Ricardo Suárez García
Grado en Sociología. Máster en Relaciones Internacionales.
Doctorando de Medio Ambiente y Sociedad


No es posible acometer un cambio hacia un sistema justo, equitativo y sostenible sin tener en cuenta a la población rural y al territorio que ocupan; y todo parece indicar que el discurso de las fuerzas progresistas que apuestan por una transición ecológica no está llegando a estos lugares.

La falta de propuestas o de capacidad para transmitir sus ideas en el mundo rural condena a las fuerzas progresistas y ecologistas a un papel residual en esta franja electoral, hecho que imposibilita o al menos dificulta la superación del Status Quo dentro del poder político. Los partidos tradicionales se sienten muy cómodos con esta situación en la que los problemas rurales y de los municipios de menor tamaño no reciben el foco mediático dentro del debate político más allá de aquellos momentos en los que ocurren hechos que obligan a los medios de comunicación y en consecuencia a los políticos a referirse a ellos.

Y es que la ausencia de un debate abierto a la sociedad en general sobre estas temáticas permite que todo siga igual en el campo electoral, lo que otorga una ventaja de entrada a aquellos que usan el clientelismo como forma de acumular votos y poder. Pero, bien sea por falta de agudeza o de esfuerzo, tampoco parece que aquellos espacios políticos que se denominan del cambio hagan grandes esfuerzos por incluir los problemas de estos lugares en eso que hoy, y permítanme el anglicismo, se llama “discursive frame”. No hay verdaderos esfuerzos por parte de una parte mayoritaria de estos espacios por poner en el centro del ojo público los problemas del rural ni su necesaria relación con las soluciones al problema ambiental. Algunos parece que creen que, para captar la gran preocupación ciudadana sobre los problemas ambientales, que los estudios estadísticos demuestran que existe, es suficiente con repetir conceptos como transición energética sin dotarlos de contenido alguno.

Pero un aspecto me preocupa todavía más de ciertas partes de la progresía, el hecho de que en muchas ocasiones si aparezcan conclusiones e ideas sobre la temática rural, pero desde una visión “urbanocéntrica” que en ningún caso se ha interesado en escuchar las posturas e incluir total o parcialmente (o al menos reflexionar sobre) las ideas de las gentes que allí viven y los motivos de éstas. Los actores que ocupan y/o tienen un interés directo sobre este territorio perciben que otros (que seguramente se llenan la boca con palabras como municipalismo) quieren cambiar su realidad sin tenerlos en cuenta; que cual déspotas “ilustrados” quieren cambiar el rural sin el rural. Y esto jamás será posible, para actuar sobre un territorio es necesario contar con la voz del que lo habita y trabaja, es necesario un diálogo constructivo que lleve al aprendizaje mutuo y que tenga la capacidad de llegar a consensos sociales urbano-rurales que sean incorporados dentro del discurso político hacia una sociedad más justa.

No es posible la transición ecológica sin afrontar de cara la cuestión rural, ya no solo por ser necesaria para tener la capacidad de arrebatar el poder a las fuerzas liberal-conservadoras, sino también por el simple hecho material de tener que afrontar cuanto antes planes que reviertan la terrible situación que se atraviesa en muchas de estas realidades. Problema además que no solo concierne al que lo vive, sino que amenaza a la sociedad en su conjunto.

Estos planes requieren de la actuación y la sabiduría de aquellos que recuerdan el funcionamiento de los sistemas agrícolas tradicionales que en el pasado permitían la manutención de las poblaciones locales sin romper (radicalmente) con el equilibrio ecosistémico. Muchos dirán que el afán de escuchar a aquellos que recuerdan el sistema productivo agrícola previo a la revolución verde no es más que la pretensión de volver a un pasado idealizado, pero no se da cuenta de que en realidad son ellos los que idealizan la modernidad. No es cuestión de usar el “delorean” y volver al pasado, se trata de innovación social, de generar un diálogo discursivo entre la ciencia y los saberes que han funcionado durante siglos para llegar a conclusiones que permitan afrontar las condiciones del presente de la forma más eficiente posible. Y no entiendan eficiencia desde la perspectiva empresarial que no va más allá del coste-beneficio monetario sino concebida como la capacidad para conseguir dotar a la población de sus necesidades con los menores efectos sociales y ambientales negativos posibles. Eficiencia para conseguir una sociedad mejor que viva mejor y en armonía con su entorno.

Antes me he referido a la revolución verde, término que se refiere al proceso de industrialización de la agricultura sustituyendo la fertilización con biomasa local y la mano de obra por fertilizantes químicos y el uso de maquinaria dependiente de combustibles fósiles. Un proceso que modifica el metabolismo social, es decir, los flujos de materiales y energía en el seno de una sociedad; se han sustituido unos sistemas productivos agrícolas que aprovechaban al máximo los recursos del territorio por una especialización salvaje e ineficiente dependiente de insumos que provienen del exterior y que destinan la producción a lugares remotos, provocando además la rotura del equilibrio agro-silvo-pastoril.

La agroecología pretende; a través de una reconexión entre el humano y el medio y de los canales cortos en los procesos de producción, distribución y consumo; superar esta lógica de la Revolución Verde. Pero no nos engañemos, la intensificación necesaria de la producción agroecológica que permita la soberanía alimentaria no es posible bajo el contexto actual del rural abandonado. Para sustituir la agricultura industrial es necesaria fuerza de trabajo en la huerta y en la generación de fertilizantes orgánicos a partir de la biomasa local y las deposiciones de los animales pastoreados. También necesitamos, por descontado, que la fuerza de trabajo que llegue (y la que se quede en) a las zonas rurales sea aleccionada por aquellos que ya conocen la tarea.

Volvemos, por lo tanto, al principio de este artículo, hay que escuchar al rural. Es muy fácil culpar al agricultor y al ganadero de llevar a cabo una producción poco sostenible cuando no cuenta con los recursos humanos necesarios para realizar su actividad de otro modo. No pretendo con esto idealizarlos, por supuesto que se necesitan cambios en la mentalidad de la sociedad rural e iniciativas que cambien la forma de hacer las cosas; pero reconozcamos, al menos, que esto forma parte de un problema mucho más complejo. Hay que escuchar al rural repito, y al joven que se va porque no tiene las infraestructuras y servicios necesarios para que su lugar de nacimiento sea un lugar atractivo para desarrollar una trayectoria vital, cosas tan básicas como facilidades en la movilidad, buenas conexiones de internet, oportunidades de ocio, educación y sanidad de calidad… Y no llega con fijar población, hay que atraerla, y para ello necesitamos comenzar a invertir en desarrollo rural en lugar de construir más autopistas, reconociendo cosas como que en estas zonas los automóviles son una herramienta necesaria y no el capricho de quienes lo llevan por el centro de las grandes urbes.

Comencemos, por lo tanto, desde el progresismo y el ecologismo, a poner todos nuestros esfuerzos en incluir las demandas de este sector poblacional y fomentar su participación en la creación del discurso. Cambiemos el rural con el rural, y ganemos, con ellos, el poder que otorga la capacidad de cambiar la realidad.

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Grado en Sociología de la Universidad de la Coruña, donde se especializó en temas como análisis de políticas públicas o acción colectiva. En este período también realizó un año académico en la Universidad de Varsovia. Posteriormente cursó el máster en Relaciones Internaciones en la Universidad Internacional de Andalucía, centrando su tesis final en la cooperación entre municipios y entre los mismos y la Unión Europea en la implementación de las estrategias medioambientales europeas. Actualmente es investigador da Universidad Pablo de Olavide en el programa de doctorado de Medio Ambiente y Sociedad en la especialidad de Historia Ambiental. La temática de su investigación son los bienes comunales, centrándose actualmente en los cambios productivos en los Montes Vecinales en Mano Común durante las últimas. También ha realizado una estancia doctoral de 5 meses en el Instituto de Ecología Social de Viena donde tuvo la oportunidad de formarse en teorías y métodos como el Metabolismo Social o la Justicia Ambiental y Climática.

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