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Xoán Bascuas

Lo sé. El título puede parecer demasiado repetitivo. Y quizás sea eso lo que ha llamado tu atención. A lo mejor se podría haber solucionado con una simple pregunta:

¿Cuánta democracia estamos dispuestos a soportar?

Total, lo que pretendo averiguar es en qué momento una sociedad deja de ser democrática. Y no tiene una respuesta fácil. 

Sí, siempre puede aparecer esa persona erudita que enumere el clásico de la separación de poderes, el ejercicio de la soberanía popular, las elecciones libres y la pluralidad partidaria. Pero superado este kit básico, necesario pero no suficiente, quedan muchas cosas por valorar. ¿Es incompatible la pena de muerte con la idea de democracia? ¿Y si no hay una igualdad efectiva de derechos? ¿Y si la justicia no se imparte con equidad? 

En el Reino de España se pasó por una Transición. Y como se venía de una dictadura de casi 40 años (que se titulaba a sí misma como “democracia orgánica”), se suponía que el Estado y su sociedad se encaminaban hacia una democracia. El nuevo horizonte era un arco iris de libertades, en el que podías juntarte con quien quisieras, decir lo que quisieras, incluso publicarlo donde quisieras (bueno, más bien, donde quisieran). 

40 años después de aquellos otros 40 años parece que aquel arco iris no tenía tantos colorines. Aquella democracia era demasiado democrática para la democracia que nos querían dar. Así, a día de hoy, eso de decir lo que quieras, a quien quieras y como quieras ya no es posible. Hay personas que son inviolables, y que, por lo tanto son más ciudadanas que tú, y entonces ya no todos somos iguales, y unos pasan a ser más iguales que otros. Y por lo tanto, no puedes decir de ellas nada que pueda entenderse como ofensivo. Y tampoco la judicatura puede dispensarles un trato que a estas excelsas personalidades les pueda parecer ofensivo. Un poder judicial desastre y de sastre, que se confecciona a medida del cliente. Eso sí, con un hilván tan cutre que no convence ni a un alumno de primero de derecho: doctrina Parot, para los etarras, con carácter retroactivo, si puede ser; doctrina Botín, para salvarle el pellejo al banquero; doctrina Atutxa, para evitar que el vasco se acoja a la doctrina Botín; y la doctrina Infanta, para poder aplicarle la doctrina Botín sin la excepción que se le aplicó al expresidente del parlamento vasco. 

La democracia que se pretendía era demasiado democrática para una sociedad que aún tiene inoculada la sed de venganza. ¿Cómo redimir, reinsertar o aplicar cualquier tipo de justicia restaurativa a esa España del goyesco duelo a garrotazos? Cuando ya no existen estados en la Unión Europea con condenas más longevas que las que se aplican en este Reino, resulta que el poder legislativo español se inventa un eufemismo de la cadena perpetua. 

Y lo más curioso es que esta democracia demasiado democrática lo es para un gobierno con la mayoría parlamentaria más frágil e inestable que haya habido nunca, y que requiere de buscar apoyos de otras fuerzas políticas para sobrevivir. Pero el socio preferente resulta que es un adorador de Fernando VII, de los de Vivan las caenas, pero escrito en Twitter en vez de gritado por las calles y que sabe cómo conectar con nuestro yo del siglo XVIII. 

Van siendo horas de que pensemos cuán democrática es la democracia que queremos.

Nosotros. No ellos. 

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