Iria Bouzas

Una mujer guapa que quiera ganarse la vida, no debería tener problema para hacerlo

Este artículo hace mucho tiempo que lo tenía escrito pero la vergüenza y la rabia, me han hecho dejarlo durante años cogiendo polvo virtual en una carpeta del ordenador.

Pero por honradez y coherencia conmigo misma he decido hacerlo público porque hay historias que por mucho que nos cueste contar, deben ver la luz para que nos acerquen a aquellos que pueden estar necesitando conocerlas o a aquellos que deberían estar debatiéndolas.

No les voy a contar la historia de mi vida, porque es algo que solo me pertenece a mí y a aquellos con los que yo he decidido compartirla. Baste decir, para entender el contexto, que provengo de una familia muy humilde.

Como tantas otras familias, en la mía mejor o peor nunca faltó un plato de comida, hasta que la vida dejó de jugar con nosotros y directamente nos arrasó.

Cuando la vida te atropella, empiezas a ducharte una y otra vez con agua fría porque muchos días no puedes pagar una bombona.

Cuando la vida te atropella, te mareas mientras caminas por la calle porque dejas de comer caliente y a veces incluso, dejas de comer el número de veces en las que tu estómago te ruega que le premies con comida.

Puedo soportar el hambre y el frío, pero hay un embiste del universo que me parece imperdonable, porque cuando la vida te atropella se vuelve casi imposible permitirse el “lujo” de estudiar.

Los estudios para los pobres son una especie de bote salvavidas en el que subirse ellos o subir a las siguientes generaciones para conseguir ponerles a salvo de un destino que te obliga a pasarte la vida dejando romper las olas sobre ti.

Llegar a la universidad para mí lo suponía todo. Porque la gente como yo no va a la universidad. Desde siempre, toda la gente de buena voluntad que me rodeaba me  recomendaba hacer un curso de algo sencillo y ponerme a trabajar lo antes posible.

Pero yo quería estudiar por encima de todo. Quería estudiar porque estoy enamorada de los libros desde que aprendí a leer.

Necesitaba estudiar porque soñaba con que llegase el día en el que pudiera dedicarme a  contar historias, y para poder contar algunas cosas antes era imprescindible que aprendiese otras.

Pero la matrícula de la universidad para una persona a la que le ha arrollado la vida se puede convertir en algo totalmente insalvable.

Y en esas circunstancias, buscas ayuda. Y en esas circunstancias fue cuando una persona en la que confiaba y a la que respetaba, me ofreció una oportunidad profesional muy bien remunerada.
Al fin y al cabo, “con veintipocos, una mujer guapa que quiera ganarse la vida, no debería tener problema para hacerlo”..o eso me dijo.

Simplemente tenía que abrir la mochila con la que normalmente iba a clase, y allí en el fondo, guardar toda mi libertad y dejar que comprasen mi cuerpo en una oferta de 2X1 que llevaba de regalo también mi alma.

Me ofrecieron lo que para mí era una barbaridad de dinero, y mentiría si no admitiese que me lo llegué a plantear en serio. Aquel dinero me cubría un par de años o más de carrera y suponía no volver a ducharse con agua fría en mucho tiempo.

Al final dije que no por el sentimiento primario que te produce la prostitución cuando eres más joven: ¡asco!  Asco de sexo no deseado. Asco de un sudor y unos susurros que no quieres cerca de ti. Asco de convertir algo que debería ser luz en la peor de las oscuridades.

Lo que he sabido con los años, es que no habría sido solo asco lo que me habría producido todo aquello. Aquel dinero que en que momento parecía tanto, se habría llevado en resto de la juventud que viví después.

Aquel dinero me habría robado la libertad, habría devastado mi alegría, y se habría adueñado para siempre de una parte de mi alma.

Y ahora, cuando han pasado tantos años y cuando una parte de lo que hago cada día es plantearme cuestiones, yo me pregunto, ¿Dónde está entonces la supuesta libertad de las prostitutas?

Si tan libremente y con tanta alegría por parte de las mujeres se ejerce de puta, ¿por qué esperaron a a ofrecérmelo a mí al momento en el que me vieron más vulnerable y mas desesperada?

No veo discusión posible, no existe libertad real en ninguna elección que se haga con la pistola de la supervivencia apuntándonos a la cabeza.

Esta historia de mi vida solo la conocían los más íntimos porque siempre me ha dado vergüenza contarla. Me producía una vergüenza que no debería ser mía. Una vergüenza que debería ser de quien tiene la cobardía de intentar pisotearte cuando te encuentra de rodillas.

Me he decidido a publicarla ahora porque creo que desde el feminismo debemos seguir potenciando este debate. De forma serena y respetuosa pero también con la firmeza de saber que el Neoliberalismo galopante que nos invade, no puede terminar por fagocitarlo todo sin que le hagamos frente.

Como sociedad tergiversamos constantemente el concepto de libertad. Es más sencillo dejar a una persona abandonada a su suerte y luego, cuando tiene que vender su sexualidad, alquilar su útero o entregar su salud a cambio de cuatro monedas mal contadas que le permitan sobrevivir, abrimos el debate sobre su libertad para mercantilizarse y seguimos adelante sin preocuparnos de si esa persona ha muerto en vida solo porque le hemos negado un poco de ayuda.

Por cierto, mi historia tiene trampa. Yo no estuve sola para decir que no. En mi caso, hubo alguien que en vez de darme la espalda, me dio la mano y pude seguir adelante.

Por eso yo ahora, voy siempre con las manos tendidas.

 

 

 

4 Comentarios

  1. Una niña vio en una librería, una libreta que ponía en la cubierta lo siguiente: “El Otoño que rima bastante con no me toques el coño”. Le hizo mucha gracia y llevo la libreta a su clase. No tenia a su madre para tenderla una mano, y compró muchas más agendas similares a lo largo de su infancia y libros – con contenidos “risqué “- en su adolescencia. Cuando tuvo veinte años encontró normal pagarse sus estudios universitarios y ganarse la vida usando su belleza.

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