Rafael Silva


La religiosidad es uno de los cimientos más importantes del ser humano y como tal un filón explotado a destajo por las religiones. En nombre de Cristo y la salvación de las almas se obtienen inmejorables réditos económicos. La industria de la fe se ha convertido en un artículo más de consumo, el negocio más lucrativo, pero también el más peligroso para la salud mental de los creyentes

Carlos de Urabá


La secularización del poder es un mito. La separación Iglesia-Estado no deja de ser una ficción. Presidentes, diputados, senadores, alcaldes juran ante Dios. Los símbolos religiosos están presentes en los espacios públicos. Estado laico o aconfesionales adoptan rituales políticos, acompañados de cruces, medias lunas, budas, biblias, Torá, etcétera. Dirigentes asumen morales católicas, protestantes, islámicas, judías, siendo unos devotos practicantes de su fe. Sus mandatos suelen dar cuenta de ello. El divorcio, el aborto, la familia, el sexo, la moral cotidiana y la educación son opciones valoradas a la luz de las creencias religiosas. Hoy gobiernan las iglesias

Marcos Roitman


Desgraciadamente, vivimos una época donde la política está muy intervenida por determinadas confesiones religiosas, que son capaces de construir mayorías de apoyo o rechazo a determinaciones formaciones, gracias al elevado número de adeptos y adeptas que poseen. El caso más reciente y emblemático ha sido el de Brasil, donde el candidato ganador (el ultraderechista y ex militar Jair Bolsonaro) ha sido masivamente apoyado por los evangélicos de todo el país, que hicieron piña contra el PT y difundieron millones de mensajes mediante redes sociales para concentrar su apoyo al PSL (Partido Social Liberal). Este hecho es sumamente peligroso, podríamos denominarlo como la “religionización” de la política, porque al basar los apoyos en creencias irracionales y fanáticas, conducen a violentos virajes ideológicos, y a una mezcla de política y religión, donde los asuntos sociales son tratados bajo un trasfondo religioso, y apartados de la mirada del progreso colectivo, y de las grandes conquistas de la humanidad. En el caso citado, los evangélicos creen firmemente en “dogmas” políticos, tales como que la corrupción es un fenómeno de la izquierda, que la seguridad pública se resuelve con una mayor permisividad hacia la posesión privada de armas, que el desempleo se debe a que las empresas pagan muchos impuestos, y a que existen muchas leyes laborales que entorpecen a los empresarios, etc.

Hoy día, determinadas confesiones religiosas constituyen uno de los sectores sociales en expansión más organizados, cohesionados y conservadores de nuestras sociedades. Ocurre en muchos países del mundo, sobre todo en América Latina. Y si en cualquiera de dichos países una determinada confesión religiosa decide prestar su apoyo a cierto candidato/a, es evidente que las posibilidades de que salga elegido/a se multiplican. Estos sectores religiosos de la población se extienden entre masas con bajos ingresos, que viven en las grandes ciudades, y que normalmente atraen a nuevos adeptos/as utilizando sobre todo redes de apoyo popular. Pero debajo de todo ello, como decimos, tenemos un fenómeno muy preocupante, que es el que se refiere a las consecuencias de que millones de personas de una determinada confesión religiosa alcancen el poder a través de su líder. En América Latina tenemos infinidad de corrientes de las llamadas pentecostales: Asamblea de Dios, Iglesia Universal del Reino de Dios, Iglesia Mundial del Poder de Dios, Renacer en Cristo, o Iglesia Internacional de la Gracia de Dios. Pero en general, las llamadas Iglesias Evangélicas se extienden por todo el mundo. En Brasil, el ejemplo más reciente, se ha confirmado a la perfección la alianza de las sectas religiosas con los poderes fácticos, tras la elección de Bolsonaro como Presidente del gigantesco país sudamericano.

Porque en realidad funcionan como sectas, con un proceso de captación de adeptos/as muy sofisticado, y con una capacidad para la difusión de sus dogmas nunca antes vista. Sus principales pastores ya poseen las más grandes fortunas de los países donde están implantadas. Poco a poco van construyendo todo un imperio de poder económico, mediático y político, que resulta tremendamente peligroso, pues proyectan una influencia social determinante. A medida que crecen, van ampliando su radio de acción mediante la adquisición de medios de comunicación (cadenas de radio y televisión, fundamentalmente), ediciones impresas y portales en Internet. Su ideología política es tremendamente conservadora, y van introduciendo en los Parlamentos locales, regionales y estatales a sus respectivos candidatos/as. Están fanáticamente contra el aborto, contra los colectivos LGTBI, contra los modernos modelos de familia, etc. Pero sin ninguna duda, el ámbito de mayor influencia que suelen copar es el educativo, mediante la creación de centros “concertados” y privados, y de Universidades privadas. Es en estos centros educativos donde estas confesiones religiosas se aseguran de verter sus dogmas a una audiencia muy numerosa, que cuando llegan a ser adultos/as serán nuevos/as fieles seguidores/as. Básicamente, los ideales de esta nueva comunidad evangélica están basados en una doctrina que defiende “la bendición financiera y la riqueza material como único deseo de Dios” (en palabras de Joaquín Piñero).

Y así, van inoculando lo que Carlos de Urabá ha denominado como “Terrorismo Espiritual”, concentrado en un fanatismo religioso popular que santifica determinadas creencias políticas porque a su vez son coherentes con su dogma religioso. Es decir, lo verdaderamente peligroso de estos movimientos, cuando alcanzan el poder, es que van a estar guiados en sus acciones no por sus ideales políticos, sino por sus creencias religiosas. Este fenómeno es justamente el contrario al del Estado Laico, que precisamente distingue las creencias políticas de la comunidad (públicas), de las creencias religiosas (privadas), y separa los dos ámbitos de forma contundente. Pero América Latina es aún un terreno muy abonado para este fenómeno, pues sus pueblos en general son muy proclives a la dependencia espiritual y afectiva. Basan mucho sus instintos, tanto públicos como privados, en la creencia en líderes espirituales, en caudillos que encaucen sus creencias, en personajes que les devuelvan la esperanza, en redentores que les colmen de bendiciones. Esa es la explicación para el éxito de las sectas, para la presencia de tantas corrientes religiosas, para la extensión del fenómeno religioso de todo tipo: Bautistas, Evangélicos, Mormones, Adventistas, Testigos de Jehová, Niños de Dios, Pentecostales, etc.

¿Y cuál es el riesgo fundamental de un Estado cuando involuciona y permite que la religión cubra todos los ámbitos del mismo? Está claro que ese riesgo es el fascismo, pues sobran los ejemplos históricos que lo avalan. De hecho, el matrimonio entre religiosidad y fuerzas militares ha sido fecundo en la historia de la humanidad. Durante siglos estuvo ligado también a los monarcas, como el caso de la Inquisición en nuestro país, que funcionó durante varios siglos desde los tiempos de los Reyes Católicos. Isabel y Fernando entendieron que había que eliminar a todo infiel que no creyera en el único Dios verdadero, y además alargaron su cruzada religiosa allende los mares, colonizando por la fuerza las mentes de los pueblos indígenas que se encontraron en el “Nuevo Continente”. Durante el siglo XX, el Papa Pío XII se mostró comprensivo y tolerante con la política genocida de Hitler, y aquí, en España, la Iglesia Católica bendijo al Caudillo “por la Gracia de Dios” y lo hizo entrar bajo palio en sus templos, proporcionando el soporte ideológico (el nacionalcatolicismo) a la dictadura. Y en América Latina, el Vaticano bendijo las dictaduras militares de Argentina, Chile, Paraguay, Uruguay, Brasil…responsables de miles de muertos, torturados y desaparecidos.

Y así llegamos hasta el siglo XXI, donde lejos de erradicar el cáncer religioso, nuestra educación y valores (aún de la mayoría de la sociedad, aunque afortunadamente en retroceso) se inspiran en el fundamentalismo cristiano, cómplice de los mayores crímenes contra la humanidad. Las escenas de fanatismo popular se reproducen sobre todo en las iglesias de América Latina, que prometen la salvación de las almas, y las multitudes caen de rodillas y se retuercen enloquecidas gritando “Aleluya”. Carlos de Urabá cuenta en su artículo “El Dios de la esquizofrenia” lo siguiente:Las sectas se han trasformado en entidades financieras que dan crédito a mejor interés que los bancos y encima no pagan impuestos. La usura es la norma para financiar sus empresas ya que manejan un presupuesto que envidiarían las multinacionales más prestigiosas del planeta. Sus tesoros superan con creces a los del mismísimo rey Salomón; millones de dólares producto de la verborrea mística que a través de los testaferros invierten en negocios tales como el tráfico de armas, las drogas o la trata de blancas. Sin contar con el dominio que ejercen sobre los medios de comunicación, los colegios, las universidades, la banca, los partidos políticos, el comercio. Es decir, como Dios, están en todas partes”.

Sólo en el Estado mexicano de Chiapas se calcula que existen más de 282 asociaciones religiosas. Las sectas se suelen extender en caldos de cultivo apropiados, cuanto mejor si se trata de pueblos empobrecidos y embrutecidos, proclives a la manipulación, debido a su atraso histórico y a su tremenda ignorancia. Se aprovechan de las comunidades indígenas, de las almas cándidas e inocentes que buscan su “redención”, candidatos/as pefectos/as para caer presa de la verborrea propia de charlatanes y embaucadores. Las sectas se nutren del dolor, difundiendo perversas doctrinas que se nutren masivamente de los pobres, afligidos, hambrientos, enfermos, desgraciados, pordioseros, huérfanos, etc. Legitiman la doctrina del sufrimiento, para ser buenos y sufridos en la Tierra, y agraciados en el cielo. Y así, ningún gobernante en América Latina gobierna de espaldas a las iglesias, o se atreve a desafiar su poder. Más bien al contrario, suelen gobernar bajo su influencia, pues de lo contrario, sus mandatos serán tormentosos, cuando no sometidos a graves crisis. En Brasil, la llamada “Bancada de la Biblia” votó a favor en bloque para el proceso de impeachment de Dilma Roussef. Tener el beneplácito de las iglesias supone millones de votos, véase el caso Bolsonaro.

Y aquí, en nuestro país, tampoco nos quedamos cortos en este fenómeno. Varias sectas religiosas están presentes en el escenario político, la principal de ellas la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana (SICAR, para abreviar), conservadora y poderosa donde las haya, además de machista, homófoba, y pederasta, entre otras características. Pero no es la única. Tenemos el caso del criminal sacerdote mexicano Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo Rey (protegido por el Papa Juan Pablo II), acusado de violaciones en masa de niños pertenecientes a su comunidad. Es una de las congregaciones más poderosas e influyentes, según este artículo de Anaitze Aguirre para el medio Pikara Magazine, del que extraemos esta información. Durante los años 80, fue utilizada por Juan Pablo II para desplazar a los sacerdotes de la Teología de la Liberación en América Latina, que según él, eran unos peligrosos marxistas. Es una secta muy extendida en España, donde cuenta con adeptos como Ana Botella o los ex Ministros del Partido Popular José María Michavila y Ángel Acebes. O en México el famoso empresario Carlos Slim, una de las mayores fortunas del mundo. Marcial Maciel, un terrorífico personaje que murió hace 2 años y nunca fue juzgado por sus crímenes, funda la orden en 1946, y se calcula que posee unos 400.000 millones de dólares en paraísos fiscales. A caballo entre México y España, Marcial Maciel construyó un imperio educativo de 200 escuelas privadas y 20 universidades (entre ellas la Francisco de Vitoria), consiguiendo implantar un modelo educativo de evangelización ultraconservadora que, tras 50 años, está muy implantado, sobre todo en México.

Y si de influencias de sectas religiosas se trata, no podemos finalizar este artículo sin mencionar al Opus Dei, cuya influencia política y social en nuestro país coexistió con una implantación en medio mundo, particularmente en Europa, América Latina y América del Norte, pero también en muchos países africanos y asiáticos. El miembro de Europa Laica Antonio G. Movellán escribía recientemente un artículo en Contrainformacion donde analizaba el poder de esta secta, que seguimos a continuación. Además de una gran habilidad para infiltrarse en los poderes del Estado, esta secta posee un gran imperio de negocios propios, que van desde colegios y residencias, universidades, escuelas de negocios, hospitales, etc., además de una participación en el accionariado de diversos bancos, medios de comunicación, etc. Fundada por Escrivá de Balaguer, su introducción partió desde los tiempos del franquismo, durante los años 50 y 60, copando diversos puestos de las Administraciones Públicas. El Opus funciona al más puro estilo de organización secreta, y su poder de control e influencia sobre la vida de los miembros es enorme. Varios ministros franquistas eran del Opus, cuyos descendientese llegan hasta la actualidad. Organismos como el CSIC están absolutamente controlados por esta secta. Su ascensión dentro del Vaticano culminó también durante los tiempos de Juan Pablo II, uno de los pontífices más siniestros y perversos que ha conocido la historia.

Gómez Movellán relata: “…para el Opus la penetración en la judicatura y la fiscalía ha sido algo de una importancia fundamental, sobre todo en los niveles altos y en puestos decisivos (tribunales supremos, audiencias territoriales superiores, tribunal constitucional) y lo ha sido porque lo ha utilizado para, desde la fiscalía, acusar a sus enemigos y desde los tribunales actuar en favor de los negocios de la secta o sus intereses y eliminar a sus rivales y enemigos y en todo caso como un elemento más de poder de la secta”. Las recientes denuncias por “ofensas a los sentimientos religiosos” hay que entenderlas en esta línea. Por ejemplo, ex Fiscales Generales del Estado, como Jesús Cardenal o Eduardo Torres-Dulce, han pertenecido al Opus. Se sospecha que existen salas completas del Tribunal Supremo controladas por el Opus. Nombres más recientes, como el ex Ministro de Economía Luis de Guindos, o la ex Ministra de Sanidad, Ana Mato, también se sitúan en esta órbita, o los ex Ministros de Defensa Federico Trillo o Pedro Morenés, o el ex Ministro de Interior, Jorge Fernández Díaz (el que impuso la Medalla de Oro de la Policía a la Virgen del Amor). También era declaradamente del Opus el ex Presidente del CGPJ y del Tribunal Supremo, Carlos Dívar. También se atribuye al control de las decisiones por parte del Opus Dei la brusca finalización de la carrera de varios jueces, como Baltasar Garzón, Elpidio Silva, o Santiago Vidal. Éste último aseguraba que alrededor de un tercio de la totalidad de los jueces eran del Opus Dei, y según algunas otras estimaciones se quedaba corto. Se atribuye también control mayoritario por parte del Opus a la Asociación Profesional de la Magistratura, la más numerosa y conservadora

Hoy día, el secretismo, la opacidad y el anonimato continúan imperando en la secta, tal como se estableció en los Estatutos fundacionales. Algunos ex miembros han confesado públicamente después la presión permanente y psicológicamente criminal para permanecer en el Opus. El Opus fue objeto de debate en un programa del espacio “La Clave”, de José Luis Balbín, así como referenciado en el cine, en películas como “La trastienda”. Hoy día, la presencia de estas sectas y/o confesiones religiosas es un elemento esencial para mantener sistemas políticos totalmente corruptos, al servicio de los intereses de dichas organizaciones, y no al servicio del bien público y colectivo. Cuando algún miembro de un partido político (sobre todo del ala conservadora y de ultraderecha) proclame que “confía en la justicia”, lo que está queriendo decir es que confía en que la justicia lo protegerá, lo exculpará de sus delitos, gracias a la anacrónica y perversa influencia que estas sectas religiosas extienden sobre la justicia, y el resto de órganos y administraciones del Estado. Cuidado por tanto con la influencia de las confesiones o sectas religiosas en la política, su mezcla puede ser tóxica y nociva, sus actividades aberrantes, y sus decisiones injustas y criminales. Ellas son las responsables de la deriva involucionista y retrógrada de los gobiernos y de sus respectivos países, y el freno fundamental al avance de la libertad, la igualdad y la justicia social. ¿Hasta cuándo lo vamos a seguir permitiendo?

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Soy un malagueño de izquierdas, enamorado de los animales, y de mi profesión, la enseñanza. Soy profesor de nuevas tecnologías y crítico de las mismas, sobre todo de los cursos de F.P.O. (Formación Profesional Ocupacional) de la Junta de Andalucía. Me hice analista político ante la terrible deriva del capitalismo de nuestro tiempo, ante la necesidad de alzar la voz ante las injusticias, ante las desigualdades, ante la hipocresía, ante la indiferencia, ante la pasividad, ante la alienación. Sentí la necesidad vital de aportar mis puntos de vista, mi bagaje personal, y de contribuir con mi granito de arena a cambiar este injusto sistema.

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