Xavier Cussó

Por fin habló Artur Mas. Tras meses de silencio autoimpuesto, el expresidente de la Generalitat compareció para mostrar su tristeza, decepción y enfado con la situación generada tras la ruptura entre el nuevo partido del expresidente Puigdemont y el Partido Demócrata (fundado por Mas para substituir la antigua CDC el año 2016). El testimonio de Mas no solo arroja nueva información para el juicio público de los hechos que precedieron la implosión definitiva del espacio posconvergente, sino que cobra especial relevancia al tratarse de una voz autorizada en un espacio político que dirigió antaño; no en vano, Mas lideró el giro soberanista del partido fundado por Jordi Pujol el 1974, dejando tras si la semilla de la división que afecta hoy en día el que fuera el primer partido de Catalunya (hoy 7 marcas electorales se disputan la herencia de la antigua CiU).

Ciertamente, no parece que la entrada en escena del President Mas sea suficiente para revertir la fuerte división generada en el espacio posconvergente tras el anuncio de Puigdemont de abandonar el Partido Demócrata.  Era la respuesta del President Puigdemont al litigio judicial que la formación liderada por David Bonvehí mantiene por las siglas “JxCat” por parte de la formación del expresident exiliado. Sin embargo, sí parecen reseñables las críticas veladas que el 129º presidente lanzó a su sucesor. De la comparecencia de Mas puede extraerse la contraposición entre su apuesta de unidad y el nuevo partido de Puigdemont, al que Mas señaló como un proyecto “que puede conducir a la división”. Otro elemento a resaltar fue la crítica al cese de la consellera Àngels Chacón, del que Mas se limitó a señalar que no era atribuible a la razón aducida por el presidente Torra (esto es, que se trataba de una purga política y no de un refuerzo del Govern para encarar la crisis generada por la Covid-19). 

No es necesario un análisis muy profundo para extraer la finalidad de la comparecencia de Mas. El expresidente catalán apostó para marcar distancias con su sucesor evitando entrar a una escalada de reproches contra quien fuera su ungido para ocupar la presidencia de la Generalitat. Mas, que conoce las interioridades de las luchas viscerales que han minado el Partido Demócrata estos últimos años, conoce de cerca las razones de una ruptura que no quiere contribuir a legitimar (y que aún confía en evitar), y que, igual que sucede con la purga de Àngels Chacón, distan mucho de las explicaciones públicas de Puigdemont y su entorno político. En este sentido, hay quien pudiera verse tentado para atribuir las discrepancias púbicas entre el President Puigdemont y Bonvehí (antes Marta Pascal) como discrepancias ideológicas entorno cuestiones tan variopintas como la dicotomía unilateralidad o diálogo con el estado, el modelo de partido (democracia directa vs  partido tradicional) o la relación con el PSOE (incluyendo posibles discrepancias en cuestiones como la moción de censura, los presupuestos generales del estado o el pacto entre ambos partidos para repartirse el gobierno de la diputación de Barcelona).

Sin embargo, la realidad es bastante más compleja de lo que puedan expresar en Twitter o en columnas publicadas en los medios afines el entorno más cercano de Puigdemont. Un buen ejemplo del doble discurso de Puigdemont es lo acaecido con el llamado “Clan de Sant Cugat”. Sant Cugat, una ciudad del Vallès Occidental de casi 100.000 habitantes, ha estado gobernada por Convergencia desde 1987 hasta 2019, un total de 32 años. Una muestra de la proyección de Sant Cugat en el espacio posconvergente es que la mitad de los consellers de Junts en el Govern actual han sido concejales de esta ciudad. En las pasadas elecciones municipales de 2019, Junts, que había gobernado en coalición con el PSC hasta 2017 recibió el apoyo de todos los exalcaldes de CiU (incluyendo Mercè Conesa, que ha optado por permanecer en el PDECat y Lluís Recoder, hoy militante del PNC). Un pacto entre ERC, PSC y CUP, evitó que la candidata a la reelección Carmela Fortuny (hoy vicepresidente da la Diputación de Barcelona en coalición con el PSC) revalidara su mandato. Las tres formaciones de izquierdas superaron sus vetos cruzados para construir un “gobierno del cambio”, y la Alcaldesa Mireia Ingla apostó por superar una etapa de gobiernos a los que atribuyó una gestión dudosa y la connivencia con la  presunta corrupción que se considera probada en la sentencia del llamado “Caso Palau”. Así pues, si las razones de Puigdemont para romper con el PDECat fueran las de construir un partido nuevo, sin mochilas del pasado ni vinculación alguna con la corrupción atribuida a la antigua Convergencia, así como un alejamiento total al PSOE (partido que gobierna el estado que Puigdemont cataloga como “autoritario” y “represor”) ¿por qué todo el equipo de Junts en Sant Cugat, que sigue negándose a ofrecer disculpa alguna a la ciudadanía por los hechos que se les atribuye en sentencia firme, se han integrado en Junts sin que ello haya generado polémica alguna en las filas de la formación de Puigdemont? ¿Por qué el President Puigdemont acoge con los brazos abiertos a dos vicepresidentes del equipo de gobierno de la Diputación de Barcelona presidido por la socialista Marín?

Este breve ejemplo permite destacar lo que es obvio desde el primer día. Las tensiones entre Junts y el Partido Demócrata no se deben ni a la corrupción (Laura Borràs suena como presidenciable del partido de Puigdemont), ni a las relaciones con el PSOE (dos vicepresidentes de la DIBA han sido acogidos en Junts), ni a la voluntad de proceder por una vía unilateral que el Govern de Torra ha evitado transitar más allá del simbolismo electoralista. Hemos asistido, simple y llanamente a una lucha visceral entre las distintas familias que aceptaron integrarse al Partido Demócrata tras la refundación de CDC por el control de un aparato político en aras de lograr un resultado electoral que permita a Puigdemont alcanzar lo que es su objetivo último a corto plazo: 

¿Acercar Catalunya a la Independencia? No. Evitar que ERC logre hacerse con la presidencia de la Generalitat.

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