Cynthia Duque Ordoñez

El 4 de agosto de 2020 explotaban según la versión oficial 2750 toneladas nitrato de amonio -conocida como el arma barata por el uso habitual que grupos terroristas como la antigua ETA hacen de esta sustancia química- en el puerto de Beirut (Líbano) causando daños en la mitad de la ciudad, dejando sin hogar a 300.000 personas, matando a un centenar de ellas y dejando 400 heridos. Los testigos afirman haber visto aeronaves militares por la zona ¿de quién? Es algo que no sabemos de momento. Israel con prontitud se desmarcó de lo ocurrido, mientras Irán se ofrecía para clamar la venganza sobre los causante. Por su parte el gobierno libanés ha decretado el arresto domiciliario de todos los trabajadores del puerto.

Hay quienes afirman que era tan sólo armamento almacenado, ¿fuera de un recinto militarizado? ¿Sin control? Hablamos del mayor ejército de Oriente Medio, capaz de vencer al Daesh y el mismo ejército que ha sido objeto de alabanzas por Rusia en su cruzada contra el salafismo yihadista.

Las imágenes de la deflagración son impactantes, un enorme champiñón de fuego, precedido de aros blancos, que nos recuerdan a una bomba nuclear, pero los daños humanos no son tan altos si tenemos en cuenta los daños materiales. ¿Quizás matar no era el objetivo principal, sino avisar de una capacidad de destrucción masiva en una hipotética guerra?

El Líbano por su situación geográfica en Oriente Medio es el baluarte principal que sostiene a los países árabes no alineados -controlados- por EE.UU por medio de Israel, pero si Líbano cae en manos insurgentes -como intentan desde hace décadas EEUU e Israel- no sólo afectaría a Siria, Palestina o Irak, también a Irán, su aliado, que enfrenta una dura guerra “fría” en terceros países contra Arabia Saudí y sanciones económicas de EE.UU. Incluso Egipto que se desprende del asfixiante abrazo de la pitón sionista a pasos cada vez mayores podría ser pasto de las luces de otoño.

El desastre azota el país en un momento crítico, ante la incapacidad de pagar la deuda contraída durante la ocupación franco-británica (1860-1946), empobrecimiento que como país invadido y expoliado sigue arrastrando, acuciado por el intento de invasión de Israel en 2006 y los conflictos étnicos generados durante la ocupación; escasez de liquidez tras 9 años de guerra contra el Daesh en Siria, Irak y sus propias fronteras, apoyo a grupos chiíes iraquíes en la guerra contra el terrorismo salafista -sostenido por el expolio y el petróleo saudí-; y una gran dependencia de trigo. Actualmente el 80% del trigo es importado. Curiosamente el incendio que originó la deflagración de esas en teoría 2750 toneladas de nitrato de amonio fue en el mayor silo de trigo del país destruyendo el incendio el 85% de lo almacenado y corrompiendo lo restante.

Empero, otros sucesos han tenido lugar estos días, que podían explicar que la explosión sea un señuelo o quizás una provocación al más puro estilo de las guerras de “independencia” en Cuba y Filipinas de la mano de EE.UU o el fraudulento anuncio de la existencia de armas de destrucción masiva en Irak. Quizás alguien busque una intervención en el Líbano como si fueran un pupilo impúber y rebelde, incapaz de administrar su patrimonio y persona. No sería la primera ni, por desgracia, la última vez que ocurriese.

La explosión ocurre en medio de un clima social de tensión. Un pueblo cansado de una Carta Magna colonialista, redactada para favorecer a las minorías religiosas que apoyaron la ocupación franco-británica con el objetivo de mantener al Líbano en la inestabilidad política, que deja fuera de la cúspide del poder político a la principal fuerza social del país, Hezbollah, (quienes controlan al ejército libanés), mientras denuncian la corrupción política, la carencia de petróleo y la falta de suministro eléctrico. Junto al eterno conflicto con Israel, quien habría desplegado fuerzas militares en la frontera del Líbano y Siria, sobrevolado y bombardeado Siria y Palestina a finales del mes de julio con la pretensión de anexionarse todos los territorios de Palestina y quien sabe si también de Siria como hicieron con el territorio sirio de los Altos del Golán. Por último, el inminente fallo de la ONU que conoceremos este viernes sobre el atentado mortal del ex primer ministro Rafik Hariri en el centro bancario de Beirut, en 2005.

Y la misma semana en la que EE.UU retira sus 6.000 soldados destinados en Alemania, acuerda reducir su tropa en Afganistán a 4.000 hombres y mujeres en medio de la pugna por la Casa Blanca y Alemania empuja a la UE para crear nuestros propios cazas, aviones de combate, fusiles de asalto y artillería.

Las casualidades no existen. Por suerte los secretos se acaban revelando, a pesar de que en un primer momento la información no esté a nuestro alcance.