La lira tuvo su mayor devaluación desde el 2001. Entre el 8 y el 13 de agosto la moneda se devaluó un 30%. Actualmente, el tipo de cambio se ubica en 6,1 liras por dólar, un 53% por encima de su valor de abril, cuando cotizaba a 4 liras por dólar. La moneda de Turquía comenzó un proceso de depreciación sostenida desde el cuarto mes del año, que se profundizó en las últimas semanas. La devaluación estuvo marcada por un éxodo de capitales y la volatilidad financiera.

Evolución de la lira turca frente al Dólar

Cuatro cuestiones se conjugaron para explicar esta dinámica:

1- Impacto del cambio de la política monetaria estadounidense.

El mundo se encuentra expectante ante las subas de la tasa de interés que anunció Estados Unidos. En un mundo caracterizado por la existencia de un ciclo financiero global, las decisiones sobre esta variable impactan a nivel global. Una muestra de sus efectos se vieron a fines de abril de este año, cuando la tasa del bono a 10 años del Tesoro norteamericano superó la barrera del 3%. Por este motivo, al mes siguiente se registró una salida neta de 15.000 millones de dólares de los países emergentes. En efecto, un aumento de los rendimientos en Estados Unidos estimulan la salida de capitales de países “más riesgosos”. Fue en ese momento que comenzó el proceso de devaluación de la lira turca. Si bien cabe destacar que el dólar se encuentra en una tendencia a la apreciación con el resto de las monedas, en los últimos cuatro meses el Índice Dólar se apreció un 7% y la desvalorización de la moneda turca fue mucho más acentuada.

2- Fragilidades de la economía.

Turquía es particularmente vulnerable a cambios en las condiciones financieras internacionales por su elevada fragilidad externa. Dos indicadores dan cuenta de esto. El primero es el déficit de Cuenta Corriente, el cual se ubica en 5,4% del PIB según la Agencia Bloomberg. Esta cifra es superior a la de cualquier país de un tamaño económico similar. A su vez, la ratio de deuda externa de corto plazo sobre reservas internacionales se ubica en 0,52, según el FMI. Este valor es uno de los más bajos entre los países emergentes. Ambas variables colocan a Turquía en una situación de extrema vulnerabilidad externa ya que el país afronta una gran salida de divisas sin reservas internacionales sólidas. Por tal motivo incrementa la dependencia hacia los capitales financieros como forma de financiar estos pagos.

3- Medidas internas.

En el marco de una elevada dependencia de los capitales financieros, éstos reclamaron un aumento de las tasas de interés. El presidente Erdogan decidió hacer caso omiso a este pedido y mantuvo estable esta variable para no afectar la actividad económica. Incluso llegó a calificar a la suba de la tasa de interés como “un instrumento de explotación que hace a los pobres más pobres y a los ricos más ricos”. El mercado penó al país por no aceptar sus deseos y dejó en evidencia la limitación a la autonomía de política económica resultante de financiarse por la cuenta financiera.

4- Conflicto con Estados Unidos.

En dicho contexto, Turquía se encuentra en un conflicto abierto con Estados Unidos a raíz de la detención del pastor estadounidense, Andrew Burston, en suelo turco. Este motivo ya había derivado en sanciones a parte del gabinete de Erdogan y, durante la crisis económica, derivó en sanciones económicas que profundizaron aún más la devaluación de la lira. El 13 de agosto, en el marco del proceso devaluatorio, Trump anunció que duplicaría los aranceles al acero y al aluminio turco para llevarlos a valores de 20 y 50%. Esta medida estuvo precedida por el ya famoso tweet del presidente estadounidense donde aclaró que las “relaciones con Turquía no estaban en un buen momento.”[2] De esta manera quedó claro que el país no contaba con el respaldo de Estados Unidos ni de los organismos internacionales donde el país del norte es dominante.

El efecto contagio al resto de emergentes

Las tensiones observadas en Turquía encendieron las luces de alarma en distintas economías emergentes, desde las asiáticas hasta las latinoamericanas. La salida masiva de capitales de un país tiene efecto réplica en los mercados financieros de los países no desarrollados a través de distintos mecanismos. Las últimas décadas fueron testigo de varios episodios de este estilo.

El antecedente de la devaluación tailandesa en 1997 es la lección más interesante para recordar en este momento. A comienzo de julio de ese año, Tailandia anotó un movimiento brusco de su tipo de cambio, al pasar de 24 a 40 baths por dólar en una semana. Las deudas dolarizadas de las empresas y de los bancos subieron en sólo unos días de forma exponencial, y generaron el quiebre en la cadena de pagos y el anuncio de la bancarrota de distintos negocios.

La incertidumbre se apoderó de la región y la volatilidad comenzó a impactar en el resto de los países de la zona: Corea del Sur, Indonesia, Malasia, entre otros. Una de las principales características de esta crisis asiática fue que no sólo impactó en la región sino que se trasladó al resto de emergentes. En Latinoamérica, Argentina y Brasil fueron las más golpeadas.

Algunos autores llamaron a este episodio financiero de finales de los noventa “la primer gran crisis de la globalización”. Una de las principales consecuencias fue la reticencia de grandes inversores para seguir inyectando capitales a los mercados en desarrollo tras la caída del sudeste asiático. Esto provocó un fuerte impacto no sólo en activos financieros sino en la economía real.

La crisis turca de este año, por el momento, no se masificó en proporciones similares. Pero la amenaza está latente y ningún hacedor de política económica debería pasar por alto la situación. Los canales de transmisión son muy amplios y lo que empieza en el sector financiero termina provocando consecuencias en materia de empleo, producción y consumo.

Además de la salida de capitales por una mayor aversión al riesgo de invertir en países emergentes, uno de los mecanismos de contagio de la crisis de Turquía a economías como las latinoamericanas es a través del precio de los activos financieros. La situación se puede resumir en unos pocos puntos intuitivos:

  1. Los bancos y grandes fondos de inversión tienen parte de su portafolio global invertido en instrumentos financieros turcos.
  2. Tras haber registrado grandes pérdidas por esas apuestas, deben vender otros activos financieros de regiones emergentes, como América Latina, para rebalancear la posición global de sus carteras.
  3. Estas ventas provocan la caída del valor de acciones y bonos, incrementan el costo para conseguir financiamiento y aceleran la volatilidad.

Los principales indicadores bursátiles de la región latinoamericana mostraron un aumento de la tensión en lo que va de este mes.

  • El índice Bovespa de Brasil bajó un 3,9 por ciento,
  • El Merval de Buenos Aires cayó 10,7 por ciento,
  • El MexBol mexicano disminuyó 2,8 y
  • El SPBLT de Perú mermó 5,9 por ciento.

Estas caídas, que están medidas en la moneda local de cada país, se acentúan si se evalúan en dólares. Esto se debe a que el real brasileño se devaluó 2,2 por ciento este mes, al tiempo que el peso argentino lo hizo al 7,6 por ciento y el sol peruano al 1,1 por ciento. No fueron las únicas: Colombia registró una depreciación del 5,1 por ciento, Chile del 0,6 por ciento y Paraguay del 0,3. En el caso del peso mexicano hubo una apreciación en agosto del 0,8 por ciento.

Latinoamérica expuesta por la falta de solidez externa

El impacto sobre el precio de los activos financieros no es lo único que debería preocupar en la región. Latinoamérica se encuentra expuesta a un corte abrupto en el flujo de los capitales si ocurre una escalada de la crisis en Turquía.

Los analistas aseguran que si se complican los problemas turcos la situación puede ser nociva a nivel global. Esto se explica porque los bancos del Viejo Continente son algunos de los principales acreedores de la deuda turca.

La quiebra de los bancos europeos, si bien tendría consecuencias impredecibles a nivel global generará, con una elevada probabilidad, un parate de tipo sudden stop en el ingreso de capitales a la región.

El principal problema en Latinoamérica es que no cuenta con indicadores de solidez externa suficientemente buenos como para enfrentar sin grandes sobresaltos una reversión en los flujos de capitales. Asimismo, los gobiernos no se encuentran tomando medidas macroprudenciales para prevenir sucesos de este estilo.

Las cuentas macroeconómicas hacen más vulnerables a América Latina. Al igual que ocurrió en Turquía en los últimos años, la mayor parte de los países de la región han financiado sus déficits de cuenta corriente con capitales financieros.

En efecto, puede mencionarse, incluso, que la economía turca ha tenido muchas similitudes con las economías latinoamericanas en los últimos años, en términos del proceso incompleto de industrialización y los tipos de crisis asociados con las reformas neoliberales en las últimas tres décadas. En este sentido, lo que sucedió en Turquía puede ser un reflejo de lo que puede ocurrir en la región.

Cuanto más dependan los países de la deuda y el ingreso de capitales, mayor es la exposición y el riesgo ante shocks internacionales. Al igual que en abril, un evento externo ahora derivó en la aceleración de las devaluaciones y en la caída de los precios financieros (acciones y bonos). Aún si la crisis turca se morigerara, los analistas ya se encuentran prediciendo cuáles serán los próximos sobresaltos de un sistema financiero que entró en una fase más compleja[3]. La región no está tomando los recaudos necesarios para proteger su mercado interno de estos eventos.

 

[1] http://www.celag.org/devaluaciones-america-latina-problema-local-o-externo/

[2] https://twitter.com/realDonaldTrump/status/1027899286586109955

[3] Las miradas ya apuntan a una potencial crisis de los bonos italianos y a los efectos del Brexit.

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