La primera vez que, en Barcelona, Gally decidió tomar shabú fue porque se lo ofreció su compañero de trabajo, en la cocina de un restaurante céntrico. Él lo había consumido a menudo en su país natal, Filipinas, pero cuando emigró a España, a principios de siglo, quiso dejarlo. Sin embargo, la jornada laboral de 12 horas a la que estaba sometido diariamente le puso de nuevo en manos de esta droga. «Es que te da mucha fuerza para aguantar, puedes estar días activo, sin dormir», explica este hombre de 47 años, al finalizar el culto en la Iglesia Jesús Reino Ministerio, que ocupa unos bajos en la calle Carretes del Raval.

El shabú, que no es más que el nombre con el que los filipinos se refieren a la metanfetamina –también llamada cristal o ice– está causando estragos en esta comunidad, sobre todo entre varones de mediana edad que trabajan en la hostelería. La alerta la dieron hace un tiempo las entidades filipinas del Raval y lo corroboran médicos, psiquiatras, autoridades y entidades de atención a drogodependientes. Lo que les preocupa no es tanto el nivel de consumo como sus hábitos: vinculados a la explotación laboral y con el añadido de que muchos adictos recurren solo al sistema sanitario a través de Urgencias, cuando padecen ya episodios cardiovasculares o psiquiátricos graves.

«Esto se debe a que es un tabú para las familias y para los consumidores, que lo llevan con mucha vergüenza y por eso a veces acaban en la calle y sin trabajo antes de reconocerlo», sostiene Marivic Pitogo, la pastora de la Iglesia Jesús Reino Ministerio y fundadora de la entidad Ágape, con la que ofrece acompañamiento a los que sufren problemas de adicción al shabú y los deriva a centros sanitarios. Esta mujer explica que hace más de una década que se empezó a detectar el consumo de esta droga en el Raval, donde viven 4.000 de los 9.000 filipinos que hay en la ciudad, pero que en los últimos años se ha agravado. 

En el CAP Raval Nord, la médica Sandra Santuré ha recibido una quincena de personas en 2018 que venían con problemas derivados del consumo de shabú. Antes había oído hablar poco de ello. Acuden al ambulatorio, resume, con «problemas de ahogos» que esconden afecciones cardiovasculares y a menudo episodios psicóticos. Y es que la metanfetamina es un psicoestimulante muy potente, mucho más que la cocaína, que más allá de los efectos inmediatos –euforia, hiperactividad, falta de apetito o sueño– puede provocar a la larga problemas de corazón y cuadros de ansiedad, depresión o psicosis.

El factor laboral, clave

Cuando llegó a España, hace 14 años, a Gally le hacían trabajar 12 horas seguidas. Empezaba a las 16 h., en la cocina de un restaurante, y terminaba a las 4 horas, sirviendo copas en ese mismo local. Era un ritmo frenético, explica, sin descansos, lo que le llevó a aceptar el shabú que otros compañeros suyos ya consumían en el mismo establecimiento para aguantar. «Aunque no fue slo eso, también se le sumaron problemas familiares», reconoce este hombre, que asegura que fue gracias a la ayuda de Pitogo que consiguió salir de la adicción. 

«Muchos de los que hemos tenido hacían jornadas de 14 o 16 horas de trabajo, y no solo hay filipinos, también otros migrantes, también relacionados con la precariedad laboral», explica Ferran Soler, coordinador técnico de la Fundació CECAS, dedicada a la atención de personas drogodependientes en el Raval, en la que estuvo interno Gally durante unos meses.

Con todo, Soler quiere remarcar que el consumo de shabú entre los filipinos no es superior al que puede haber con la cocaína o el cannabis entre la población española. Pero a diferencia de los consumos relacionados con el ocio, en estos casos el proceso de reinserción, explica, es mucho más complicado, puesto que pasa porque el usuario abandone el ámbito laboral en el que mejor se desempeña.

«Si necesitas dinero para ganarte la vida y solo sabes dedicarte a la restauración, la tentación es mucho mayor», lamenta Soler. Además, muchos de ellos no tienen papeles para acceder a un empleo regularizado. Por eso, el programa de CECAS ayuda a drogodependientes incluye la formación para acceder a otros horizontes laborales.

En esta línea, el Ayuntamiento de Barcelona ha puesto en marcha iniciativas no sólo de carácter sociosanitario, como la formación intercultural de los profesionales del barrio y la incorporación de técnicos de salud comunitaria, sino también de asesoramiento laboral. Gala Pin, concejal del distrito de Ciutat Vella, asegura que este es uno de los objetivos detrás de la creación del Punto de Defensa de los Derechos Laborales en su distrito. El shabú afecta sobre todo entre una población que, por la falta de papeles, se ve obligada a trabajar «jornadas maratonianas» y en condiciones de precariedad en hostelería. Un perfil en el que encajan muchos miembros de la comunidad filipina en Barcelona.

El consumo de metanfetamina

La metanfetamina es una droga que toman miles de personas en todo el mundo. Las áreas en las que tiene mayor implantación son los Estados Unidos y el sureste asiático, según datos de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito recabados a partir de las incautaciones. En Filipinas, el 77% de los que están en tratamiento por drogas es por esta sustancia, según la misma organización. De hecho, el shabú está en el tuétano de la dura y cuestionada campaña antidrogas de su presidente Rodrigo Duterte, que ha acabado con la vida de más de 4.000 supuestos consumidores.

En Barcelona, las principales redes de compra-venta se concentran en el Raval, según cuentan a eldiario.es varios exconsumidores y según detectaron los propios Mossos d’Esquadra en una de sus mayores operaciones, en 2016, cuando detuvieron a 28 personas implicadas en el tráfico de esta sustancia. La policía, tras una larga investigación, detectó incluso que entre los compradores había tripulantes de buques y cruceros que hacían parada en la ciudad.

«El shabú se compra en la calle, en pisos o lo pillan en los restaurantes», explica Petra, una mujer checoslovaca que también cayó en la adicción de esta droga. Se consume fumando el cristal sobre papel de plata y cuesta unos 50 euros el gramo, aunque hay quienes lo compran en dosis de 0,2 o 0,3. «Ahora es más barato que antes», explica Gally. Él lo dejó hace dos años. Su hipótesis es que la metanfetamina que se vende en el Raval es cada vez de peor calidad.

En otros ambientes, según la entidad Energy Control, el precio puede superar los 80 o 90 euros el gramo. Núria Calzada, coordinadora de esta entidad de reducción de riesgos, explica que esto es lo que cuesta la metanfetamina cuando se toma en entornos de ocio, que son sobre todo entre gente muy habituada a consumir drogas o en prácticas como el chemsex (la práctica sexual que se alarga durante días e incluye el consumo).

Las mujeres y el shabú

Aunque los profesionales coinciden al afirmar que el consumo de metanfetamina entre las mujeres es muy inferior al de los hombres, hubo un dato en 2016 que hizo saltar las alarmas en el Servicio de Pediatría del Hospital del Mar. Tres años antes, al detectar por primera vez a una mujer embarazada, de origen filipino, que había consumido shabú durante la gestación, decidieron iniciar una investigación. María Ángeles López-Vílchez, jefa de Pediatría, se sorprendió al ver que nueve de las 131 mujeres de esa nacionalidad que habían ido a dar a luz a su hospital daban positivo en metanfetamina en los tests toxicológicos. Una prevalencia del 6,8%, muy superior a la de la población general, que es inferior al 1%.

En su investigación de los casos, detectaron en un bebé una grave malformación cerebral. En el resto de análisis coincidieron sobre todo bajo peso y prematuridad, pero no secuelas conductuales a largo plazo. Además, López-Vílchez puntualiza que nada de esto se puede atribuir directamente al consumo de shabú, puesto que todas esas mujeres tenían una problemática social grave y consumos asociados como alcohol o tabaco. Desde que cerró la investigación, en 2016, esta doctora celebra que han recibido a menos gestantes consumidoras, un total de tres. 

El consumo entre las mujeres es más complicado de detectar, explica Pitogo, y, a diferencia de los hombres, no siempre está asociado al trabajo. «Hay mujeres que toman shabú porque su pareja lo hace, porque tienen problemas familiares y no pueden más», detalla esta pastora y activista. Aun así, alerta que de entre las que han acudido a su parroquia en busca de ayuda sí que las hay que han empezado a consumir en el entorno laboral, que en su caso es principalmente el sector doméstico. 

«Aquí atendemos a todos»

La iglesia que dirige Marivic Pitogo abre los martes y los domingos. Además de las celebraciones religiosas, entre semana se dedica a atender a las personas drogodependientes. La mayoría son de origen filipino, pero no sólo. «Aquí atendemos a todos, y cada vez hay más gente del barrio de otros nacionalidades», asegura.

Una de ellas es Petra, también vecina del Raval, que explica que cayó en el consumo de metanfetamina después de que la Generalitat le retirara la tutela de sus tres hijos, según detalla, por motivos relacionados con la violencia machista que sufría por su pareja entonces. Ella había probado esta sustancia en su país, de joven, pero nunca en España, hasta que, al perder la tutela de sus hijos, se emparejó con una persona que consumía shabú y acabó tomándolo ella también.

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