Si el joven español Javier Atienza no hubiera trabajado en Afganistán no sabría aplicar la «cirugía de guerra» que hoy necesitan los palestinos de las protestas de Gaza: complejas fracturas de bala que fragmentan el hueso.

«No hay demasiados que hagamos cirugía reconstructiva, no es normal hacer frente a este tipo de fracturas en Europa, un traumatólogo europeo o un cirujano plástico se echa las manos a la cabeza con este tipo de pacientes», valora en conversación con Efe este licenciado en la universidad de La Coruña, que hoy trabaja para Médicos Sin Fronteras (MSF).

La organización ha vaciado de pacientes el hospital del norte, Awda, donde Atienza está hoy en alerta para hacer frente a un posible aumento de heridos ante la manifestación masiva convocada junto a la frontera con Israel para conmemorar el primer aniversario de la Gran Marcha del Retorno, que pide el fin del bloqueo y la vuelta de los refugiados palestinos.

Según cifras de la oficina de asuntos humanitarios de la ONU (OCHA), 195 palestinos han muerto en las marchas, que también coincide con lo que los palestinos llaman Día de la Tierra, cuando seis civiles murieron en 1976 en una protesta por la confiscación por parte de Israel de tierras de propiedad palestina en Galilea.

Además, en este periodo han muerto otros 77 palestinos y dos israelíes en incidentes violentos y enfrentamientos.

Desde que comenzaran las movilizaciones el año pasado en Gaza, 6.500 manifestantes han recibido un disparo del Ejército de Israel, de los que 200 han pasado por las manos de Atienza, reclutado como parte del dispositivo activado por MSF para aliviar el alto coste médico, humano y económico que han supuesto.

«Si esto pasara en cualquier país occidental en el sistema público, con apoyo del privado, se derrumbaría. Son demasiados pacientes», valora.

Atienza llegó en agosto desde Yemen, donde trabajó en la frontera con Arabia Saudí, en una guerra abierta: «no es comparable» a lo que ocurre en Palestina, aunque en el caso de los heridos «todos los conflictos se parecen».

La mayor parte de las fracturas que trata son «conminutas», es decir, que el impacto de bala hace que el hueso se fracture en dos o más fragmentos y los heridos suelen llegar con estos y los tendones expuestos, que «en un alto número se infectan».

Ya en abril de 2018, MSF aseguró haber constatado «heridas de bala inusualmente graves y de consecuencias devastadoras».

A estos profesionales, derivan después de la estabilización de emergencia, los casos más complicados, por lo que los pacientes de Atienza, la mayoría entre 12 y 25 años, han necesitado una media de entre cuatro y cinco intervenciones, «y algunos hasta quince operaciones», en el seguimiento.

«A veces requieren clavos intramedulares, placas y tornillos, injerto óseo, transporte de hueso, y requiere de un quirófano mucho más avanzado y de materiales de los que de momento no disponemos», ilustra sobre las limitaciones del sistema sanitario de la Franja.

Pero este tipo de heridas tienen además un tiempo limitado de tratamiento, advierte, «porque no se puede dejar a un paciente toda la vida con un fijador», y «dependiendo del tipo de fractura, está abocado a la amputación», de la que se encarga el Ministerio de Sanidad palestino: 124 hasta ahora, 109 en sus piernas y 15 en brazos. 21 de los amputados eran menores.

«La situación en Gaza excede médica, financiera y humanamente a las posibilidades de las instituciones y organizaciones presentes en la Franja», alerta la organización, que apunta a las consecuencias de más de una década de bloqueo israelí y a las autoridades palestinas atrapadas en el estancamiento político.

El riesgo actual es que «miles de personas queden abandonadas a su suerte entre dolores terribles, riesgo de amputaciones y futuras discapacidades», avisa MSF sobre los que ya están heridos.

Lo que espera Atienza es que este sábado no sume muchos más y, aunque están preparados con un dispositivo especial, saben que un alto flujo puede desbordar la situación, ante la que «se reinventarán» y reaccionarán, porque «no les vas a mandar a casa».

Laura Fernández Palomo

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