Javier Andaluz
Coordinador de Clima y Energía de Ecologistas en Acción


Mientras la humanidad sigue en el eterno consumo de combustibles fósiles y se vuelve a batir récord emisiones de gases de efecto invernadero en 2018, el planeta arde. Un incendio observable desde el espacio exterior, los cientos de miles de focos que se extiende desde el Ecuador hasta el Círculo Polar Ártico son literalmente las luces de emergencia del planeta. ¿Qué más señales necesitamos para frenar de forma inmediata nuestras emisiones?

Primero avisaron los mares mostrando las consecuencias de la continua absorción de nuestra porquería en forma de gases de efecto invernadero una acidificando y un calentamiento cada vez más rápido que amenaza todos los ecosistemas marinos. Pero este verano de 2019 está siendo un dramático tráiler de lo que se avecina. Lo anuncia con claridad la circulación atmosférica que regula el clima, a través de bloqueos ciclónicos que impulsan enormes masas de aire caliente al norte europeo provocando una ola de calor excepcional en regiones como Escandinavia, o con las conocidas como DANAS o gota fría cada vez más extensas, rápidas y con mayores precipitaciones. Se repite nuevamente un verano cálido, con un gran número de noches tropicales, donde el incremento de la temperatura no solo pone en riesgo la salud de todas las personas sino que incrementa la posibilidad de aparición de grandes incendios forestales.  Un desastre medio ambiental que se extiende a los bosques boreales en los que apenas existían incidentes de este tipo, mientras una gran parte de la región continúa liberando emisiones por la descongelación de los suelos helados de la tundra.

Estos incendios son el resultado de una larga tradición de depredación del planeta, cuyas raíces son tan viejas que resulta muy difícil encontrar un momento inicial de la separación de la naturaleza que somos. Desde la construcción de barcos hasta el continuo suicidio al que nos conduce nuestra dependencia al coche, la humanidad ha basado su idea de progreso en la degradación. 

Prueba de ello son las declaraciones del presidente Brasileño que durante meses han proclamado que el desarrollo de Brasil pasaba por la destrucción de la selva para su aprovechamiento ganadero y de cultivos para el forraje, junto con el silencio cómplice de muchos países de la región que han sido la llama que ha encendido la mecha. Aunque es obvio que no son responsables directos los más de 80.000 incendios forestales que han arrasado la selva amazónica durante este 2019, sus declaraciones violan de forma habitual el principio de servir al bien común en favor de la mercantilización del planeta. Una mercantilización que pasa obligatoriamente por la ocupación y destrucción de la selva, unido a la sistemática expropiación de los terrenos y los derechos de poblaciones indígenas. Nuevamente vemos como destrucción planetaria y violaciones de derechos son las caras de la moneda con la que se paga el desarrollo de un sistema económico suicida.

Una visión del mundo que será cara, no solo por la aceleración que supone hacia un agotamiento de los recursos para los que no existen alternativas, sino porque comprometen además el desarrollo de una economía sostenible dentro de los límites del planeta. Una ceguera que llega al esperpento de que para muchos de ellos el deshielo de Groenlandia solo es una nueva posibilidad de negocio. Obvian que la ciencia es clara o paramos esta emergencia ecológica (climática y de biodiversidad) o no existirá negocio posible.

En pleno siglo XXI y con la contundencia del último informe del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático, no discutimos con negacionistas, no malgastamos el tiempo en enseñar ciencia a magufos. Exigimos el cumplimiento de los tratados de Derechos Humanos, lo que pasa pedir las medidas necesarias para frenar el incendio del Amazonas, que son mucho más complejas que apagar los focos de fuego. Muchos de los terribles incendios forestales de este verano habrían sido evitables hace varias décadas si hubiésemos frenado el cambio climático, hoy son una realidad cada vez más frecuente y devastadora. Una responsabilidad que va más allá del gobierno de Bolsonaro y llega hasta los pequeños consumidores que mantienen estos sistemas de explotación.

En un mundo que arde la responsabilidad es asumir el estado de emergencia climática en el que vivimos. Eso implica en primer lugar reducir nuestras emisiones en un ritmo superior al 7% a nivel mundial, mientras paliamos las terribles consecuencias que nuestro modelo de producción y consumo ha provocado. Una enorme tarea que abarca desde cambios estructurales, legislativos, tecnológicos hasta actitudes individuales que implican dejar de colaborar con las grandes industrias agroalimentarias, dejar de usar los combustibles fósiles y cambiar a una escala más local, más cercana y humana. A este ritmo, cuando agotemos la última gota de petróleo no quedará nada que salvar.

Frente a esta cruel realidad es necesario que abramos los ojos, que dejemos atrás sentimientos de culpabilidad y de autojustificación. Existen soluciones que necesitamos poner en el centro del tablero que nos permiten frenar la crisis climática mitigando también las peores consecuencias. Miles de personas ya están organizándose para dar respuesta al reto, a través de proyectos colectivos como la economía social y solidaria, las cooperativas de consumo, las comunidades energéticas y de movilidad, … 

Una lucha que también está en las calles, ante la emergencia que vivimos no podemos seguir con nuestra vida normal sin tener garantías de que exista un futuro. El próximo 27 de septiembre en muchas calles, y ciudades del mundo saldremos para exigir compromisos a la altura capaces de frenar el cambio climático. Es necesario, que asumamos colectivamente la tarea de reducir nuestras emisiones en un 7 % anual, una necesidad que deben de satisfacer los gobernantes a través de sus capacidades legislativas. Pues bajo su responsabilidad está el bien común, para ello siglos de luchas sociales han dejado en sus manos muchas de las herramientas de las que que nos hemos dotado para regular la economía y al poder, sin embargo, están siendo usadas para rendirles pleitesía. En un país mediterráneo enormemente vulnerable al cambio climático sólo se puede defender el bien común y a la población siendo un ejemplo para exigir que no se supere un incremento de la temperatura global superior a 1,5 ºC, ya que de lo contrario estaremos asumiendo tácitamente la desertificación de una gran parte de la Península Ibérica.

Ni hay planeta B, ni plan B. El 27 de septiembre debe ser un día de compromiso, de convertirse en el servicio de extinción de incendios que el planeta necesita, por los derechos que conquistamos en un pasado, frente a las incertidumbres del presente y en la lucha de un futuro que merezca ser la pena vivido para todas. La solidaridad con los pueblos amazónicos, con los ecosistemas que perdemos y con aquellos que sufren una perpetua opresión debe ser el compromiso de hacer nuestra parte: tirar del freno de emergencia.

Vídeo Recomendado:

Deja un comentario