El pueblo chileno acaba de votar mayoritariamente a favor de tirar al basurero de la historia la Constitución Política de la República de Chile, redactada en tiempos del dictador Augusto Pinochet. Ahora afrontará ilusionado la redacción de una nueva Carta Magna por medio de una convención constituyente paritaria, que será elegida por voto popular, al margen de los partidos políticos y con una representación blindada específicamente para los pueblos originarios.

Un resultado tan abrumador ha supuesto un enorme varapalo para el presidente Sebastián Piñera y para las fuerzas políticas mayoritarias, profundamente desprestigiadas por mantener un estatus quo que ha empobrecido enormemente a la población y la ha endeudado a futuro para muchos años. Por eso resulta curioso que ahora pretenda apuntarse una victoria producida contra su propia voluntad y particularmente contra su persona. Una victoria que ha costado la vida de 30 manifestantes desde el inicio de las protestas en octubre de 2019 y miles de denuncias por violaciones de los derechos humanos por parte de las fuerzas represoras del gobierno conservador, que pudimos ver en directo en muchos medios de comunicación.

Conviene recordar ahora las palabras de la esposa de Piñera, Ceciia Morel, esa misma que decía que los manifestantes le recordaban a una invasión alienígena —la clase obrera debería ser tan lejana para ella y los suyos que ya ni la consideran de este mundo— cuando le grabaron ese audio tan viral que decía que “vamos a tener que disminuir nuestros privilegios y compartir con los demás”. Aludía a ese juego de suma cero que muchos no quieren ver aunque lo tengan delante de sus narices: la riqueza de unos pocos depende de la pobreza de muchos. ¿Hay forma más clara y simple de explicitarlo?

Piñera y los suyos han sido los claros perdedores de lo que él mismo califico de «guerra», tal es la miopía de un dirigente de derechas que desprecia a su pueblo y a sus legítimas reivindicaciones. Él y los suyos, los que llegaron al poder tras el golpe de estado contra el presidente Allende  —concebido en las cloacas de la Casa Blanca—, gobiernan para mantener los privilegios de su clase y lo tienen clarísimo, ya lo hemos oído. El recurso al pueblo es una molestia necesaria para perpetuarse o para dotar de legitimidad al saqueo de un país. Chile, antaño vendido como el ejemplo de éxito económico de América Latina, es un país destrozado, descuartizado y vendido a trozos al mejor postor. Los gobiernos —socialdemócratas y conservadores— que siguieron la estela de Pinochet privatizaron el agua, los mares, la salud, la educación, hasta calles y avenidas. Vendieron islas, playas, puertos… Estudiar un año en la universidad, contando solo el valor de la matrícula (7.650 dólares en la pública), cuesta más que el salario anual medio de un obrero, 550$ que es lo que cobra la mitad de los trabajadores del país; los pensionistas tienen que trabajar en lo que puedan, porque con menos de 300 dólares al mes de pensión no pueden subsistir dignamente, ese es el milagro chileno. Ese es el gran ejemplo que se contraponía a los gobiernos soberanistas, populares, socialistas o revolucionarios de América Latina.

Pero Pinochet lo dejó todo atado y bien atado al gusto de Estados Unidos, justo lo que Franco le prometió a Nixon en su día. El dictador chileno lo hizo con una constitución liberal que redactó a mediados de su mandato y que aún sigue vigente porque en sí misma era prácticamente irreformable. El fascista español sentó las bases de la transición a través de la última de sus Leyes Fundamentales, la Ley —póstuma— para la Reforma Política, aprobada por las cortes franquistas con el apoyo de 435 de los 531 procuradores en noviembre de 1976. La Carta Magna que derivó de ella también es prácticamente irreformable, porque necesita en la práctica el consenso de los partidos mayoritarios del régimen del 78 y al menos uno de ellos, el Partido Popular, se considera heredero ideológico y biológico de la dictadura, hasta el punto que jamás va a traicionar el legado de su mentor.

Pero el pueblo chileno ha conseguido doblegar en la calle al pinochetismo instalado en el poder desde el golpe militar. Ni los cantos de sirena, ni las promesas del poder ni la pandemia, les hicieron renunciar a su objetivo fundamental, acabar con el régimen del 73. Desgraciadamente, el esperanzador movimiento español del 15M, se acabó diluyendo en un proceso de institucionalización que los ha llevado a asumir las bases del régimen del 78 y a renunciar a encabezar la tan anhelada y necesaria segunda transición.

Es tiempo de celebrar el histórico triunfo de la democracia en Chile. Siempre se sintió la lucha del pueblo de Chile como parte de nuestra lucha, sus cánticos fueron nuestros cánticos. Lloramos la muerte de Allende o la de Víctor Jara como la de compañeros cercanos. Sus canciones, junto a las de Quilapayún, jamás faltaban en cualquier reunión en la que hubiese una guitarra y unas cervezas. Por eso, volver a oírlas años después coreadas en la Plaza de la Dignidad de Santiago y en tantas otras plazas y avenidas del país, no puede sino provocarnos enormes sentimientos de empatía, hermandad, cariño y solidaridad.

Sabemos que es sólo el principio, que queda mucho para que una verdadera constitución útil al pueblo sea una realidad, pero el pueblo chileno despertó y no se va a dormir ahora que lo tiene todo al alcance de la mano. La política del régimen se ha tenido que subir a lomos de la ola transformadora para no ser arrollados por ella, pero la redacción de una nueva Carta Magna es demasiado importante como para dejarla en manos de políticos apoltronados que van a tratar de secuestrar el proceso constituyente para que no llegue a ningún sitio. Ese probablemente sea el encargo que tengan de sus patronos del norte. Pero ya no son aquellos matones todopoderosos de los años 70 y 80, no les va a ser fácil doblegar a un pueblo alzado y empoderado.

Es aquí donde debemos aprender de las lecciones que nos ha brindado el pueblo chileno. A ver si nos enteramos de una vez que las constituciones democráticas no las redactan personas afines a las dictaduras sino el propio pueblo; que la sangre azul no la tienen ni los pitufos; que las dinastías de reyes sólo sirven para robar y perpetuarse; que una carta magna que se dice democrática no puede poner a un ejército por encima de la voluntad popular, ni permitir la apología del fascismo; que los crímenes de lesa humanidad jamás prescriben y que las leyes de punto final son ilegales y, sobre todo, que mientras haya un solo luchador por la libertad tirado en una cuneta, no habrá democracia en nuestro país.