Carmen Castellote nació en Bilbao en 1932. En plena Guerra Civil Española, en 1937, tras el bombardeo de Guernica y a la espera del asalto final por parte de las tropas franquistas a la ciudad de Bilbao, sus padres para protegerla la embarcaron en una de las campañas de evacuación de niños organizada por la Segunda República Española que los destinaba a Francia, Bélgica y la Unión Soviética.

En su caso y en el de otros más de 1.500 niños vascos, el destino fue Leningrado, en la Unión Soviética, donde fueron alojados en lo que se denominó “Casas de los niños”. Con el estallido de la Segunda Guerra Mundial en 1941, Castellote fue evacuada de nuevo a Siberia, a un pueblo llamado Tundrija.

Estudió Historia en Moscú, donde ganó la medalla Pushkin gracias a un ensayo sobre literatura rusa y allí también contrajo matrimonio con un socialista polaco en 1956 y trasladó su residencia a Polonia ese mismo año. Solo dos años después un nuevo viaje cambiaría su vida. En 1958 viajó a México para reencontrarse con su padre, que se había exiliado allí una vez terminada la Guerra civil, estableciendo allí su residencia definitiva y  en donde ha trabajado durante más de veinte años dirigiendo el departamento de geografía e historia de la editorial UTEHA.

Fue allí donde empezó a escribir poesía. Castellote confesó que escribía para enhebrar las cosas que vivió y hacer con ellas memoria”. Publicó su primer libro de poesía a los cuarenta años. Su obra trata de la infancia, la guerra, los trenes, el amor, de sus propias experiencias vitales y también el exilio, asumido como condición de vida.

Ella se define a sí misma como “francotiradora, alejada de los medios literarios”. Esta circunstancia, unida al exilio, ha contribuido al olvido al que se la ha condenado en España. De su amplia obra, editada en México, apenas existe alguna pequeña muestra en la Biblioteca Nacional Española. Y es que, como ella misma reconoció en una tribuna publicada en 1991 en el diario El País, “el español es fácil para el olvido”.

Pocos versos como los de ella expresan el sentir del exilio republicano español:

“LA GUERRA Y YO”

“Caminos, kilómetros de tiempo,
nada puede apartarme de la guerra,
de sus muertos escondidos en mi infancia.

Y la vida nada sabe de este hoyo,
abierto aquí, en mi corazón.
Beben tierra los ríos como antes,
las estrellas se persiguen en el mar,
el monte se hace altar para la nieve
y el sol deja que la sombra juegue contra el árbol.

Todavía los niños juegan a la guerra
y la flor es asombro y soledad.

Es tarde y quiero dormir,
pero la noche está llena de muertos.

Iza el miedo sus alas nocturnas.

¿Acaso es la guerra?
Quiero ser manos, muchas manos,
para matar la obscuridad.

Un rocío de luz entra en mi mañana.

Los árboles se embriagan de aurora,
los hombres cruzan el pasto húmedo de la noche,
madrugan los caminos, bosteza la calle.

Una mujer quiere barrer el nuevo día
con su vieja escoba,
y en la orilla de un colegio dos niños luchan
mientras los otros ríen.

Ya nadie habla de la guerra.

¿Qué hago con los muertos?”

ESCUELA DE TUNDRIJA

¿Habrá sol en algún sitio de la tierra?
Nosotros somos el frío de una escuela de Siberia,
que detiene la calle con su alfabeto mudo.

¿Cómo cabemos en tal cerrado frío?

Sin colchones, huérfanos cuerpo y cuerpo,
buscamos la última gota de calor,
que se duerme en la sombra vecina.

El miedo zarandea la puerta y las ventanas,
los ojos se suicidan en la noche.

Quizá en alguna parte el hombre duerma,
nosotros somos esta terca medida del frío.

Lloran aquí y allá, y no sé cuál es mi llanto.
Crece el invierno sobre la escuela nimia,
y cómo detener sus troikas
con manos que no nacen todavía.

Seremos fuertes con el habla, porque hablando
la noche es limpia fuga.

Pero tenemos el duro asalto del silencio.
Un viento nos rescata del olvido,
desde el tiempo llega el anatema
y una nieve callada es raíz en los cuerpos,
que obedecen y siguen a la noche.

El alba, en los cristales, persiste y hiere más.
Hay que empezar de nuevo la jornada
con los ojos desvelados en el frío.

El recuerdo nos lleva a la estufa,
fuera ya del triunfo del calor.
La calle está ahí, pero no es nuestra,
así, desarropados.

No hay comida; hay agua, manjar largo,
cuando los frutos duermen bajo la guerra.

Es nuestro plato, al que no llega el pan,
porque el invierno mata los caminos.

La novedad en la aldea es incendio.
Hablan de los niños que vinieron de lejos
y que duermen en el suelo de su escuela.

Por un instante, la nieve evade las ventanas.

Son los chicos de Tundrija atados al cristal.

Algunos nos asaltan con sus ojos mayores,
rompen el hielo que se asombra en los vasos,

nos ofrecen pepitas de girasol,
y nos preguntan si hay pan en nuestro idioma.

Las clases regresan a la escuela,
las viejas aulas despiertan su alfabeto,
junto a las camas que llegan, crecen los pupitres,
se despiertan los gritos de los pasillos.

¿Se ha escapado la nieve?

¿Qué ha sido de la escuela,
de los niños ausentes, que enredaron mi nombre?

¿Y del pequeño, que el primer día de clases
dijo, al aún secuestrado en el asombro,
qué miras, es que nunca has visto a la gente?

Desde las mesas tropiezan nuestros ojos.

No hay extraños.

El frío esconde por un tiempo su derrota.

A sus 89 años, se ha convertido en la última poeta viva del exilio republicano. Reside en México, el país que la acogió desde 1958. El viernes 23 de abril de 2021, coincidiendo con el Día del Libro, se organizó en Madrid una actividad conmemorativa de su obra,​ promovido por el actor español Carlos Olalla. En él participaron también la actriz Alejandra Morente y el bandoneonista David Sanz.

Carlos Olalla halló su rastro de forma casual, cuando preparaba un monólogo sobre las mujeres del exilio republicano. Fascinado por los pocos poemas que pudo leer, reunió la escasa información que obtuvo sobre ella para publicar una entrada en su blog en 2018. La sorpresa se produjo cuando, tiempo después, la propia Carmen contactó con él desde México a través de su nieto: una historia de la que surgió una amistad entre la escritora y el actor.

Ahora, Carlos está empeñado en editar su obra completa en España, en reivindicar justamente la memoria de la última poeta de nuestro exilio; no solo por las implicaciones históricas, sino porque se trata de una obra de calidad excepcional que todos los amantes de la poesía tienen derecho a conocer. Homenajes como Kilómetros de tiempo, celebrado en pleno Día del Libro, se vuelven muy necesarios en esta lucha titánica contra el olvido. “No logrará el sol con su ronda de diestros girasoles, ni el mar con su manía de ahogarlo todo, dormir lo que despierto está en el corazón. Que no se puede matar el tiempo ni la vida sepultando todos los relojes”, leemos en las memorias de Carmen.

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