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Xoán Bascuas

Dos datos del tablero político del Reino de España lo hacen muy particular en el contexto del conjunto de Europa: la inexistencia  de una extrema derecha con representación parlamentaria propia y la ausencia de un discurso populista de derechas. Incluso hay quien argumenta que estas dos pretendidas excepciones convierten al escenario hispánico en un espacio más democrático que en otros lugares del Viejo Continente. 

La realidad es muy diferente. Sostengo que el populismo de derechas no se ha marchado nunca del Reino de España. Que hemos convivido siempre con él, hasta el punto de entender como normal su presencia. Que estamos tan habituados a este fenómeno, que hasta hacemos bromas, le damos el hilarante nombre de cuñadismo, llegando a rozar la banalización de sus ideas. Esto es, el populismo de derechas en España es diferente. 

el populismo de derechas no se ha marchado nunca del Reino de España

Obsérvese la agenda mediática y comunicativa de los últimos días (si es que el procès nos lo permite). Los temas centrales son: la prisión permanente revisable (eufemismo de cadena perpetua); la gran propuesta de la orange ambition de eliminar de facto la cooficialidad de los idiomas en las administraciones del Reino que no sean el castellano; y el contraataque del Gobierno en aprovechar las bondades de la aplicación del artículo 155 para españolizar a las criaturas catalanas en edad escolar.  

En el Reino de España el populismo de derechas navega bajo la falsa bandera del constitucionalismo, incluso para atacar a los propios preceptos constitucionales. Y la verdad es que están teniendo éxito por dos motivos: primero, porque el populismo de derechas no es defendido por un partido o varios que se identifiquen expresamente con ese ideario; y segundo, porque los unionistas, uniformizadores, los asimilacionistas, han conseguido que una cierta idea de España sea más importante que la propia Constitución.

Así se defiende un modelo de prisión que ataca frontalmente al precepto constitucional de la reinserción; se distorsiona la idea de cooficialidad de los idiomas, cuando no puede haber el mismo rango legal si no son tratados igualmente por la ley; se habla de ilegalizar partidos por sus ideas, pateando la garganta básica de la democracia misma, que no es otra que la pluralidad ideológica; se introduce el debate sobre las noticias falsas y el uso indebido de las redes sociales como pretendida coartada para el recorte del derecho de la libertad de expresión; por no hablar del principio constitucional de igualdad, en los tiempos en los que se le regala el título de feminazi a cualquier mujer que denuncie la brecha salarial, la cosificación de su cuerpo, o al rol que se merecen en el marco de las relaciones laborales o incluso de las afectivas. 

El populismo de derechas no necesita un único partido propio. Si han llegado a convertir la etiqueta “constitucionalismo” en su eufemismo preferido, habrá que localizar el populismo de derechas entre los partidos a los que se le llena la boca con el constitucionalismo. Y veremos que si originalmente habitaba una piel azul, hoy tiene motas del color capilar de Trump. Pero, lo que es más triste, ese populismo de derechas ya es transversal, y también tiene residencia en la izquierda española. 

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