la situación actual, resulta más fácil que el discurso de odio se asiente entre la población. Es en ese preciso instante cuando más se hace patente la necesidad de una argumentación capaz de aplacarlo, ya que siempre que un dicurso sea intolerante la opinión pública tiene la responsabilidad de prohibirlo por ser poco prudente, poco reflexivo y un discurso de incitación al odio. En una sociedad democrática, diversa y plural, en una democracia plena, no acecha la sombra de la ultraderecha ni se tiene al totalitarismo esperando la mínima oportunidad para hacer calar sus ideas promoviendo bulos y un discurso de odio que perjudique a determinados sectores de la sociedad, al ejercicio de los derechos humanos y la libre convivencia de la población.

Las opiniones o las actitudes de otras personas en democracia no tienen por qué coincidir con las nuestras pero sí deben emplazarse en el marco del respeto, la tolerancia y la solidaridad, que son valores democráticos básicos. Una buena argumentación siempre es el paso para contrarrestar las mentiras de la extrema derecha y evitar así que no avance su discurso de odio en nuestra sociedad.


Más de Checkout:
Necesitamos tu ayuda para seguir ofreciendo Contrainformación. No queremos depender de bancos, publicidad o grandes empresas. Si te gusta lo que hacemos, invítanos a desayunar una vez al mes para que podemos seguir ofreciéndote nuestro trabajo
¿Prefieres hacer un ingreso por tu cuenta? Aquí puedes hacerlo: Triodos Bank: IBAN - ES0714910001283000114479    

DEJA UNA RESPUESTA