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Sandra Díez Guerrero
Asamblea Abolicionista de Madrid


La primera Marcha Abolicionista de España, convocada por Mujeres por la Abolición y en la que estuvo presente la Asamblea Abolicionista de Madrid, pisó el pasado sábado Barcelona para exigir el fin de la explotación sexual de las mujeres: la abolición de la prostitución, y, por supuesto, de los vientres de alquiler. Durante cerca de dos horas, más de 200 personas marcharon para denunciar la violencia extrema a la que se somete a la mitad de la humanidad por el mero hecho de nacer mujeres.

Aunque la lucha por la abolición de la prostitución es uno de los frentes principales de acción del feminismo, las mujeres de todo el mundo se percataron hace tiempo del peligro que suponía este “nuevo” intento por legitimar la mercantilización de los cuerpos de las mujeres que son los vientres de alquiler, como así lo constató el nacimiento de grupos como No somo vasijas, StopVientresdeAlquiler o la Red Estatal Contra el Alquiler de Vientres. Y efectivamente, la mal llamada gestación subrogada se ha convertido en una de las principales amenazas a la que las feministas de todo el mundo deben enfrentarse.

El pasado 26 de de abril la Universidad Carlos III de Madrid acogió un Congreso de Derecho Internacional Privado sobre la gestación subrogada, desde una postura favorable y carente de cualquier intención de crítica o que incluyera una perspectiva de género. Además, el acto estaba financiado con Fondos de la Unidad de Igualdad y sin la aprobación del Instituto de Estudios de Género, órgano independiente instalado en la universidad y experto en estas cuestiones. La Asamblea Abolicionista de Madrid convocó, en un tiempo récord, una cacerolada a modo de protesta a la que se unieron decenas de mujeres.

El congreso se anunció en twitter junto a una fotografía de un vientre con un código de barras estampado. No hay, sin duda, mejor manera de ilustrar la cosificación a la que se somete a las mujeres cuando se habla de legalizar esta práctica, aunque resulta aterrador que desde una universidad pública se promocione una práctica que los propios organizadores relacionan con la mercantilización de mujeres y bebés. La imagen fue eliminada más tarde. La Universidad Complutense estuvo a punto de acoger hace unos meses otras jornadas sobre gestación subrogada. Finalmente lo cancelaron, pero una serie de personas publicaron una carta en la que protestan contra la suspensión del acto. En ella acusan de “feminismo integrista” a quienes se manifiestan en contra de esta práctica.

Hay voces que sostienen que ir en contra de este tipo de actos es atentar contra la libertad de pensamiento y de investigación que caracterizan al entorno universitario. Pero parece que olvidan que la libertad de expresión no está por encima de los derechos humanos. Nadie organizaría unas jornadas para debatir sobre la necesidad de regular la esclavitud. Las prácticas que pretenden poner en entredicho los derechos logrados por las mujeres no son objeto de debate, y está demostrado que los vientres de alquiler son una práctica que fomenta un lucrativo negocio con la explotación de los cuerpos de las mujeres, que son reducidas a meras vasijas.

Desde una ideología mercantilista, neoliberal, aliada a la dominación patriarcal, se ha esgrimido una campaña que convierte a las mujeres y a los bebés en mercancía, que pone sus vidas al servicio de un contrato que cercena derechos fundamentales, como son el derecho al aborto o a la filiación materna. Con la disculpa del (falso) “altruismo” de gestar para otros o la “libre elección” se omite todo el contexto que envuelve a las madres que han sido vientres de alquiler.

Ucrania se ha convertido en el paraíso del turismo reproductivo. Los telediarios y programas informativos llevan semanas en contacto con algunas de las parejas que acudieron allí para alquilar el vientre de una mujer ucraniana y ahora no pueden regresar con los bebés. Estas personas, que son presentadas como víctimas, eran conscientes cuando empezaron el proceso de que las autoridades españolas no se harían cargo de las consecuencias de una práctica ilegal en nuestro país, como bien se indica en la página del Ministerio de Asuntos Exteriores, Unión Europea y Cooperación.

Ucrania es uno de los países con las rentas más bajas de Europa (el salario medio ronda solo los 230 euros). Es evidente, pues, que las mujeres que alquilan su vientre lo hacen por necesidad. El tema cobró relevancia el pasado verano, cuando Biotexcom, una de las clínicas ucranianas más solicitadas, fue investigada por tráfico de bebés, de órganos, fraude en las fecundaciones y delito fiscal. Pero antes de que esto se destapara, las “granjas” de mujeres que existen en Ucrania ya eran conocidas. Pese a ellos, hombres y mujeres de todo el mundo todavía acuden al país a alquilar los vientres de mujeres que viven su embarazo encerradas y son controladas a cada momento. ¿Quiénes son las víctimas aquí?

Estados Unidos es otro de los destinos más elegidos, aunque el precio aumenta enormemente. El discurso a favor de esta práctica insiste en presentar los casos como “altruistas” y un acto de “solidaridad”. En el país norteamericano, una operación de apendicitis ronda los 36.000 euros y los estudiantes universitarios finalizan sus carreras con deudas altísimas. De nuevo, es la necesidad la que lleva a las mujeres a gestar y parir bebés para otras personas.

Ciudadanos es el único partido en nuestro país que se posiciona a favor de la legalización, con una propuesta de ley que recoge la irrevocabilidad de la decisión de la madre. Ellos mismos, ante la imposibilidad de defender la práctica sin caer en lógicas mercantilistas, han llegado a citar a Uber y Cabify cuando debatían sobre los vientres de alquiler, como hizo Arrimadas en el cara a cara con Montero en el programa Salvados.

Margaret Atwood nos estremeció en El Cuento de la Criada con una sociedad distópica en la que las mujeres eran convertidas en esclavas reproductivas. Retenidas, desposeídas de todos sus derechos y violadas, cuando dan a luz a sus hijos son separadas de sus bebés porque los recién nacidos no les pertenecen. Es imposible no sentir un escalofrío cuando una ficción tan desalentadora para las mujeres tiene tantas similitudes con nuestra realidad.

Los niños robados que fueron arrebatados de los brazos de sus madres al nacer llevan décadas en busca de las mujeres de las que los separaron. El Grupo de Opinión del Observatorio de Bioética y Derecho de la Universidad de Barcelona se pronunció el pasado febrero en contra de los vientres de alquiler, y una de las mayores preocupaciones del grupo de investigación fue precisamente el derecho de los nacidos “a conocer su origen”. ¿Querrán saber algún día estos bebés, cuando sean adultos, cuál es su verdadera procedencia?


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