1. Poblaciones muy vulnerables

En todo Bangladesh, muchas comunidades empobrecidas afrontan una existencia precaria en entornos de hacinamiento, lo que las hace particularmente vulnerables a la COVID-19. Muchos bangladesíes viven en zonas urbanas y barriadas de chabolas densamente poblados y los refugiados rohingyas están atrapados en refugios pequeños y miserables, con hasta 10 miembros de la misma familia compartiendo una habitación.

Mantener la distancia física en estos entornos es casi imposible. En los campos de refugiados, alrededor de 860.000 rohingyas viven en solo 26 km2 de terreno en Cox’s Bazar, con un acceso deficiente a agua limpia o a jabón. Dependen de las distribuciones comunales de agua potable, alimentos y combustible, lo que significa que deben esperar horas en grandes grupos para recibirlos.

“La gente se siente frustrada con el consejo constante de lavarse las manos. Si solo tiene 11 litros por día, ¿cómo puede ser eso suficiente para lavarse las manos todo el tiempo?”, dice Richard Galpin, el experto en agua y saneamiento de Médicos Sin Fronteras.

Tras décadas de persecución en Myanmar, durante las cuales su acceso a la atención médica fue muy restringido, los rohingyas tienen una salud pobre y carecen a menudo de la protección de vacunas de rutina, lo que los hace particularmente vulnerables a las enfermedades infecciosas.

Antes de la COVID-19, alrededor del 30% de los pacientes que trataban en los campos de refugiados presentaban afecciones del tracto respiratorio, como falta de aliento. Esto los sitúa en un grupo de riesgo para esta nueva enfermedad.

2. Mantener los servicios esenciales y el acceso a la asistencia

Parte de la capacidad dentro del servicio de salud se está redirigiendo para hacer frente a la propagación del nuevo coronavirus y la respuesta humanitaria se ha reducido significativamente. Sin embargo, las madres continuarán dando a luz, los niños se enfermarán de diarrea y los pacientes crónicos seguirán necesitando medicamentos. Es crucial que se mantengan las actividades esenciales que salvan vidas.

Las restricciones de viaje, clave para limitar la propagación de la COVID-19, están afectando en el acceso a la atención médica. Es mucho más difícil para las personas con enfermedades «invisibles» demostrar que están enfermas y son elegibles para viajar a las instalaciones para recibir tratamiento. Las personas que padecen trastornos psiquiátricos o enfermedades no transmisibles, como la diabetes, pueden parecer saludables, pero si se interrumpen sus tratamientos corren el riesgo de regresión y reaparición de síntomas severos.

Para los rohingyas, el inicio de las fuertes lluvias monzónicas en el próximo mes significa que el riesgo de brotes de enfermedades transmitidas por el agua, como el cólera, aumentará. Mantener funcionando la infraestructura de agua y saneamiento para una población tan grande es un desafío aún mayor en el marco de restricciones actuales. Las letrinas deben limpiarse y las redes de agua deben mantenerse y repararse. Todo esto requiere de suministros, materiales y mano de obra, que ahora mismo son limitados.

3. Erosión de la confianza

A través de las experiencias de Médicos Sin Fronteras en otros brotes de enfermedades infecciosas, han aprendido lo crucial que es involucrar y educar a las comunidades en las que trabajan para poder ayudar. Esto es vital para garantizar que entiendan cómo protegerse, abordar los rumores y reducir el miedo, y conferir a la gente una sensación de control. Las comunidades de Bangladesh y los rohingyas están comprensiblemente asustados. Los rumores y la información errónea pueden propagarse tan rápido como el virus.

El miedo mantiene a las personas que necesitan tratamientos esenciales que no son de COVID-19 lejos de sus clínicas. En las últimas semanas, han visto un marcado descenso en las consultas. En el hospital de Kutupalong, en Cox’s Bazar, suelen atender cada día a entre 80 y 100 pacientes por apósitos para heridas. Muchas tienen heridas crónicas, que necesitan limpieza y vendaje cada dos o tres días. En la actualidad reciben solo unos 30 pacientes por día. Si no se renuevan los apósitos se corre el riesgo de infecciones, sepsis e incluso la muerte.

Los equipos de promoción de salud de Médicos Sin Fronteras en los campamentos y las aldeas vecinas de Bangladesh están trabajando para compartir consejos sobre cómo prevenir la propagación de la COVID-19. Para evitar reunir a las personas en grupos, van de casa en casa, hablando con las familias.

Han producido videos cortos para que la gente los comparta a través de bluetooth, dadas las restricciones de acceso a Internet. También están trabajando con líderes comunitarios y religiosos para ayudar a propagar mensajes de salud mediante el boca en boca y han organizando recorridos por sus instalaciones de aislamiento para generar confianza con las comunidades.

4. Protección de los trabajadores de primera línea

Los trabajadores de la salud se encuentran en la primera línea de la respuesta a la COVID-19. Sin ellos, no hay forma de combatir esta crisis de salud o abordar otras necesidades médicas.

En Bangladesh, como en otras partes del mundo, se enfrentan a la escasez de equipos de protección personal (EPI) esenciales, como máscaras, batas, gafas y guantes. Los trabajadores de la salud son el grupo con mayor riesgo de contraer la enfermedad. Aunque no expondrán a su personal a riesgos innecesarios de infección, esta situación afectará el trabajo que puedan hacer.

«Las limitaciones determinarán nuestra capacidad para responder al brote de COVID-19, así como a nuestra capacidad para mantener las actividades médicas ordinarias», dice Muriel Boursier, su coordinadora general en Bangladesh. «Esta incertidumbre y no tener la garantía de que podamos mantener el compromiso con nuestros pacientes es una gran presión para el equipo».

Si bien han sido testigos de muestras inspiradoras de solidaridad con los trabajadores situados en primera línea en todo el mundo, también han visto que el miedo impulsa comportamientos estigmatizadores y crueles. Bangladesh no ha estado exento de estas situaciones. Parte de su personal ha recibido abusos verbales o amenazas por parte de comunidades temerosas y otros se han enfrentado a desalojos por parte de propietarios que no están dispuestos a alquilar viviendas a personal de primera línea.

Si los trabajadores de la salud se sienten inseguros o sin apoyo para hacer su trabajo, no puede haber una respuesta seria a la COVID-19.

5. Manejo de pacientes con COVID-19

MSF ha creado salas de aislamiento en todas sus instalaciones médicas en Cox’s Bazar y están preparando dos centros de tratamiento dedicados. En total, han puesto a disposición 300 camas de aislamiento, pero esto es solo una fracción de la capacidad necesaria si hay un brote generalizado en la comunidad rohingya. Sus clínicas en los campos de refugiados no pueden tratar casos severos debido a la falta de ventiladores y a la disponibilidad limitada de oxígeno concentrado.

Aumentar su respuesta en esta pandemia ha significado un esfuerzo de reclutamiento masivo de personal local de Bangladesh. También necesitan experiencia internacional, pero las restricciones para viajar a Bangladesh significan que alrededor de un tercio de su personal internacional destinado a ser desplegado en esta crisis se encuentran actualmente fuera del país, lo que limita severamente su capacidad.

La necesidad de personal médico, como médicos y enfermeras, es clara, pero se necesitan muchos otros perfiles. Necesitan gente que administre sus hospitales, especialistas en logística para garantizar que tengan suministros médicos de calidad, y muchos más. Han contratado una flota de autobuses para transportar a cientos de empleados a hospitales y clínicas de MSF en Cox’s Bazar, un ejercicio logístico diario enorme y que consume mucho tiempo.

Trabajan a contrarreloj a pesar de estas dificultades. Para tener una oportunidad realista de abordar COVID-19 entre las comunidades más vulnerables de Bangladesh, todos los actores y autoridades sanitarias deben trabajar juntos y ser solidarios.

Médicos Sin Fronteras