Uno de tantos mitos sobre la inmigración es creer que llegan más migrantes que nunca, un hecho que se desmonta fácilmente contrastando datos. Lo que sí ha aumentado en los últimos años es el número de niños y niñas migrantes no acompañados, un colectivo especialmente vulnerable.

El número de menores migrantes no acompañados que han sido tutelados en España ha aumentado más de un 60 % desde 2015. Así lo señala el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF).

En concreto, en marzo de 2018 la cifra oficial era de 6456 menores no acompañados. Un número bajo en comparación con países como Alemania. Allí se dio asilo a más de 70.000 niños solos entre 2015 y 2017. Pero la cifra de menores no acompañados en nuestro país es igualmente preocupante, ya que hablamos de un colectivo extremadamente vulnerable.

En algunos casos los menores no acompañados han perdido a sus padres y en otros proceden de familias numerosas muy pobres que les embarcaron con la esperanza de que consiguieran un futuro mejor para todos o, sencillamente, se deshicieron de ellos.

Los efectos traumáticos del abandono

Los menores migrantes no acompañados son especialmente vulnerables, traen a sus espaldas historias traumáticas y se encuentran solos, rodeados de desconocidos, en un entorno extraño y con un lenguaje que no comprenden. Lo mismo ocurre con aquellos niños y niñas migrantes que son separados a la fuerza de sus seres queridos en la frontera, como ocurría hasta hace poco en Estados Unidos.

No debemos subestimar los efectos traumáticos de estos niños. El Colegio Oficial de Psicólogos de Madrid, en su Guía para la Intervención con Inmigrantes y Refugiados, recoge un amplio abanico de posibilidades. Las consecuencias de la migración en la infancia van desde el miedo a quedarse solos hasta el enfado, la hipervigilancia, pesadillas, falta de concentración, sentimiento de culpa, tristeza, rechazo a los desconocidos… y un largo etcétera.

Es prioritario que los menores migrantes se sientan seguros y protegidos, no desatendidos y olvidados, como ocurría en la frontera de EE.UU. o en la valla de Melilla. No olvidemos nunca que solo son niños y niñas. Es necesario escuchar y proporcionarles herramientas para que puedan expresar libremente sus emociones. Tener una rutina les ayudará a adaptarse progresivamente a la nueva situación y les será también muy útil poder hablar y jugar con otros niños.

 

Menores migrantes en España

Los niños y niñas que viajan solos son responsabilidad de la Comunidad Autónoma. Y una de sus primeras medidas es comprobar que son menores mediante distintas pruebas médicas. Adolescentes o preadolescentes son a menudo, debido a su aspecto físico, confundidos con adultos.

Los menores migrantes de los que se acredita su minoría de edad son devueltos a su país solo si se consigue confirmar la existencia de familiares que tengan capacidad e intención de hacerse cargo de ellos, cosa que pocas veces ocurre. En la mayoría de los casos pasan a un centro temporal, y después a una familia de acogida o un piso atendido por profesionales, todo esto en teoría, ya que en la práctica, los recursos destinados no siempre son suficientes.

Existen residencias sin las condiciones necesarias para atender a los menores migrantes y fallos en los protocolos destinados a garantizar su tutela debido a la falta de inversión, por lo que muchos menores no acompañados acaban viviendo en la calle, un hecho que debería avergonzarnos si nos consideramos una sociedad avanzada.

La vida en la calle implica un mayor riesgo de que niñas y niños migrantes acaben en manos de las mafias o redes de trata y, obviamente, es un caldo de cultivo para que desarrollen comportamientos de riesgo, o para que empeore su estado emocional, físico y psicológico. Los menores migrantes que acaban en la calle no reciben educación ni una alimentación adecuada, lo que frena por completo su desarrollo integral y limit exponencialmente a sus posibilidades de futuro.

 


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