El permafrost, la capa de suelo permanentemente congelado de las regiones muy frías o periglaciares que puede encontrarse en áreas circumpolares de Canadá, Alaska, Siberia, Tíbet, Noruega y en varias islas del océano Atlántico sur como las islas Georgias del Sur y las islas Sándwich del Sur; se funde a pasos agigantados.

El cambio climático hizo que la zona haya llegado a niveles de récord como los 38 grados de hace una semana en Verjoyansk, en la gélida república de Yakutia (Siberia oriental) y la descongelación que conlleva es capaz de desenterrar algo muy preocupante: hongos, virus y bacterias, algunos capaces de sobrevivir tras millones de años «dormidos».

De acuerdo a los científicos, la subida de 1 ºC de temperatura a nivel global supone la pérdida de una superficie de permafrost; y un incremento de 2 ºC supondría la pérdida de un 40% de la superficie que ocupa el permafrost. En el hemisferio norte el permafrost representa 23 millones de kilómetros cuadrados pero es totalmente desconocido el número de microorganismos que podrían estar resguardados ahí y que este aumento de temperatura podría destapar.

A lo largo de los años, en el permafrost también se han encontrado múltiples cadáveres humanos, algunos con restos del virus de la mal llamada gripe española o incluso momias del siglo XVIII con síntomas de viruela, enfermedad erradicada gracias a la vacunación. A los expertos les preocupa la posibilidad de que surjan enfermedades olvidadas, desconocidas o nuevos brotes de otras ya existentes.  

La descongelación del permafrost también crea otro problema dañino. Cuando el suelo se descongela, los microbios en el suelo comienzan a convertir su materia orgánica en dióxido de carbono y metano. Ambos son gases de efecto invernadero que calientan aún más el planeta. Un círculo imparable.

En un estudio publicado el año pasado, los investigadores descubrieron que los sitios de prueba de permafrost en todo el mundo se habían calentado en casi medio grado Fahrenheit en promedio durante la década de 2007 a 2016.