Iria Bouzas


El periodismo tiene algo de hermoso porque consiste en la difusión de la información y esta, por más descarnada que resulte, está compuesta de verdad.

Y la verdad por más horrible que parece ser en la mayoría de ocasiones, siempre posee la belleza de las cosas que entroncan con la esencia de la vida.

El periodismo en su vertiente de oficio tiene un encanto infinito como ejercicio de construcción literario.

Se deben explicar los hechos y se tienen que relatar los acontecimientos. Pero está admitida, permitida y en ocasiones hasta bendecida, la licencia del periodista de vestir los huesos desnudos de la noticia con su habilidad de tejer las palabras.

Y así el periodismo se convierte en una profesión que además de conocer la realidad tiene que servir de motor transformador para conseguir que esa realidad pueda ser condensada en una página o en unos segundos de emisión.

Me acerco a este oficio de puntillas y con respeto, como deberíamos acercarnos a cualquier profesión a la que llegamos siempre como aprendices. Deseando saber, estudiando cada día, intentando dosificar las preguntas que se me agolpan en la boca tratando de no saturar más de lo que ya lo hago a mis queridos maestros.

Me acerco contenta porque el periodismo tiene como herramientas las palabras y yo vengo jugando con ellas desde que tengo recuerdos.

Por mi grandísima culpa

Me acerco al oficio y me acerco a todos aquellos que lo ejercen.

Algunos, los más, me abren los brazos y me asignan el título de “compañera”. Título que agradezco de todo corazón porque sé que en las adversidades que se viven ahora mismo en esta profesión el hecho de acoger, es el mejor indicador de quienes poseen una generosidad y una grandeza inmensas.

Y en este tiempo que llevo por aquí, aprendiendo de vosotros y aportando lo que yo puedo, me he dado cuenta de que esto son dos carreras, la formal en la universidad y la otra, las de las lecciones que me dais cada día.

Algún día alguien sabrá como os he visto trabajar, compartir y ayudar mientras aguantabais insultos, coacciones y amenazas solo por ser periodistas mujeres.

Ahora que se cuentan las miserias. Ahora que se exponen los odios, las filias y las fobias. Justo ahora es cuando a mí me apetecería contar las grandezas que os veo llevar a cabo cada día sin que vosotros creáis si quiera que estáis haciendo algo excepcional.

Y aquí, tengo que empezar a escribir en femenino porque si a todos os llamo compañeros a vosotras, las periodistas que sois parte del movimiento feminista os tengo que llamar hermanas.

Hermanas, compañeras y maestras. Esa es la definición que os habéis ganado a pulso.

No sé a dónde me llevará esta profesión, ojalá al menos me permita seguir construyendo edificios de palabras y ojalá pueda seguir compartiéndolos con otras personas.

Llegue a donde llegue o haga lo que haga, algún día podré contar como la codirectora de un diario nacional me dio una lección maestra de ética periodística que hizo que me enamorase un poquito más de esta profesión.

Podré contar como una compañera, que escribe tan bonito que sus palabras tienen música, puso en marcha un proyecto de comunicación que ayudó a sanar el alma de muchísimas mujeres.

Os escritores que teimaban en comer

Algún día alguien sabrá como os he visto trabajar, compartir y ayudar a quien lo necesitaba mientras públicamente aguantabais insultos, coacciones y amenazas solo por ser periodistas mujeres y por hacer vuestro trabajo.

No sé si alguna vez seré capaz de usar tan bien las palabras que me permitan transmitir como vuestra calidad como periodistas, como vuestro valor y como vuestra dignidad profesional me decidieron a quedarme en un oficio que nunca había pensado que iba a querer que fuese el mío.

Sois maravillosas compañeras. Sois un orgullo y un referente, pero también sois mucho más, sois inspiración y sois motivación.

Gracias por haberme abierto los brazos y gracias por enseñarme cada día.

A hacer periodismo te enseñan en la facultad, pero para aprender a hacer periodismo comprometido no hay maestras como vosotras. 

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