Se puede pensar en una religión de la amabilidad (…) fuera de la complicidad entre entre theos y antropos (dios y el hombre).

Por Javier Cortines
El filósofo surcoreano Byung Chul-Han (Seúl 1959) contrapone el poder hegeliano, tanto el violento como el que se acata (por amor) voluntariamente, “al concepto de amabilidad” en línea con los valores predominantes en las sociedades orientales que se nutrieron
históricamente del budismo y el confucionismo (1).

Se puede pensar en una religión de la amabilidad (…) fuera de la complicidad entre entre theos y antropos”, afirma Byung Chul-Han en su obra “Hegel y el poder, un ensayo sobre la amabilidad” (2).

Byung Chul-Han, quien se doctoró en filosofía en la Universidad de Friburgo con una tesis sobre Martin Heidegger, subraya:

“El espíritu (Geist), en su acepción más pura, se abstiene del juicio. Escucha con atención (hört zu) en lugar de escuchar enjuiciando (zarechthören). Nada es sometido o discriminado. Esta amabilidad hace que los ruidos devengan en acontecimientos de sonidos fantásticos. El espíritu se vacía transformándose en casa hospitalaria del mundo” (3).

Byung Chul-Han, filósofo del momento que ha escrito más de una docena de ensayos  “best-seller”, añade que “para Hegel hubiera sido completamente incomprensible, p. ej. la exhortación del maestro zen Linji (4) “matad a Buda”: <<Si encontráis a Buda, matad a Buda>>. Entonces alcanzaréis, por primera vez, la liberación, ya que no estaréis atados por las cosas y penetraréis todo libremente” (5).

Nuestro autor, quien estudió literatura alemana y teología en la Universidad de Munich, acude a otro maestro zen, Yun Men (6) para exponer sus ideas sobre la amabilidad y el poder:

El maestro zen Yun Men, por lo visto, sabía cómo se alcanza la paz ilimitada, la amabilidad sin término. Se recomienda la destrucción de lo sagrado (…) Inmediatamente después de su nacimiento, el Buda señaló con una mano el cielo y con la otra la tierra y dijo: <<En el cielo y la tierra soy el único venerado>>. El maestro Yun Men dijo: <<Si entonces yo lo hubiera presenciado lo habría derribado de un bastonazo y arrojado a los perros para que lo devoren, augusta empresa para la paz en la tierra>>.

Así es negado -continúa Byung- <<El UNO>>. Esa destrucción del nombre es al mismo tiempo un giro radical contra el poder pues éste mora en el nombre. Esta destrucción representa -repito- una “augusta empresa para la paz en la tierra” (7).

Tras enfatizar que “cuando el yo deja de escucharse a si mismo, los ruidos se tornan de pronto en sonidos fascinantes” (…) dice que “para Hegel la tendencia general del poder no es su tendencia contra los otros, ya que eso sería violencia, (sino todo lo contrario). <<La violencia separa y aísla, el poder por el contrario (vinculado al amor y al reconocimiento del otro) reúne. La violencia provoca rupturas. Lo benéfico del poder (en sentido hegeliano) consiste en que hace crecer el espacio de sí mismo (y de los otros) haciéndolo coincidir con el mundo” (8).

Recuerda que Hegel “se sentía libre cuando el otro era libre y era reconocido como libre por él”, pero subraya asimismo que el pensador alemán entendía que: “el sólo reconocimiento del otro como un individuo libre no me hace más libre”.  (9)

Lo anterior requiere de un enorme trabajo de “autoconciencia”, (para no quedarse en lo superficial). Una vez llegado al convencimiento total de la igualdad y libertad de todos los hombres y mujeres, absorberíamos e incorporaríamos a nuestra carne, sangre y alma un “verdadero concepto revolucionario” que no solamente demolería todas nuestras fronteras y perjuicios, sino también -como diría Hegel- nos integraríamos (de forma finita e infinita) en el espíritu universal.

En conclusión, ambas culturas, la Oriental y la Occidental, que se han dado la espalda durante milenios, deberían acercarse con “amabilidad”, sin perjuicios ni prejuicios, porque ese intercambio -que nos ayudaría a “destruir el ego” e ir en busca del “yo profundo”- quizás nos animaría a caminar de nuevo (obviando la mediocridad de nuestra época) en busca del Paraíso Perdido.

-1- El confucionismo hace hincapié, entre otras cosas, en el respeto a los mayores, el culto a los antepasados y la fidelidad a los amigos. Por su parte, el budismo es la antítesis del poder (en cualquiera de sus formas). Supone una superación de “los amos y de los dioses” quienes son un obstáculo para llegar a la meta del “vacío-plenitud” que se logra “en la cumbre de la Montaña del Espíritu”.

-2- Byung Chul-Han, Hegel y el poder, un ensayo sobre la amabilidad. Editorial Herder, Barcelona 2019. Pág. 114.

-3- Ibídem. Pág. 149. En ese pasaje el traductor dice “ruidos devengan en acontecimientos sonoros”, lo que he preferido cambiar, por lógica narrativa, por “sonidos fantásticos”, expresión que se utiliza en otro fragmento de la obra.

-4- El maestro zen Linji (China, Dinastía Tang, siglo IX d.C), tuvo una gran influencia en la península coreana, actualmente dividida por el paralelo 38, el mismo que pasa por España.

-5- Ibídem. Pag. 129. Con la alegoría de “matar a Buda” (matar a tu amigo, a tu hermano  o a tu padre) se vuelve a insistir en la necesidad de eliminar los obstáculos “más sagrados”, entre ellos “el Ego” (vanidad de vanidades y todo vanidad) que impiden la realización espiritual y la subsecuente “penetración, libre, en todo”.

-6- Yun Men (también conocido como Um Mon) es un maestro zen de la Dinastía Tang tardía (618-907). Vivió, al igual que Linji, en el siglo IX d.C.

-7- Ibídem. Pág. 129.

-8- Ibídem. Págs. 44 y 67.

-9- Ibídem. Pág. 69.