Claves para la erradicación de las violencias hacia las mujeres

Sara Vicente Collado
Responsable programas prostitución de la Comisión para la investigación de malos tratos a mujeres


Desde que tengo uso de razón feminista, he comprendido que una de las claves esenciales para desactivar el machismo y para acabar con las distintas formas de violencia hacia las mujeres es poner en la agenda feminista la prostitución y la trata con fines de explotación sexual y hablar de ella como uno de los mecanismos que perpetúan las desigualdades sexuales entre hombres y mujeres.

Acabar con la normalización de la prostitución es una prioridad, no porque las feministas seamos unas inquisidoras, sino porque hasta que no seamos capaces de identificar las similitudes entre la normalización de la prostitución y los sistemas de opresión de las mujeres no podremos acabar con ellos.

Ilustración de Javier F. Ferrero

Estamos acostumbradas a hacer análisis de las agresiones a mujeres desde el punto de vista de las mujeres en estas situaciones, pero nos paramos poco a analizar el punto de vista de los hombres que cometen las agresiones. No hablo de perfiles, porque como bien sabemos no hay ni perfiles de mujeres destinatarias de las agresiones, ni perfiles de hombres agresores. La única característica común que los define es ser mujer a las primeras y hombres a los segundos.

La consideración de que eres una persona con derechos ilimitados, que no necesitas permiso alguno para ejercitarlos y que cuentas con el apoyo social necesario para cualquier acto de la vida en la que se educan los hombres, choca frontalmente con el cuestionamiento social y permanente de todos los derechos y actos de nuestra vida, en la que somos educadas las mujeres.

Este mismo esquema se reproduce en todos los ámbitos de nuestras vidas, en el ámbito privado y en espacio público, en el entorno familiar y en el entorno laboral, en las relaciones sexuales y en las relaciones políticas, públicas… en cualquier ámbito en que nos paremos a pensar vemos reproducido este mismo esquema.

Este es el esquema que alimenta las relaciones desiguales y de subordinación de las mujeres a los varones en todos los ámbitos y que permite la existencia de la violencia hacia las mujeres. Si no hubiera esta desigualdad social, no existiría violencia hacia las mujeres.

Analizando cada una de las formas de relaciones violentas que normalizamos en nuestras vidas, la violencia sexual consistente en tocamientos en la infancia y adolescencia (tocar el culo o las tetas), en que te acosen, te persigan, los exhibicionistas, los hombres de todas las edades que se propasan sin pedir permiso, vemos que vivimos en un continuo donde los hombres normalizan tener acceso al cuerpo de las mujeres cuando y como quieran y las mujeres estas disponibles para los hombres a pesar de no desearlo.

En este esquema se desarrolla la violencia sexual, donde los hombres tienen ilimitados derechos y deseos sexuales que han de ver satisfechos, y las mujeres están para satisfacer los mismos, porque les han negado el derecho a tener sus propios deseos.

Si a esto se une la obligatoriedad que tenemos las mujeres de satisfacer los deseos de los demás en todos los ámbitos de nuestras vidas, tenemos un cóctel perfecto para soportar por amor o por obligación suficientes dosis de violencia sexual a lo largo de nuestra vida. No creo que haya una mujer que no pueda contar un tocamiento en el metro, en el colegio, en una discoteca o por la calle.

Cuando nos acercamos a los escenarios de prostitución encontramos el mismo esquema de relaciones: los varones se acercan a satisfacer sus deseos sexuales ilimitados y a cualquier precio, mientras que las mujeres están en la prostitución a su servicio a cualquier hora del día o de la noche, de cualquier nacionalidad, color, raza y edad.

En los foros de puteros, los hombres describen lo que quieren de una mujer al igual que lo hacen los agresores sexuales (las manadas, los violadores múltiples, los agresores individuales…) no quieren libre elección, ni que las mujeres decidan lo que hacer, sino que buscan la imposición y la sumisión sexual de las mujeres mediante engaño, abusos de situaciones de extrema vulnerabilidad, la extorsión, la imposición o el pago de dinero.

No hay diferencia entre todos estos hombres que pertenecen ni más ni menos que a una sociedad con un esquema de relaciones anticuado y machista que atenta contra la mitad de la humanidad, las mujeres.

No acabaremos con el sistema que sustenta este tipo de relaciones de los hombres hacia las mujeres si seguimos permitiendo a los hombres el acceso ilimitado a las mujeres y el establecimiento de relaciones desiguales en el ámbito sexual con las mujeres.

Es interesante ver como se desarrolla la educación sexual de los jóvenes hoy en día en contacto directo con un mundo irreal como lo es el de la pornografía, que a pesar de ofrecer imágenes distorsionadas de lo que es la realidad sexual, se desarrolla por personas (actores y actrices) que tienen que vivir este mismo esquema desigual, interiorizarlo y llevarlo a la pantalla para normalizarlo en el imaginario colectivo de la población más joven.

Si analizamos la pornografía, vemos que nada tiene que ver con el erotismo. Mientras que en la pornografía no hay comunicación entre las personas y las mujeres aparecen como meros orificios para ser penetrados por una sexualidad basada en la predominancia del pene y de la penetración por parte de uno, dos o varios varones, en el erotismo, existen deseos que son comunicados por ambas personas, intercambiando conversaciones, sensaciones y experiencias sexuales que no están basadas en la utilización de la otra persona, sino en el intercambio entre ambas personas.

Mientras que en la pornografía nos educan para utilizar a las personas y para ser utilizadas, el erotismo nos educa para compartir experiencias y para tenernos en cuenta como personas reconociéndonos deseos mutuamente y cubriendo las necesidades de las personas que participen.

Para poder erradicar la violencia hacia las mujeres no podemos alimentar un esquema desigual que impone los pilares de la violencia sexual, mientras rechazamos la violencia más explícita, las agresiones a mujeres. Si normalizamos la desigualdad de derechos sexuales, estamos sustentando sin quererlo el esquema donde se producen las agresiones sexuales a mujeres.

De este mismo modo se desarrolla la violencia hacia las mujeres en las relaciones de pareja. Si normalizamos conductas de desigualdad en las relaciones donde las mujeres se ven privadas de derechos y relegadas a un segundo plano, donde las mujeres tienen la obligatoriedad de obedecer a su pareja y de cumplir con lo que los hombres desean, estamos construyendo sin darnos cuenta los pilares de las relaciones de dominación y de violencia hacia las mujeres disimulados en deseos y en el placer de servir a los otros.

Llamemos a las cosas por su nombre, la prostitución no es libertad sexual, es violencia sexual, dominación y sometimiento de las mujeres a los deseos sexuales de los varones. Normalizarla, contribuye a normalizar la violencia hacia las mujeres en todos los ámbitos. Por todas estas razones, lograr su erradicación es la única fórmula para acabar con la violencia hacia las mujeres que tanto nos urge resolver.

En la agenda feminista del 8 de marzo, es urgente incorporar la prostitución como una institución anticuada y machista que alimenta la idea de que las mujeres debemos estar disponibles a los varones. Es una forma de violencia machista más a erradicar como lo son todas las demás.


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