La irresolución del conflicto palestino-israelí fue el detonante del terrorismo fundamentalista

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Por Javier Cortines
Yo vivía en El Cairo a finales de la década de los setenta (1977-1979) y, debido a “la enfermedad del periodismo”, me empapé hasta los huesos de la problemática de Oriente Medio, región que en aquel entonces acogía a los occidentales con los brazos abiertos y les regalaba su milenaria hospitalidad.

En el Centro Hispánico de El Cairo, donde trabajaba de profesor de castellano, los bedeles egipcios me llamaban Jomeini, el ayatolá que derrocó al último “Sha de Persia”, Reza Pahlevi, (el 11 de febrero de 1979), ya que fui el cabecilla de unas huelgas (reivindicaciones salariales para españoles y egipcios) que se extendieron a varios centros hispánicos del Magreb y Oriente Medio.

Aquella situación (se cobraban sueldos miserables) se solucionó gracias a la intervención del Rey Juan Carlos I, a quien pedí que nos echara un cable ante la indiferencia de la prensa y del gobierno de turno. Ese episodio lo narro en una crónica publicada el 21 de julio de 2015 en El Salmón Contracorriente con el título “La carta del Rey Juan Carlos I”.

Bueno, vayamos al grano, en aquella época mandaba en Egipto el presidente Anwar el-Sadat, quien sucedió a Gamal Abdel Nasser, (fallecido a causa de un infarto el 28 de septiembre de 1970). Con la mediación del presidente estadounidense Jimmy Carter, (lo que implica la inspiración del lobby judío) Anwar el-Sadat firmó los acuerdos de Camp David con el primer ministro israelí Menachem Begin el 17 de septiembre de 1978.

Mediante ese pacto, Tel Aviv devolvía a Egipto la región del Sinaí (rica en petróleo) y El Cairo reconocía el Estado de Israel. Eso produjo un enfado monumental en todo el mundo árabe, ya que se había ignorado (ni siquiera se había hecho alusión a ello), el reconocimiento del Estado Palestino.

Israel, que había conquistado la península del Sinaí en la Guerra de los Seis Días (5-10 junio de 1967) empezó a desalojar la zona de forma progresiva tras la rúbrica de los acuerdos, y completó su repliegue en 1982. Con ese pacto El Cairo y Tel Aviv -archienemigos y vecinos- “firmaban la paz” en aras de la estabilización de la región.

Al convertirse Egipto en el primer país árabe que reconocía el Estado de Israel -dejando a un lado los derechos históricos del pueblo palestino- cientos o miles de bombas de relojería se pusieron en marcha en el vasto mundo del Islam poblado por unos 1.600 millones de musulmanes distribuidos por cerca de sesenta países.

¿Qué ocurrió tras la firma de los Acuerdos de Camp David? La primera reacción fue que las mezquitas se calentaron y los fundamentalistas decidieron abrir “Las puertas del Infierno”. En Egipto, los Hermanos Musulmanes, que mantenían hasta ese momento “un perfil bajo”, llenaron “su sangre de odio” contra Anwar el-Sadat.

Durante un desfile militar, celebrado en El Cairo el 6 de octubre de 1981, un comando de los Hermanos Musulmanes cosió a balazos al presidente Anwar el-Sadat. A partir de aquel momento (las mujeres disfrutaban de una envidiable libertad, en comparación a ahora, y en muchos lugares se bebía vino, cerveza, whisky, etc.), la sombra de los fundamentalistas comenzó a caer sobre el corazón de las medinas.

Un amigo de Alejandría, Elias Al-Hayali, arqueólogo que trabajaba de periodista aquellos días, presenció en primera fila aquel magnicidio que supuso el empujón definitivo de “la guerra santa” contra Occidente. Aquel asesinato fue una reacción a la vejación, humillación y masacre que sufría el pueblo palestino.

Con el tiempo (tras una serie de hechos que alargarían demasiado esta crónica) surgió, cual enviado de Dios, la figura del multimillonario saudí Osama Bin Laden, quien en sus comienzos fue mimado y entrenado por Estados Unidos. El fundador de Al Qaeda, (una de sus mujeres descendía del profeta Mohamed) era “el guerrero ideal para combatir el comunismo” y a la URSS, que trataba de instalar un régimen laico en Afganistán.

Osama Bin Laden, una vez expulsadas las tropas de la URRS de Afganistán (1988), asumió, como un mandato divino, las reivindicaciones de Yaser Arafat (ver encuentro que mantuve con Arafat) de fundar un Estado Palestino, con Jerusalén Este como capital, y juró vengarse de EEUU por su apoyo a Israel y por su presencia militar en Arabia Saudí, sede de las ciudades sagradas de La Meca y Medina.

El guerrillero que se rebeló contra sus padrinos quería, entre otras cosas, recuperar Jerusalén, de cuya Cúpula de la Roca, dicen los musulmanes, ascendió al Cielo el profeta Mohamed acompañado por el ángel Gabriel.

Cúpula de la Roca

Luego, tras el desastre de la Guerra de Irak, iniciada con la mentira de que el régimen de Sadam Husein tenía armas de destrucción masiva, nació el ISIS, esa hidra con mil cabezas que podría volver a golpear a Europa, por una cuestión de cercanía, tras el reconocimiento por Donald Trump de Jerusalén como la capital de Israel.

Y vuelve a cantar Quiquiriquí el Noble Gallo Beneventano para decir a Occidente que despierte, si no quiere conocer las peores mordeduras de La Serpiente.

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