Iria Bouzas

Creo que el feminismo está cansado porque las feministas estamos cansadas.

Llevamos años peleando sin descanso, pero los últimos meses están siendo especialmente duros y complicados.

Estamos acostumbradas a trabajar sin que se nos tenga en cuenta, a ser siempre el tema que apartar a un lado, éramos la reivindicación que dejar para última hora por si quedaba algo de tiempo para atenderla. Nos hemos acostumbrado a que nos interrumpan para tratar de los temas que son “verdaderamente importantes” y también a saber que cuando mientras estamos hablando, mucho de nuestro auditorio ya ha desconectado para ponerse a pensar en otras cosas.

Estamos acostumbradas a que se nos desprecie a nosotras y lo que es peor, durante mucho tiempo nos hemos hecho a la idea de que muchos de los que nos acompañan realmente desprecian lo que nosotras representamos.

Pero cuando nos habíamos acostumbrado a la exigencia de silencio rompimos a gritar, y eso, ahora, lo estamos pagando tremendamente caro.

Dentro del feminismo estamos viendo caer compañeras cada día. Las de primera fila lo tienen peor porque son más mediáticas y tienen que seguir adelante sin que se les note demasiado que les han hecho daño en los cimientos. El resto, vamos pasando, intentando camuflarnos entre las demás mientras nos lamemos las heridas e intentamos volver a ponernos en pie.

Yo me niego a acostumbrarme a esto. Me niego a acostumbrarme a los insultos y a las vejaciones constantes a las que soy sometida a diario simplemente porque ejerzo libremente mi derecho a la militancia en la causa que considero oportuna.

No voy a aceptar sumisa y complaciente que algunos “intelectuales” con más ego que sesera, desacrediten lo que escribo, o lo que es peor, aquello que pienso, simplemente por el sesgo con el que lo hago.

Y no lo voy a aceptar porque no tengo absolutamente ninguna opción de rendirme frente a lo que casi en todo momento me pide a gritos mi cansancio que es retirarme a descansar.

No puedo porque cada día conozco a más mujeres y con ellas conozco sus historias.

No me puedo rendir porque muchas de vosotras me contáis como habéis sido golpeadas y violadas. Me explicáis por qué os expresáis bajo un seudónimo con miedo a que os vuelvan a localizar. Ahora sé que algunas os estáis mudando de ciudad cada cierto tiempo para evitar que os encuentren.

Lloráis por vosotras, lloráis por vuestras hijas e hijos. Lloráis por vuestras madres y a veces, cuando me ha hecho falta y me he atrevido a abrirme, también lloráis por mí.

Los empresarios que quieren sacar beneficio del feminismo no están siendo comercialmente demasiado hábiles. Intentan vendernos camisetas con lemas del estilo de “yo soy feminista” cuando el verdadero filón estaría en hacer una con la frase que más a menudo repetimos dentro de nuestros grupos: “Esto es insoportable”

Lo es compañeras. Es totalmente insoportable, pero tenemos que aguantar y vosotras sabéis tan bien como yo el motivo.

Sabéis como nos estamos apoyando. Sabéis como fluyen las solicitudes de ayuda. Sabéis como nos llegan los casos. Sabéis lo que gritamos, pero, sobre todo, sabéis todo lo que nos estamos callando.

Cansadas, agotadas y hartas ¡Lo sé!, estoy exactamente igual.

Hay días en los que creo que puedo y otros en cambio, en los que la idea de abandonar me parece un regalo.

Alguna empresa de ingeniería debería plantearse la necesidad de fabricar un botón en forma de corazón violeta. Un botón sororo de socorro que podamos apretar cuando estemos al borde del abismo. Un botón que active las alarmas del resto para que podamos ir corriendo a levantar a la que se cae presa del cansancio.

Mientras nadie invente ese botón, a mí me tenéis localizada para cuando os haga falta. Muchas veces, la mayoría, no tengo ninguna solución mágica los problemas. ¡Ojalá!

Pero siempre puedo estar ahí, reuniendo vuestro cansancio con el mío para explicarles que de momento no podemos hacerles caso.

Ahora, toca luchar y lo sabemos.