Carme Díaz Corral
Economista


Las mujeres economistas han cuestionado el androcentrismo económico desde los orígenes de la propia disciplina económica, que suelen situarse en el siglo XVIII. El análisis de los tiempos y trabajos en economía muestra que persiste una división sexual del trabajo según la cual las mujeres soportan el peso de los trabajos no remunerados, hecho que condiciona su participación en el mercado laboral. Difícilmente se podrán igualar las condiciones de vida de mujeres y hombres sin igualar sus condiciones de ocupación y, muy especialmente, sus condiciones de vida en el hogar. Para superar el sistema capitalista patriarcal será necesario reconocer que somos interdependientes y ecodependientes y apostar por aquellos trabajos que se dirigen hacia el bienestar y la satisfacción de las necesidades afectivas, sociales y materiales desde el punto de vista de la sostenibilidad de la vida.

En la antigüedad, la reproducción de la población y la producción de bienes y servicios se realizaban en los hogares. Las esferas mercantil y doméstica no existían como tal y tampoco existía una separación entre el trabajo destinado a producir para el mercado y el trabajo destinado a producir bienes y servicios de autoabastecimiento. La familia en este contexto era tanto una unidad de reproducción como de producción.

Con la expansión del capitalismo industrial, se imponen los estados modernos, el liberalismo político y el crecimiento de las ciudades. El trabajo destinado a la obtención de recursos económicos pasa del hogar a la fábrica y se produce una separación de esferas y trabajos. Es en la esfera pública donde se definen y ejercitan los derechos relacionados con la ciudadanía y donde se sitúa el Estado. Es también en esta esfera donde se considera que se desarrollan las relaciones económicas. El trabajo remunerado pasa de los hogares a las fábricas y la producción orientada al mercado se separa de la producción doméstica, hecho que motiva que los análisis y conceptos económicos se centren exclusivamente en la producción capitalista. El concepto de trabajo se asimila al concepto de ocupación, reduciéndose exclusivamente a aquello que se intercambia en el mercado a cambio de un salario.

La esfera doméstica se invisibiliza y se oculta la división desigual del trabajo que se produce en esta esfera, así como también su vínculo con la producción capitalista. Sólo aquello que tiene que ver con el espacio público es objeto de estudio de la economía, cosa que perdura hasta nuestros días.

Desde la economía feminista se afirma que capitalismo y patriarcado no son sistemas separados que se relacionan entre sí, sino que no se puede entender el patriarcado sin el capitalismo y viceversa; motivo por el cual la terminología adecuada para nombrar el sistema donde vivimos es capitalismo patriarcal. Algunas economistas van más allá añadiendo que se trata de capitalismo heteropatriarcal, puesto que la heternonomarividad está en la base del género y del patriarcado.

El sujeto universal del capitalismo es un hombre blanco, burgués, adulto, heterosexual, occidental y sin diversidad funcional. Los estados del bienestar y las sociedades occidentales se configuran alrededor de esta figura, que presuntamente es autónoma al no precisar de cuidados ni tener responsabilidades de cuidar, estando plenamente disponible para el empleo.

Frente la apuesta por la acumulación del capital, la economía feminista apuesta por la vida. La reproducción social es un aspecto fundamental para la economía feminista que defiende una sociedad que tenga capacidad de reproducirse y que pueda reproducirse mediante unas condiciones de vida adecuadas.

Por reproducción social se entiende la perpetuación, permanencia y supervivencia de nuestras sociedades en el tiempo. Para que una sociedad pueda asegurar su continuidad, debe tener posibilidades de reproducir a su población y también los bienes y servicios necesarios para su manutención. Para que estas posibilidades sean perdurables, deben considerarse los procesos de renovación de los recursos naturales teniendo en cuenta su disponibilidad para las generaciones futuras.

Somos interdependientes y ecodependientes. Necesitamos tanto bienes y servicios como afectos y relaciones. Necesitamos alimentarnos de la misma forma que recibir afecto, tener seguridad psicológica, aprender a relacionarnos, comunicarnos o crear vínculos. Los cuidados son básicos para poder subsistir materialmente, pero también socializar, tener una identidad, aprender un lenguaje o saber interactuar y vivir en sociedad. El trabajo doméstico y de cuidados deviene pues fundamental en los procesos de reproducción social. Este trabajo reproduce la vida, situándose en la base del sistema y siendo imprescindible para su reproducción.

Esta idea de reproducción social nos lleva hacia el concepto de sostenibilidad de la vida, concepto con tres dimensiones fundamentales: la sostenibilidad económica, que implica un equilibrio entre producción y distribución o utilización social de esta producción; la sostenibilidad ecológica, que es la capacidad de una sociedad de recuperar aquello que utiliza o degrada para que pueda disponer de los recursos necesarios para mantener sociedades futuras; y la sostenibilidad humana y social, que implica que todas las personas puedan tener una vida digna y satisfacer sus necesidades individuales y sociales.

En definitiva, la sostenibilidad de la vida se entiende como un proceso que no solo se refiere a la posibilidad de que la vida continúe en términos humanos, sociales y ecológicos, sino al hecho de que este proceso signifique desarrollar condiciones de vida, estándares de vida o calidad de vida aceptables para toda la población. Sostenibilidad que supondría una relación armónica entre humanidad y naturaleza y entre humanas y humanos. No se puede hablar de sostenibilidad pues, sin hablar de equidad, que va mucho más allá de la igualdad porqué reconoce y respeta la diferencia.

La sostenibilidad de la vida es una apuesta política para romper con las relaciones de poder intrínsecas en la reproducción social dentro de los parámetros del capitalismo patriarcal, puesto que este ataca la vida. Esta apuesta implica priorizar los trabajos que se dirigen hacia el bienestar y la satisfacción de las necesidades materiales, sociales y afectivas. Se trata pues, de descentrar los merados y centrar la vida.

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