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Aníbal Martín
Candidato al Ayuntamiento de Barcelona y al Parlamento Europeo por Actúa

Los conocemos, no son una especie nueva, desde luego; siempre han estado ahí. Son los que en el patio de recreo, con el fin de que te pelearas con otro compañero de clase, te susurraban al oído: «¿Vas a permitirle que te diga eso? ¿No vas a hacer nada?». Los protagonistas de este artículo también salen a menudo por televisión; es fácil distinguirlos porque no tienen que pensar lo que van a decir, un tercero lo piensa de antemano por ellos. No nos son ajenos, llevan miles de años cohabitando con el resto de humanos; son ese grupo de personas que entre la variedad de alimentos de su dieta omnívora incluyen también los conflictos. Podemos encontrarlos en todos los ámbitos de la sociedad, en cada sector de actividad, en cada familia, en las reuniones de la comunidad de vecinos… No obstante, en términos de notoriedad pública, sus representantes más característicos son un amplio sector de tertulianos de toda índole y un buen puñado de políticos, cuya dieta se compone exclusivamente de argumentario, agua ―para seguir discutiendo sin que se seque la boca― y conflictos.

Resulta fundamental, para comprenderlos, entender primero qué los conduce a inclinarse por una opción alimentaria que provoca tanta acidez estomacal. Convendremos en que de entre todas las razones que nos llevan a contraponer nuestra opinión a la de otros y a discutir hay tres que se alzan sobre las demás: convencimiento ―la más loable de todas―, venganza y rédito personal. Los conflictófagos se ven, en general, movidos por estos tres motivos, pero el último de todos se impone sobre los dos primeros, porque el enfrentamiento resulta hoy una forma bastante rentable de sufragar los gastos cotidianos y las reformas en el ego; todo dependerá, claro está, de la plataforma utilizada: en las tertulias en prime time te pagan con una nómina y en las redes sociales, con likes.

Analizadas algunas de las razones que pueden ocasionar que estos seres adopten un modo de alimentación tan particular, cabría preguntarse cuál es la reacción del resto de la sociedad, de los que los observamos y soportamos, e incluso convivimos con ellos. Mi impresión es que no hacemos lo suficiente. Nos han inoculado una forma de integrar la pluralidad y la diversidad que precisa del enfrentamiento, que exige no reconocer jamás las virtudes del otro, no asumir una postura compartida con el que se considera el adversario, no manifestar los errores cometidos y, por supuesto, no rectificar. Los conflictófagos están poniendo su dieta de moda; se han colado entre el vegetarianismo, el crudiveganismo y demás regímenes alimentarios hoy populares ―y, sin duda, encomiables― y han conseguido que su menú se sirva en todas las casas y esté disponible en todos los canales.

En una sociedad justa, con una democracia consolidada, sería necesario ir más allá del voto cada cuatro años e interiorizar otros valores que nos permitieran una convivencia más plácida, más serena. Valores como la amabilidad, la magnanimidad, la responsabilidad, la escucha, la rectificación o la diplomacia, desprovistos de la corrección política y los tabúes ―del todo innecesarios―, pero revestidos de humildad y seriedad, deberían permitirnos avanzar con más rapidez en la materialización de nuevos derechos sociales y en el refuerzo de los ya obtenidos. El bien común está, en demasiadas ocasiones, en manos de amantes de los conflictos que acaban tomando decisiones contra él si así obtienen provecho para sí mismos o para sus partidos. ¿Queremos convencer con el insulto, la humillación y el grito? Cambiemos de dieta.


Aníbal Martín
Candidato al Ayuntamiento de Barcelona y al Parlamento Europeo por Actúa

 

 


 


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