El chófer del extesorero del PP Luis Bárcenas, Sergio Ríos, imputado en la operación ‘Kitchen’, aseguró durante su declaración judicial ante el juez Manuel García Castellón que el excomisario jubilado en prisión José Manuel Villarejo le contactó en 2013 para que colaborara en una investigación de la policía judicial que tenía como objetivo encontrar los millones que el exsenador popular admitió ante la propia Audiencia Nacional tener en Suiza.

Ríos, quien en todo momento se escudó en la «obligación» que tenía de colaborar con la Policía y negó haber recibido encargos que pudieran ser ilegales, describe a Villarejo como «peculiar y campechano» y añade que «no hablaba como un comisario» durante la primera reunión que mantuvieron, celebrada en un McDonald’s.

El exchófer admite que en este asunto Villarejo le dijo que tenía que usar con él el apodo ‘Tomy’, mientras que por su parte sería llamado ‘Chef’ (por ser tocayo del cocinero Sergi Arola). Ante el juez Ríos habla por error de 84 millones de Bárcenas, cuando en realidad son 48 los que éste admitió por entonces tener fuera de España.

Según los audios de la declaración, a los que ha tenido acceso Europa Press, Ríos también rechaza que aceptara colaborar con Villarejo para entrar en la Policía, pese a admitir que entones llevaba opositando cinco años a diferentes cuerpos y no poder justificar que documentación sobre las tasas para una academia se encontraran entre la documentación aprehendida al comisario.

Según la investigación judicial, además de entrar en el Cuerpo el exchófer obtuvo por su colaboración 2.000 euros mensuales más gastos y le compraron una pistola, si bien el imputado incardina estos pagos en una compensación por lo que dejó de cobrar haciendo otros servicios, como guardias en embajadas.

A lo largo de la comparecencia, el fiscal anticorrupción Ignacio Stampa puso en serios apuros al imputado, al mostrarle recibos del pago mensual de estos 2.000 euros, que él dice no reconocer, así como audios en los que se habla de estos pagos. En uno de ellos se oye a Villarejo señalarle «pero no pongas 200, pon 2.000).

Sí admite que el que fuera comisario general Enrique García Castaño le regaló la pistola Glock, cree recordar que por su cumpleaños, así como otros presentes como una cámara fotográfica.

Igualmente, Ríos negó haber sustraído documento alguno al matrimonio, ya que todas las cajas con papeles que transportó para ellos iban siempre cerradas. La excepción fueron las que tuvo que recoger de la sede de Génova cuando Bárcenas salió del partido, ya que estaban abiertas y de esa circunstancia avisó puntualmente al «señor», además del hecho de que no se le facilitaran sus portátiles.

Tras una negativa inicial a declarar si no se garantizaba «que no hubiera filtraciones a la prensa», Ríos relató al titular del Juzgado Central de Instrucción número 6 cómo comenzó a trabajar con Luis Bárcenas y su esposa, Rosalía Iglesias, a quien se refiere en todo momento como «la señora».

«BÁRCENAS TEMÍA POR SU VIDA»

«Fue un día después de lo de la peineta», señala Ríos al juez, en alusión a la famosa fotografía realizada en febrero de 2013 en un aeropuerto en la que aparece Bárcenas haciendo el citado gesto. También tilda a Bárcenas de ‘clasista’, respecto a otras personalidades públicas para las que había trabajado, por lo que él siempre se mantenía en su lugar y el extesorero «en el suyo».

Sobre Bárcenas manifestó igualmente durante su declaración que este señor temía mucho por su vida o por su integridad, su miedo eran la discreción y se tomaban muchas medidas de seguridad, para que no le siguieran periodistas».

No obstante, en un momento determinado Ríos detectó «movimientos de determinadas personas que no son periodistas, como una moto siempre en una esquina o un coche con dos señores donde no se puede aparcar», cerca del domicilio del extesorero.

Todo ello ocurre, según relata al juez, cuando Bárcenas ya ha dejado de trabajar para el partido. En este momento, un día que llevó su coche al taller, paró junto a él un Citroën C4 «con cristales tintados y con inhibidores» del que bajó un señor que le enseñó una placa y se identificó como comisario.

«NO CORRAS, SOY DE LOS BUENOS»

«No corras, que soy de los buenos», le dijo. Se trataba del que fuera jefe de la Unidad Central de Apoyo Operativo (UCAO) de la Policía Nacional, Enrique García Castaño, también imputado en la causa. Admitió no haberlo visto más de cuatro veces durante toda su relación con este asunto.

Este comisario le habló a Ríos durante su primer encuentro de su pasado militar y de otros aspectos de su vida personal que le «violentaron», para añadir que tenían que tomarse un café por un asunto que le podría interesar. Tras consultar con varios miembros del Cuerpo amigos suyos, y que le confirmaron el alto cargo de la persona que le había abordado, el chófer concertó una cita en un McDonnald’s a la que no asistió García Castaño, sino Villarejo.

Según su relato, y además de pedirle colaboración, Villarejo le dijo a Ríos que su trabajo con los Bárcenas podría causarle problemas, ya que había una investigación abierta en torno al dinero en Suiza. «Me dijo, no te metas en líos de obstrucción a la Justicia, porque este señor a veces te hace pagar con billetes de 200 euros cuando echas gasolina, no te vayas a buscar un problema», añadió ante el juez.

En reuniones posteriores, una de ellas en la cafetería de El Corte Inglés de Goya, se fijaron los objetivos de su colaboración, que pasaban según Ríos por informar a dónde iba, a quien veía el extesorero y de si sus conversaciones en el coche podrían derivarse informaciones de interés.

Ríos comenzó a colaborar, si bien le sorprendió que Villarejo conociera datos a los que él no podía acceder pese a vivir tan cercano a la pareja, como el caso de una espera a las puertas de un restaurante donde según el excomisario en prisión el extesorero pago con un billete grande un «vino muy caro».

Tras el ingreso de Bárcenas en prisión, Ríos siguió trabajando con Rosalía e incluso auxilio a la familia en el incidente del falso cura que les secuestró en su vivienda, del que manifestó desconocer más detalles que lo que visto cuando sucedieron lo hechos.

La colaboración duró unos 18 meses, hasta que él dejó el trabajo por una labor en la embajada de Arabia Saudí que le interesaba más y por unas cuestiones que no le «gustaron» y que no quiso precisar de forma pormenorizada al juez, alegando no querer perjudicar a terceras personas, referidas a salidas nocturnas de sus empleadores sin nada que ver con la investigación de los hechos.

EUROPA PRESS