Julio Ortega Fraile
Decía Tolstoi que todos piensan en cambiar el mundo, pero nadie piensa en cambiarse a sí mismo, y como al final el mundo es nuestro entorno referido a cuanto concierne al ser humano, nada será diferente mientras nosotros sigamos siendo iguales.

No pocos hemos creído –o deseado creer, debería decir- que un virus con el poder de paralizar países y de entrar en nuestros cuerpos por unos ojos incapaces de verlo traería transformaciones para bien en nuestras reflexiones y comportamiento. Supongo que la idea surgía por eso de entender al fin que somos más vulnerables cuanto más distanciados y enfrentados, y que hay realidades dramáticas insobornables al dinero, la clase social o el poder. La segunda frase es cierta, pero la primera era un error.

Hay quienes durante una tragedia colectiva no dudan en poner en riesgo su vida por intentar salvar la de otros, y luego están aquellos que se valen del caos para saquear. Cuando se estaba hundiendo el Titanic hubo personas que pisaron cabezas de niños o ancianos para alcanzar un sitio en los botes, mientras que otras se ahogaron para que algunas viviesen. Chocar contra el glaciar y zozobrar no les hizo así, en ambos casos ya lo eran y posiblemente unos minutos antes unos y otros estarían tomando vino en un salón del barco y sería imposible distinguirlos, pero lo que aquel espantoso suceso consiguió fue que sacaran lo que ya llevaban dentro de sí antes de subirse al trasatlántico. Y con el coronavirus está ocurriendo algo similar.

Ladrones que se hacen pasar por médicos que realizan la prueba a domicilio, llaman a las casas y cuando les abren la puerta entran a robar.

Vecinos que cuelgan en los portales carteles “invitando” a abandonar su vivienda hasta que todo pase a quienes por su trabajo deben salir cada día de ella.

Ciudadanos que llaman a la policía porque una madre está dando un pequeño paseo con su hijo autista.

Periodistas -¿periodistas?- que fabrican o difunden a sabiendas bulos para en tiempos de pandemia servir a los intereses de sus amos al igual que lo hacían cuando no la había.

Cazadores que aprovechan imágenes de animales –a veces inventadas- cerca de núcleos urbanos para exigir que se les deje seguir matando ahora y justificar que a partir de esto se pueda disparar a más especies y en mayor cantidad.

Taurinos afirmando que son cultura deseable y exigiendo dinero –quiero decir más, porque nunca han dejado de recibirlo- para que la tauromaquia pueda subsistir sin que se estén celebrando espectáculos de tortura. Por cierto: ¿ya se ha extinguido el toro por culpa de todo este tiempo sin corridas?

Políticos carroñeros que hoy están utilizando a estos muertos del mismo modo que ayer usaban a otros para en vez de aportar soluciones abrirse paso al poder a golpe de embuste, odio y miedo…

Y en el otro lado ciudadanas y ciudadanos atendiéndonos al resto en los supermercados para que no nos falte lo esencial, o repartidores con salarios de hambre llevando los pedidos a las casas.

Excesos aparte, que existen y son reprobables, policía vigilando las calles u operarios de limpieza en ellas o en edificios tratando de eliminar posibles focos de contagio.

Trabajadoras y trabajadores sociales tramitando ayudas y teniendo que saber distinguir entre aquellas que son realmente necesarias y las que nacen de la picaresca más egoísta, insolidaria y ruin.

Conductores de cualquier medio de transporte público llevando a la gente esté o no justificado su desplazamiento.

Personal sanitario cuidando de pacientes en hospitales y de ancianos en residencias, o voluntarias y voluntarios poniendo alimento en las colonias felinas…

En la película Orígenes uno de los personajes pregunta: “¿Qué harías si algo espiritual contradijese tus creencias científicas?” Estos días la realidad nos está demostrando que podemos vivir sin cosas que nos parecían imprescindibles; que sea cual sea el lugar donde nació nadie está libre de verse atrapado por la desgracia; que todos queremos e intentamos salvarnos de ella; que la solidaridad es necesaria; que restar en ciertos servicios básicos trae como resultado sumar cadáveres; que estamos mucho más indefensos en esta batalla global contra un adversario que debiera ser común si se aprovechan la confusión, la indefensión y el temor para la contienda de guerrillas.

Sí, la realidad nos está dejando muy claro cuál es más allá de nuestras filias y fobias, de nuestras ambiciones, servidumbres o ignorancia, está contradiciendo buena parte de nuestras creencias, pero apunta a que esta vez tampoco seremos capaces de aprender la lección y que en la última página del coronavirus el epílogo será idéntico al prólogo: materialismo, rechazo al que viene de afuera con un drama en su mochila, egoísmo, maltrato de los derechos esenciales y de lo público en favor de lo privado, o puñaladas en la espalda en lugar de manos tendidas.

Somos muy necios, mucho, y eso no se pasa con mascarillas, guantes o lavándose las manos. Supongo que no existe vacuna contra la estupidez, aunque el ejemplo de tantas personas –casi siempre anónimas- que sí merecen la pena debería crearnos anticuerpos de inteligencia y empatía, pero el problema es que ninguno admitimos estar enfermo, siempre creemos que los insanos son los demás e inmutables en nuestro convencimiento el mundo no cambia: sólo nos va viendo pasar muy arrogantes con nuestra eterna idiotez a cuestas.