Mariana Robichaud Castillo
Militante de Izquierda Unida y del PCE


Es preocupante que nos veamos en la obligación de tener que volver a hacerlo, pero seguiremos explicándolo tantas veces como sea necesario: los adultos no pueden acostarse con niñas.

El reciente caso de los tres exjugadores de la Arandina ha reavivado este debate que ya debería estar cerrado, porque no cabe justificación alguna para lo que hicieron, para defender a quienes han cometido semejante delito. Es intolerable posicionarse a favor de quienes ni se plantean la inmoralidad de sus acciones, más allá de la ilegalidad de estas. Es atónito que estemos presenciando cómo, a día de hoy, se quita hierro a la pedofilia.

En este caso en concreto no solo estamos ante el retorno del eterno debate que se centra en lo misógino que es dudar siempre de las víctimas, sino que va más allá: se trata de que la denunciante en cuestión tenía 15 años cuando ocurrieron los acontecimientos. ¿Qué quiere decir esto? Que tanto si ella deseaba como si no, lo ocurrido es responsabilidad de los adultos, y no de una niña. No se puede culpar a una niña de querer o no querer hacer algo. Incluso si ella hubiera querido lo ocurrido, la ley la rompieron hombres ya adultos. Pero la ley es lo de menos. Lo más deleznable, lo realmente deplorable, es que haya adultos que no vean un solo ápice de problema a nivel moral en acostarse con menores de edad. Por desgracia, esto tiene una explicación muy lógica. Basta con echar un ojo a cualquier página de contenido pornográfico: categorías de “teens” (adolescentes); abundancia de vídeos con varios hombres entrados en edad acostándose con chicas jovencísimas; mujeres infantilizadas mediante su aspecto general (disfraces de estudiantes, etc.), su comportamiento y las dinámicas (dominación y sumisión, etc.) con la otra persona (casi siempre, hombres); cuerpos femeninos completamente depilados y sin estrías o cualquier otro signo de haber pasado la pubertad… Pero no solo es el porno. Es la publicidad, es la televisión, es el cine, son las modelos, son las cantantes. Cuando esto se convierte en el estándar, cuando está perfectamente normalizado, ¿qué reparo va a tener un hombre que lleva toda su vida aprendiendo que su placer sexual es legítimo sean cuales sean las circunstancias? Si hay hombres que a diario se masturban contemplando a muchachas con aspecto de quinceañeras siendo sometidas, no sorprende tanto que les pueda excitar una niña de quince años en la vida real. Al fin y al cabo, el sexo y la atracción también son algo cultural, y las fantasías que tanto se quieren llevar a cabo también se construyen en base a esta, son aprendidas.

A todo esto se une, claro está, el hecho de que los hombres observan y escuchan durante toda su vida que lo que importa es su disfrute, pero nunca el ajeno. Si combinamos el hecho de que a las mujeres se nos presenta como objetos y que se valida el sentir atracción por chicas cada vez más jóvenes, el resultado es el que nos encontramos: violaciones a menores.

Tampoco podemos obviar lo evidente: si, por lo general, incluso entre hombres y mujeres de edades más cercanas, ya adultas, las relaciones siguen careciendo de horizontalidad, cuando se trata de hombres adultos y chicas menores de edad esta dinámica empeora. No se puede negar que existe una jerarquía y que, por si no fuera suficiente, esta jerarquía es objeto de numerosas fantasías, algo que legitima el porno, como se explicaba anteriormente. Y es por esto, en gran parte, por lo que cualquier interacción de naturaleza sexual entre mayores y menores de edad ha de ser repudiada. La asimetría de poder existente da lugar a que hombres ya adultos puedan aprovecharse tanto como quieran de su poder, de su posición, de su fuerza (física y simbólica), de su autoridad.

Si no nos posicionamos claramente en contra de estas conductas, seremos cómplices y estaremos contribuyendo a normalizar que los hombres se aprovechen de chicas cada vez más jóvenes, porque eso también suscita la pregunta de dónde poner el límite. De hecho, tan solo basta con echar un ojo a las redes sociales para ver a hombres hablando de que cada vez hay más niñas, incluso por debajo de los quince años, que “aparentan más edad”, como si esto lo justificara, en lugar de tratarse de otra razón de peso para defender que se trata de una dinámica intolerable. Es preocupante también ver cómo los hay que culpan a una cría de estar donde estaba, en lugar de preguntarse qué hacían y qué pensaban esos tres hombres que tenían a una niña en su habitación. No es a una menor de edad a quien hay que analizar aquí, sino a unos hombres ya mayorcitos como para responsabilizarse de qué hacen, de sus decisiones y de la moralidad de sus actos (además de la legalidad). Es a ellos quienes hay que señalar, quienes tienen edad para responder de sus acciones. Cualquier debate sobre deseo, sobre consentimiento, sobre a quién creer o sobre cualquier otro tema de los que resurgen cada vez que hablamos de un nuevo caso de violación carece de sentido en esta ocasión concreta, y es que, cuando se trata de una niña, no existe el consentimiento. Sin más. No hay nada que cuestionar.

Parece mentira que toque repetirlo, pero aquí estamos de nuevo, obligadas a hacerlo: adultos del mundo, no podéis mantener relaciones sexuales con crías. Sin peros.