Claudia Pradas 

Lula tiene 23 años y acaba de recibir un comentario por parte de su madre: “deberías adelgazar” le dice, “es por tu salud”.

No es la primera vez que escucha esas palabras, aún nos puede relatar cómo su madre comentó lo grande que tenía el trasero delante de todas las amigas de Lula. Ésta nos dice que siempre ha visto a su madre haciendo mil dietas y ejercicios, ha observado cómo ha desarrollado una excesiva preocupación por el físico, no solamente por el suyo propio, también por el de su hija.

Años atrás, C. tuvo serios problemas con su alimentación. Al pasar por ello, su progenitora comenzó a preocuparse en exceso por el estado de salud de su hija. Hoy en día, ésta le sigue contando las calorías, le restringe las comidas y le cuesta acepar que su hija es feliz con un peso más alto de lo que dictaminan los cánones.

Finalmente, M. nos comenta que, a pesar de que nota algún tipo de preocupación en ella, su madre ni siquiera es capaz de afrontar ese problema “ni se te ocurra decírselo o insinuárselo, es un tema tabú”.

Parece ser que existe un fuerte aprendizaje vicario de madre a hija compuesto por complejos físicos, cánones y presión estética

Desgraciadamente, estas historias son reales y no son casos aislados. Parece ser que existe un fuerte aprendizaje vicario (por observación de conductas) de madre a hija, en este caso, un aprendizaje compuesto por complejos físicos, cánones y presión estética.

¿Por qué ocurre este fenómeno? ¿Qué les ocurre a nuestras madres y por qué tienen este tipo de actitudes?

Según una pequeña encuesta realizada en las redes sociales[1], un 51% de la muestra observa una preocupación excesiva por el físico en sus figuras maternas. De este porcentaje, un 60% son mujeres y un 58% han visto su autoestima dañada por esta situación.

A pesar de que hoy en día vivimos en una población mínimamente despierta por lo que se refiere a los cánones de belleza y a las imposiciones sobre nuestro cuerpo, debemos tener en cuenta que nuestras familias han vivido una época muy distinta.

En el caso de la figura materna, resulta imprescindible contextualizar su infancia y juventud en una época donde no existían herramientas comunicativas que unieran a un mismo colectivo.

Pongamos como ejemplo el movimiento #metoo o el caso de la manada. La facilidad para comunicarnos ha resultado una herramienta empoderante de la cual nuestras madres no pudieron hacer uso en su momento.

Es posible que se creyera que los complejos físicos en las mujeres eran un fenómeno individual, que ellas mismas tenían que modificar su cuerpo y que no existía un problema estructural. Si bien es cierto que, décadas atrás, ya surgieron poderosos movimientos que han creado caminos sobre los cuales el feminismo moderno anda, no existía la capacidad de acceder a dicha información de una manera tan globalizada.

La falta de comunicación podría ser una de las razones por las que muchas de nuestras figuras maternas siguen presentando infinidad de complejos y un discurso interiorizado basado en lo que es saludable y lo que no. Dicho discurso se sigue transmitiendo a muchas de nosotras y, a pesar de no tener una intencionalidad opresiva, puede llegar a generar un impacto muy grave en nuestra autoestima.

Esto tan solo es una teoría. Como hemos comentado anteriormente, no existe prácticamente información acerca de este fenómeno, la gente no habla de ello y el silencio facilita el aislamiento de la problemática.

Una manera de solucionar esta situación podría ser hablar más abiertamente de ello entre nosotras, con nuestras madres e incluso con generaciones anteriores. Podríamos llegar a generar un lazo basado en el refuerzo positivo y en el fomento de la autoestima, independientemente del carácter opresivo que toda mujer ha ido viviendo a lo largo de su vida. Al fin y al cabo, los complejos han causado y siguen causando estragos en todas las generaciones y está en nuestras manos luchar para liberamos de ellos.

 

[1] Estudio propio con una muestra de 120 personas.

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