Odile Rodríguez de la Fuente
Bióloga. Directora de la fundación Félix Rodríguez de la Fuente


“No podemos resolver los problemas con el mismo nivel de pensamiento que usamos cuando se crearon”

Einstein


El cambio climático es consecuencia de una corriente de pensamiento que ahora no puede hacerse con las riendas del reto al que se enfrenta. Sólo si cambiamos nuestra forma de relacionarnos con la realidad como colectividad; nuestra forma de entender el mundo, podremos afrontar este desafío. Cuando lo hagamos nos daremos cuenta de que lo que ahora es una crisis de proporciones desconocidas para la humanidad, puede convertirse en una de las mayores oportunidades que hemos tenido para dejar que aflore todo nuestro potencial como naturaleza pensante.

A medida que pasan los años desde la COP21 de París -hito de esperanza tras años de cumbres frustradas-, se hace más quimérico que seamos capaces de no rebasar los acordados 1.5C e incluso de mantenernos por debajo del techo de 2C. En la última cumbre de Polonia, aun habiéndose consensuado un acuerdo sobre la aplicación concreta de los objetivos pactados en París, ha supuesto un aldabonazo más en la frustración reinante en los sectores más informados sobre la ciencia del cambio climático. La no incorporación en las conclusiones del último informe del IPCC sobre las consecuencias de una subida de 1.5C, aun cuando este organismo es conocido por su naturaleza conservadora, y la falta de consenso para asumir la urgencia y ambición necesarios para afrontar este difícil reto, pone de manifiesto la gravedad de la situación.

Y ¿qué significan los temidos dos grados que, según el consenso científico e internacional, no deberíamos rebasar? Sería extenso y difícil de explicar, más aún cuando desconocemos en gran medida las implicaciones, pero baste señalar que la diferencia de temperatura entre un periodo glacial y uno inter-glacial como el actual, es únicamente de entre tres y cinco grados. Y baste señalar que los periodos glaciales son mucho más propicios para la vida que los inter-glaciales, que ya comportan unos grados por encima de lo idóneo para el sistema vivo de la tierra. Imaginemos pues las implicaciones, no ya de una hipotética subida de dos grados, sino de desencadenar, como algunos científicos temen, los denominados mecanismos de realimentación positiva que implicarían saltos bruscos al alza en la subida de temperaturas, más allá de nuestro control.

No sabemos en qué punto se desencadenarán estos mecanismos –algunos ya han comenzado- como el derretimiento de los polos responsables del efecto albedo o el derretimiento del permafrost que liberará metano, un gas de efecto invernadero con repercusiones 100 veces superiores al del CO2 (aunque solo permanezca en la atmósfera unas décadas), pero cada centésima de grado que aumentemos, comporta aproximarnos más al umbral de lo desconocido. Tampoco sobra reseñar que la Tierra, como sistema vivo interconectado y auto-regulado, es resiliente por naturaleza. Es capaz de absorber cambios, como de hecho ha sido el caso de los océanos que, a costa de su acidificación, han absorbido cerca de la mitad del CO2 emitido a la atmósfera hasta la fecha. Pero como todo sistema, tiene umbrales, que una vez sobrepasados comprometen el funcionamiento y equilibrio de la totalidad. Y desde luego el aumento de la temperatura es lo de menos cuando hablamos de consecuencias que vaticinan la extinción masiva de miles de especies, el cambio de las corrientes oceánicas y atmosféricas, el aumento del nivel del mar, eventos meteorológicos extremos, expansión de enfermedades y especies invasoras y, en definitiva, comprometer seriamente el sistema vivo de la Tierra.

Dada la magnitud y trascendencia de la situación, parece mentira que no estemos sumidos de lleno en el asunto. Estamos hablando de que los próximos diez años serán determinantes ofreciéndonos una nueva oportunidad o sentenciando nuestro destino.

El pensamiento o mentalidad que nos atrapa y que ha dado lugar a que la tecnosfera y el actual modelo económico estén en guerra con la biosfera es, en parte, herencia de la revolución industrial y de la visión científica cartesiana. Nos han enseñado que la vida y la realidad son mecánicas, deterministas y lineales. Como una máquina. Esto nos ha permitido avanzar mucho pero ya hemos llegado a un punto, en que esta visión de la realidad se nos queda pequeña y, entre los mimbres que la sostienen, se nos escapan piezas vitales del puzle sin las que se torna quimérico solucionar problemas como el cáncer, el crecimiento económico o el cambio climático, entre otros.

La realidad y sobre todo la vida, son enormemente complejas y sistémicas en esencia. El cuerpo humano, el cerebro, un ecosistema o el clima son ejemplos de sistemas complejos en los que entender las partes que los componen y su funcionamiento, no implica entender cómo funcionan los sistemas en cuestión. Porque el quid de la complejidad es que el TODO es más que la suma de las partes. Los sistemas complejos implican propiedades emergentes que surgen a partir de la interacción de las partes pero que no se corresponden a ninguna en concreto. Y lo que es más extraordinario, parece existir una tendencia a la complejidad y la creatividad inherentes al impulso vital.

Dicho esto, la sociedad postindustrial se ha erigido sobre premisas lineales, reduccionistas  y extractivas en su relación con la naturaleza. Además nos hemos desnaturalizado y deshumanizado como fruto de una visión que ha desgajado el alma del cuerpo y al hombre de la naturaleza.  Somos una cultura que cree que el crecimiento ilimitado es posible y que el PIB es la mejor forma de medir el bienestar humano de una sociedad. Esto es aún más sangrante cuando la mayor parte de su crecimiento se asienta en la naturaleza y sus recursos a los que, paradójicamente, no se pone precio, adquiriendo una deuda inasumible con las futuras generaciones. Extraemos nuestra energía, materiales, alimentos, agua, medicamentos, etc.  para luego tirarlos o contaminarlos. Hemos creado un sistema  de usar y tirar cegado por la ignorancia, avaricia y el cortoplacismo. Exprimimos lo que podemos del Planeta, contaminamos, introducimos agentes sintéticos y no biodegradables, sin pensar primero en que esos recursos no son ilimitados y segundo, en las consecuencias de nuestros actos sobre el sistema vivo que nos sostiene.

Todo en la vida es cíclico y todo está conectado. La esencia de la vida es cíclica. Sobre esta base se crea más y más complejidad y más y más riqueza, pero respetando esa ley esencial. Nada en la naturaleza se desperdicia, todo entra a formar parte de un sistema que se retroalimenta y donde la complejidad se ha ido generando a lo largo de millones de años de evolución de todas las partes, en relación a todas las demás, en un entramado asombroso, capaz de preservar y auto-regular las condiciones necesarias para la vida. El cambio climático es sólo un síntoma de un sistema forzado fuera de su equilibrio, que busca compensar los desajustes.

La falta de perspectiva que nos ha traído hasta aquí impide, en primer lugar, que asumamos lo que está ocurriendo en su plena dimensión y que tomemos medidas antes de que sea demasiado tarde. Inmersos en la ilusión colectiva de que somos una especie ajena al sistema vivo que nos alberga, en una ilusión de dominancia y explotación.

El cambio necesario para afrontar el desafío no puede ser cosmético, lineal y sintomático. Esta vez no. Esta vez, las circunstancias nos obligan a replantearnos quiénes somos y hacia dónde vamos, de raíz. No podemos seguir viviendo de espaldas a la naturaleza; a nuestra verdadera identidad. Pero no lo hagamos por las razones erróneas. Cobremos perspectiva y actuemos con sabiduría. Este milagro azul, minúsculo en la infinitud del universo, capaz de verse a sí mismo a través de la conciencia humana, se recuperará de una extinción masiva más. Somos tan insignificantes, que pensarnos salvadores de la Tierra, comporta una miopía y falta de humildad extraordinarias. Hagámoslo nosotros; por la humanidad. Hagámoslo por este milagro único y descomunal que es la Vida hecha conciencia. Por las futuras generaciones. Por nuestros sueños, por todo lo que habría sido posible, por sabernos merecedores de mucho mas. Porque el cambio implica vivir a la altura de todo nuestro potencial y arrancar de raíz el sinsentido que nos atrapa y nos conduce, como a drogadictos, a una realidad vacía, contaminada, frívola, extenuada, injusta y cruel. Imaginemos un futuro hacia el que caminemos todos juntos.

Ciertamente el cambio no será fácil. Implica reorientar el sistema actual en multitud de dimensiones y coordinarnos a nivel planetario para vehicular las inversiones necesarias en la dirección adecuada. Implica trabajar desde el plano individual, al local, nacional e internacional y mudar nuestra escala de valores. Sin embargo hablamos de una transición hacia un sistema más eficiente, justo y  próspero. Un sistema más orgánico y biomimético que prime el bienestar humano y el del planeta que nos alberga. Somos una especie extraordinaria, capaz de reinventarse y hacer frente a los retos más complejos, pero debemos hacer un esfuerzo colectivo para permitir que aflore lo mejor de nuestra naturaleza cooperativa desde la unidad y la tolerancia, dejando atrás las diferencias, los radicalismos y las imposiciones. Algunos de los muchos recursos de que disponemos para emprender el camino hacia una nueva etapa,  y de los hitos a los que deberíamos aspirar, esenciales para enfrentar el cambio, son los siguientes:

  • Educación: empecemos por lo esencial. Atrevámonos a cambiar la educación para que fomente la libertad, el espíritu crítico, el verdadero potencial de los niños, el trabajo colaborativo, el pensamiento sistémico. Los valores, la sensibilidad, la creatividad y el vínculo con la naturaleza desde la experiencia. Una educación holística y humanista.
  • Crecimiento personal: seamos el cambio que queremos ver en el mundo. Que cada día sea una oportunidad para crecer, mejorar, conocernos, empatizar, disfrutar, aprender. Fomentemos el silencio interior, la reflexión, el respeto y el sentido del asombro. Cultivemos el vínculo con la naturaleza, el sentido de pertenencia al planeta y el respeto por todo lo vivo.
  • Información: aprovechemos el enorme potencial de la liberalización de la información que supone internet. Pongamos en red a la diversidad de mentes pensantes para trabajar globalmente al unísono con un mismo fin. Cultivemos los medios de comunicación como vehículos sistémicos de información valiosa y constructiva.
  • Economía: dirijámonos hacia una economía circular, del bien común, colaborativa, donde el dinero fluya y sea un medio para un fin que nos ayude individual y colectivamente a crecer, enriqueciendo nuestro entorno social y natural. Alejémonos del modelo industrial, de producción en serie, frio y despersonalizado donde lo que prima es el dinero. Invirtamos la balanza para que aquellos beneficios obtenidos a partir del expolio y contaminación de los recursos naturales, así como la explotación de los derechos humanos, sean gravados y retornados a la sociedad para financiar el cambio hacia una sociedad que viva en armonía con el Planeta.
  • Sociedad: fomentemos la diversidad de culturas, las sociedades rurales vivas y las ciudades resilientes, sostenibles y verdes. La cooperación, la innovación y la sostenibilidad, desde el emprendimiento a todos los sectores de la sociedad. Construyamos una sociedad global, imbricada y equitativa que se apoye en la riqueza de la diversidad y que erradique la pobreza y el sufrimiento.
  • Ciencia, Tecnología e innovación: seamos biomiméticos. Imitemos las fórmulas que la naturaleza atesora tras miles de millones de años de evolución y refinamiento sistémico. Desde la forma a la función, prestando especial atención al engranaje de los sistemas complejos de la vida. Tengamos criterio sobre como mejor innovar, fomentando el bienestar integral humano y el del entorno que nos sustenta.
  • Energía: demos el salto a la generación de la energía renovable distribuida, el autoconsumo y las redes inteligentes. Dejemos de desenterrar los combustibles fósiles y de subvencionarlos cuanto antes.
  • Consumo: reclamemos transparencia en lo que hay detrás de cada producto. Practiquemos un consumo exigente y consciente. Gravemos aquellos productos elaborados desde las malas prácticas hacia el medio ambiente, el bienestar animal y los derechos humanos. Ofrezcamos una ventaja competitiva a aquellos cuya producción implica servicios al bien común y a la naturaleza.
  • Política: exijamos la renovación de los valores democráticos anulando las actuales políticas económicas dominantes propias de un capitalismo desregulado. Fomentemos el poder distribuido, en red, de abajo arriba.

Clima de cambios. Bienvenidos al viaje de vuelta a casa. Comienza el salto al Biolítico…

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Licenciada en Biológicas y producción de cine creó y dirige la Fundación Félix Rodríguez de la Fuente. Ha capitaneado grandes proyectos de sensibilización ambiental entre los que destacan exposiciones, la revista trimestral Agenda Viva, plataformas online, documentales para tve, libros, aplicaciones, congresos y una Marca de Garantía para productos de alimentación. Actualmente colabora llevando la sección de medio ambiente en un programa de radio con Juan Luís Cano, imparte charlas y escribe artículos de opinión. Pertenece a varios comités de asesoramiento, grupos de trabajo medio ambientales y a la Junta rectora de Rewilding Europe.

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