Por Joaquín Araujo
Naturalista, escritor, director y presentador de series y documentales


Acaso la crisis más preocupante es la que queda resumida en esta frase escrita por Emilio Lledó.: «El ataque masivo de los medios de información sobre la conciencia individual nunca ha sido tan grande, pero nunca, como ahora, a pesar de las facilidades técnicas para expresarse, ha estado el  hombre tan silencioso y tan inerme. El análisis científico del lenguaje, en todas sus manifestaciones y usos, será un elemento esencial en la cultura del presente y de un largo futuro. Tal vez, la única defensa contra la barbarie».

Esta lucidez no puede estar quedando más silenciada precisamente porque los medios no comunican, solo informan y como entretener ya es religión, la más sagrada de todos los tiempos, desabastecen de responsabilidad a la inmensa mayoría. Pocos criterios realmente independientes afloran en los escenarios que pretenden que la actualidad sea lo que los poderes pretenden que sea.

Si el lenguaje verbal, abstracto y simbólico, este que usamos los humanos, está siendo desnutrido y hasta martirizado qué no pasará con los otros lenguajes de este mundo. Recordemos que la corrupción es también quitarle el sentido a las palabras, privatizarlas cuando son o eran el patrimonio más común, como tantas veces mantuvo Agustín García Calvo. De hecho poco llevan tan adelantado los informadores del poder, es decir casi todos, que un eterno e ilimitado eufemismo en lugar de un mínimo respeto al léxico convencional. A lo que se suma de forma despiadada la mentira, acaso la primera materia prima de la comunicación -si aún la podemos llamas así – convencional y masiva.

Pero hay otra, otras…

En el lado de las transparencias, las bellezas en libertad, los procesos naturales que dan la vida a los artificiales sucede lo que, como pocos, percibió el escritor sueco, premio Nobel, Tomas Transtomer

«Cansado de todos los que llegan con palabras

palabras pero no lenguaje,

parto hacia la isla cubierta de nieve.

Lo salvaje no tiene palabras.

Las páginas no escritas se ensanchan en todas

direcciones.

Me encuentro con huellas de pezuñas de corzo

en la nieve. 

Lenguaje pero no palabras.»

Algunos llevamos intentando comunicar esos lenguajes desde hace varios decenios. He llamado mil veces a mi oficio traductor del lenguaje de lo espontáneo. Pero, precisamente cuando está siendo desmantelado el nuestro y apenas se escucha más información que la política, económica y deportiva poco o nada es más silenciado que la expresión de los exteriores. Que la impresión que produce en quienes queremos dialogar y dialogamos con ellos.

Algunos estamos convencidos de que el mejor camino para no devorar al mundo es escucharlo. Porque esa es la verdadera dimensión de la crisis ambiental, que no sería posible si entendemos que la trama de tramas que es la Natura no solo tiene nuestra misma composición sino también nuestras mismas necesidades. Nosotros las satisfacemos usando las materias primas, los procesos y ciclos naturales que además de despilfarrar los acaparamos. Allá afuera se ha instalado la continuidad de la única forma posible: la reciprocidad; es decir de acuerdo con las más elementales leyes de la física.

En realidad se trata de un mínimo de elemental sensatez pues se trata de crear alianzas sentimentales con lo que también somos, es reconocer la procedencia, no solo la propia sino la de todo lo que precisamos. Cuando reconoces la procedencia y la pertenencia te perteneces y te reconoces. Comunicar lo que sucede en y le sucede a la Natura resulta imprescindible para afrontar la crisis ambiental. Topamos, eso sí con la dificultad mayúscula de que, en países como el nuestro, la inmensa mayor parte de los responsables de los medios -y especialmente los políticos- todo lo relacionado con el derredor y la crisis ambiental es un tema menor. Lástima porque en realidad es una demostración de ignorancia y poca sensibilidad. La física y la química, la astronomía y la geografía, la filosofía y, sobre todo, la poesía vienen demostrando, desde hace mucho, que la Natura es el tema mayor.

De ahí que, pese al incoloro mundo de las cifras y las encuestas, pese al descarado dominio del consumo, pese al tanto silenciar lo esencial, pese a los realistas -que demasiadas veces son solo ladrones del sentido de la vida- algunos no renunciamos a comunicar la vivacidad. Porque, además, de necesaria, invalorable e insustituible, la vida del planeta Tierra es el más bello espectáculo del universo. Vivir sin dialogar con la Vida tiene demasiado sinsentido.

GRACIAS Y QUE OTROS DIÁLOGOS OS ATALANTEN.