Kateryna Semchuk – Nueva Sociedad

En la mañana de un soleado domingo de Pascua en Kiev, el primer día cálido en semanas, dos hombres de mediana edad clasifican sus pertenencias en un lugar apartado del Parque Solomensky. Oleh y Misha no tienen hogar y han estado viviendo en un refugio de este parque durante una semana. Se mudaron juntos aquí después de que volviera a funcionar el metro en la estación central de trenes de Kiev, donde habían estado viviendo. Misha, que proviene de la región occidental de Transcarpatia, una vez ayudó a instalar la fuente central del parque, motivo por el cual conocía lo que ahora es su nuevo hogar temporal.

Oleh, de 58 años y originario de la región de Vinnytsia, es un operario de mantenimiento actualmente sin trabajo ni lugar donde vivir. La invasión rusa lo encontró en Stoyanka, un pueblo cercano a la autopista E40, que sale de la ciudad hacia el oeste. Él y otras 16 personas vivían en un «centro religioso de rehabilitación», donde gente sin hogar trabajaba a cambio de un techo y tres comidas al día. «Estaba acostado en un sofá; era cerca del mediodía. Un misil impactó en nuestro edificio y un trozo de pared cayó sobre mis piernas. Unos hombres me ayudaron a salir, y lo hice rápidamente con apenas un nervio pinzado en la rodilla», dijo.

Después del ataque con misiles, Oleh y otros sobrevivientes se escondieron en una iglesia cercana. Sus pasaportes y otros documentos, guardados en la caja fuerte del centro, probablemente se quemaron en la explosión, dijo. Al otro día, hombres con brazaletes azules –muy probablemente una unidad de defensa local o voluntarios de algún tipo– los llevaron a otra aldea. Desde allí se dirigieron a Boyarka, una ciudad al suroeste de Kiev, y luego tomaron un tren a la capital.

Cuando se le preguntó si había pensado en evacuarse al oeste de Ucrania, Oleh respondió retóricamente: «¿Y a dónde iría? Después de un tiempo dejé de tener miedo. Si me toca ser herido, que así sea».

Voluntarios

Desde que Rusia invadió Ucrania a finales de febrero, las personas sin hogar, los desempleados solteros, quienes viven de las prestaciones sociales, los adultos mayores, aquellas personas con enfermedades mentales graves y los indocumentados se encuentran en una situación de vulnerabilidad. Pero incluso en circunstancias inimaginables, los residentes de Kiev han mostrado una gran empatía por los más vulnerables y se han organizado para brindarles ayuda.

Como me dijo Mykola Fedorchenko, de 45 años, mientras hacía la fila para una comida gratis en el restaurante Chornomorka, en el centro de la ciudad: «Es imposible morir de hambre en Kiev; tendrías que esforzarte mucho». En marzo, la cadena de restaurantes inició un proyecto para distribuir comidas todos los domingos, cada semana entrega alrededor de 1.000 a 1.500 raciones. Parte de esa comida también se destina a personal militar y unidades de defensa territorial.

Las comidas dominicales de Chornomorka son uno de los muchos proyectos de ayuda alimentaria –desde cocinas veganas hasta iniciativas de las iglesias católica y ortodoxa griega– que aparecieron en la capital ucraniana mientras continuaba la invasión rusa. Irónicamente, al mismo tiempo, una serie de comedores populares que funcionaban en Kiev antes de la guerra tuvieron que suspender temporalmente su trabajo, incluida la iniciativa de cocina vegana «Cocina Solidaria», gestionada por grupos de izquierda, y la iniciativa «Ayuda a una persona sin hogar». Olha Romenska, una de las fundadoras de esta iniciativa, dijo a openDemocracy que este proyecto ha vuelto recientemente a entregar comida en el céntrico barrio de Podil: «Desde el 24 de febrero, la cantidad de asistentes a este lugar se ha reducido a la mitad. Pero mientras nos tomábamos un descanso, aquellos que seguían necesitando ayuda fueron apoyados por otra organización».

La iniciativa también gestiona un albergue con 14 camas, que ha seguido funcionando sin interrupciones. Los residentes del albergue reparten comida todos los días en la estación Olimpiiska del metro de Kiev. Oleh, Misha y Mykola dicen cosas positivas sobre los voluntarios: creen que los actos de bondad se han vuelto más comunes mientras los residentes de Kiev soportan juntos las adversidades. En el centro de voluntarios cercano al mercado de Solomensky, por ejemplo, Oleh y Misha recibieron ropa nueva. «Incluso ropa interior, que siempre es un poco vergonzoso pedir», dijo Oleh.

Oleh también contó cómo los soldados de un puesto de control en uno de los puestos de avanzada en las afueras de Kiev les dieron a él y a sus amigos una bolsa de pelmeni (pastas rellenas de carne), un poco de manteca de cerdo y pan cuando se dirigían a la ciudad después de dos días de viaje.

Las personas sin hogar también lograron encontrar refugio durante la guerra, utilizando las estaciones del metro de Kiev como refugios antiaéreos, viviendo en andenes y dentro de vagones de tren. Como recordó Mykola: «Si la gente estaba sobria, la policía la dejaba entrar sin ningún problema».

Falta de trabajo

Se desconoce el número exacto de personas sin hogar en la capital ucraniana pero según el Centro de Registro de Personas sin Hogar administrado por el Estado en Kiev, la cantidad de personas registradas voluntariamente como sin hogar en la ciudad era de 3.358 a fines de 2021. Según el Departamento de Política Social de Kiev, los servicios públicos para personas sin hogar no han dejado de funcionar desde la invasión rusa. Tanto la Casa de Atención Social de la ciudad, que ha dado a la gente comida caliente, ropa de abrigo y calzado, como un centro de servicios integrales para personas sin hogar en el pueblo de Yasnohorodka, siguen funcionando a tiempo completo.

Para muchas personas sin hogar en Kiev, el mayor desafío que ha generado la invasión rusa es la falta de trabajo. Cuando la gente tiene trabajo, tiene dinero para alquilar una cama en un albergue y eso le da seguridad. «Cuando tienes un trabajo, eres humano», explica Mykola, que suele trabajar demoliendo edificios y actualmente vive con un amigo y la madre de su amigo.

Desde su llegada a Kiev, hace 20 años, Oleh ha llevado una vida precaria, en la que su alojamiento dependió enteramente de si tenía o no empleo. Antes de la pandemia tenía un buen trabajo en tareas de mantenimiento con el que se costeaba un pequeño apartamento. Pero perdió su empleo durante la pandemia de covid-19, comenzó a beber mucho y se quedó sin hogar. Tanto Mykola como Oleh esperan que el actual momento de paz en Kiev les dé la oportunidad de encontrar trabajo.

Mientras tanto, como muchas otras personas sin hogar, han hecho su parte del voluntariado en tiempos de guerra. Oleh cumplió cuatro turnos de dos días haciendo descargas en la estación central de trenes, mientras que Mykola ayudó a los voluntarios de un comedor popular a cargar cajas en una estación del metro.

Relaciones con la policía

Con el aumento del número de soldados armados en las calles de Kiev, la vida de las personas sin hogar se ha vuelto más complicada, especialmente para quienes no tienen pasaporte u otros documentos. Los estrictos controles de identidad y un alto nivel de sospecha pueden ser peligrosos para quienes viven en la calle sin documentos. «En tiempos de guerra, en mi opinión, se ha agregado cierta sospecha a las amenazas [que enfrentan las personas sin hogar]», dijo Ihor Shemihona, trabajador social de House of Mercy, una organización de ayuda cristiana. «Si una persona no tiene documentos, puede ser sospechosa [para la policía o el ejército] de algún tipo de sabotaje o algo malo».

Shemihona recordó que durante el proceso de evacuación de personas al oeste de Ucrania, su organización tenía a su cuidado a un hombre con pasaporte ruso que en ese momento carecía de documentos, y decidió no evacuarlo «porque transportar a una persona así a través de los puestos de control o la frontera es peligroso para nosotros mismos». Al mismo tiempo, las personas sin hogar comprenden los desafíos de la situación actual e intentan cooperar con las autoridades tanto como sea posible.

Como dijo Mykola, que actualmente no tiene pasaporte: «Vacío lentamente los bolsillos» cuando lo revisa la policía, que «a menudo» lo lleva para un control de identidad en una comisaría local. Yuriy (se negó a dar su nombre real por miedo a meterse en problemas con la policía), de 62 años, vive actualmente en bolsas de dormir y mantas esparcidas en el suelo de un conducto subterráneo cerca de la plaza León Tolstói, en el centro de Kiev. Mientras la gente pasa, pinta magistralmente rostros en miniatura con acuarelas en un pequeño cuaderno ya sin páginas en blanco.

Dijo que ha vivido en este lugar durante algún tiempo, pero afirmó que la policía de Kiev trató de sacarlo de la ciudad aproximadamente en la segunda semana de la invasión. Según Yuriy, un día se le acercó un policía, le preguntó si no tenía hogar y si tenía su pasaporte. Entonces el policía le dijo que lo siguiera. «Me dolían las piernas y me costaba caminar. Se lo dije. Me llevaron a la comisaría cercana a la estación central de trenes, en la calle Starovokzalna», dijo. Allí, la policía reunió a otras 120 personas y las mantuvo en el patio de la comisaría, dijo Yuriy. La mayoría no tenía documentos, pero algunos sí, y quienes tenían pasaporte estaban indignados porque no veían ninguna razón justificada para que los tuvieran detenidos allí.

«Nos dieron de comer avena», recordó. «Luego, la policía anotó nuestros datos personales y tomó una foto de prontuario. Luego se llevaron a unas 30 personas, incluyéndome a mí, en un autobús desde Kiev en dirección a Troieshchyna (un barrio en el este de la ciudad). Nos dejaron detrás de un puesto militar de avanzada cerca de un bosque en las proximidades de la central térmica. Podíamos escuchar disparos». Yuriy dijo que los soldados del puesto de avanzada les permitieron regresar en dirección a Kiev. Entonces volvió caminando al conducto subterráneo cerca de la plaza León Tolstói.

Natalia, de 42 años, quien también carece de hogar y cuida a Yuriy, afirmó que aproximadamente una semana después la policía también la detuvo a ella, pero esta vez la llevaron hacia el barrio de Lisovyi Masyv, al norte de Kiev. «A cada uno de nosotros nos dieron una hoja de papel con un número. La policía acompañaba al autobús, en el que había 40 personas», dijo. Aunque la policía no les explicó a Yuriy y Natalia por qué los estaban expulsando de la ciudad, ambos expresaron su indignación por esos episodios, ya que creían que tenían por finalidad usarlos como «carne de cañón» o mano de obra gratuita para cavar trincheras. Ambos reconocieron que los trataron bien, pero la policía los dejó en un lugar peligroso del que tuvieron que regresar por sus propios medios.

Cuando se le pidió un comentario al respecto, la policía de la ciudad de Kiev declaró que los oficiales «no participaron en (…) la deportación de personas sin residencia permanente en la capital». Aunque los oficiales de policía negaron que la gente sin hogar en Kiev fuera expulsada de la ciudad, otras personas sin hogar con las que hablé, incluidos Oleh y Misha, informaron que algo similar les sucedió a ellas o a personas que conocen. A partir de estos informes, parece que la policía de Kiev repitió esta «evacuación» varias veces tras el inicio de la invasión y hasta que las tropas rusas abandonaron la región de Kiev.

Una posible explicación podría ser la existencia de saboteadores rusos que operan en la región de Kiev: para reducir el número de posibles sospechosos, la policía quizás haya decidido sacar a las personas que vivían en las calles.

Volver a la normalidad

Hoy ha pasado casi un mes desde que las tropas rusas se retiraron de la región de Kiev. Aunque la vida en en la ciudad no volverá a la normalidad durante mucho tiempo, algunas cosas están volviendo lentamente a ser como antes, con la reapertura de cafés y restaurantes y el regreso de residentes. También parece que la empatía por las personas sin hogar mostrada por los residentes de Kiev cuando la ciudad era atacada ha comenzado a desvanecerse. «Cuando no hay calamidad, la gente se pelea», afirmó Oleh, agotado. Como para demostrarlo, un hombre que dice ser residente del barrio de Solomyansk, viene a «hablar» con Oleh y Misha.

«Mi esposa y mi hija caminan por este parque, así que, ya sabes, si pasas noches aquí… solo quería advertirte», amenaza cortésmente el hombre, antes de irse.

Cuando pregunté cómo se sienten Oleh y Misha sobre el presente y el futuro, Oleh respondió que duerme con un ojo abierto. Si el ejército ruso regresa a Kiev, tanto Misha como Oleh dicen que están listos para tomar las armas y defender la ciudad, ya que ambos sirvieron en el ejército, cerca de Moscú, durante la era soviética.

«Tengo dos hijos y una hija, y esta es mi patria. Y no tengo nada que perder», dijo Oleh.

* Kateryna Semchuk es graduada de la Universidad de París IV París-Sorbonne. Es colaboradora del periódico Nasze słowo de la minoría ucraniana en Polonia.

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