Juan Antonio Geraldes, Més País

Un proyecto para la mayoría que haga partícipe a la mayoría

Las elecciones pasadas nos dejan un panorama más radicalizado y fragmentado del que teníamos en abril. Lo que se aprecia es una subida de aquellas fuerzas que, ya sea en lo estético —como en el caso de Vox—, ya sea en lo programático, defienden una idea fuerte de soberanía. Una soberanía entendida, sobre todo, como una forma de protección frente a la incertidumbre y, en el caso de una sociedad (formal e ideológicamente tan individualizada como la nuestra), esta soberanía pasa al plano nacional. Karl Polanyi, en mi opinión uno de los mejores analistas de las sociedades occidentales del s. XX, ya apuntaba a un hecho fundamental para la conformación de mayorías hegemónicas en las sociedades occidentales. Este hecho es la búsqueda de protección de los distintos grupos sociales frente a la incertidumbre; y, en base a esa búsqueda de protección, la creación de alianzas estables: aquello que se denominó New Deal. Y para este tipo de grandes acuerdos es imprescindible la capacidad de ejercer control, de ejercer la soberanía.

La soberanía nacional ha sido el gran elemento de debate, y no es que la opinión pública esté desinformada; es que la mayoría de la gente intuye que la lucha por la soberanía es importante para garantizar un proyecto de vida a largo plazo. Creen que un mayor control sobre la soberanía les puede permitir un mayor control sobre el tiempo, es decir, sobre su futuro y sobre sus planes de vida. Y lo anterior se materializa mediante la reafirmación de unos como sujeto constituyente frente a otros o mediante la reclamación del derecho a serlo.

El concepto de soberanía se ha introducido en esta campaña en dos ejes: el central y el periférico. Por un lado, la soberanía como concepto aglutinador de una España indivisible, fuerte y capaz de proteger a los suyos frente a los grandes enemigos de la patria y, por extensión, del pueblo, como son (bajo su punto de vista interesado) la inmigración ilegal o la guerra comercial globalizada; y por otro lado, la soberanía promovida, por ejemplo, como la conformación de una república catalana. La defienden como la capacidad de proteger a los suyos frente a la incertidumbre política y económica y aseguran que permitiría una mejora sustancial en el despliegue de políticas públicas como la sanidad o educación, infraestructuras o protección laboral. Ambas propuestas han sido las opciones pujantes en las pasadas elecciones.

Existen entre ambas fuerzas, no obstante, connotaciones irreconciliables que nos impiden meterlas en el mismo saco. Por un lado, tenemos una fuerza con un importante elemento guerracivilista, como diría Alba Rico, y, por otro lado, una fuerza que de manera mayoritaria ha pretendido seguir un modelo democrático-civil. Sin embargo, hay algo sobre lo que no podemos tener dudas: el eje izquierda-derecha se ha visto superado por el concepto de soberanía.

Un mensaje que pueda ser percibido, aunque sea de manera involuntaria, como cosmopolita-globalista, es un mensaje con muy poco recorrido para una fuerza que pretenda ser popular. Por muy de izquierdas que pueda ser su programa y por muy avanzadas que sean las medidas sociales que plantea, sin un mensaje creíble, claro, y sencillo, cualquier fuerza transformadora perderá fuelle y se quedará como un actor marginal cuyo votante espera manifestar una opinión más que llevar a cabo un proyecto.

En realidad, asistimos a un declive de todas aquellas fuerzas que en algún momento de su recorrido han pretendido defender el paradigma soberanía nacional-democracia; es decir —siguiendo el famoso trilema de Rodrik (soberanía nacional/globalismo/democracia)—, de los partidos que debido a la lógica neoliberal de la actual Unión Europea se han demostrado incapaces de desarrollar aquello que defendían sus programas. El PSOE no ha sido una excepción, a pesar de la retórica izquierdista con la que Sánchez logró su resultado en abril, y en estas elecciones no solo no ha conseguido las holgadas mayorías que pretendía, sino que ha perdido tres escaños y la seguridad necesaria para seguir obrando de manera ajena al sentir de su base social.

Si miramos hacia casa, nuestro proyecto tiene que conseguir aunar proyectos soberanos y no perder de vista que la política no debería estar subordinada. El problema fundamental consiste en tener una política subalterna a una economía que bajo determinados supuestos técnicos nos deja totalmente expuestos. Los Estados gastan más que nunca, pero sus políticas son ineficaces porque parten de una situación de desventaja, y es que el capital ha ganado al trabajo. La distribución desigual de las rentas derivadas del trabajo y del capital han provocado lo que todos conocemos: desigualdad y precariedad.

En una sociedad formal e ideológicamente individualizada, pero repleta de contenidos a la carta que después misteriosamente acabamos consumiendo de manera incluso más homogénea que antes, las personas tienden a refugiarse en el último elemento aglutinante que les queda: la nación. En este sentido cabe señalar algo obvio: la confusión recurrente que se ha dado en España entre Estado y Nación. Nuestro país se encuentra aún en el proceso de crear el relato de España como nación, y la plurinacionalidad y el federalismo deben ser pilares fundamentales de ese relato. Se trata de una tarea ineludible y que pasa también por una Cataluña federada y plural. Se trata, además, de una tarea que encontrará una fuerte oposición en los defensores de los otros relatos, pero no por ello se ha de dejar de hacer. Esta tarea es la única salida viable que queda en un marco de regresión centralista autoritaria con connotaciones franquistas y revanchistas y una crisis agudizada del Estado de las autonomías. Desde 2015 venimos asistiendo al hundimiento del bipartidismo y a unas características de representación política completamente distintas en Cataluña, País Vasco y Navarra, donde PP y Vox reciben un apoyo minoritario. Mientras, por otro lado tenemos la reciente aparición de la CUP en la política estatal y el auge de EH Bildu y los partidos regionalistas.

Pero también necesitamos un proyecto que hable a la gente de los problemas que ve, detecta o percibe. No se trata de “hacer pedagogía” como una parte de la izquierda ha defendido, consiguiendo sencillamente que la gente se aleje. Se trata de afrontar temas como la inseguridad y dar una respuesta inequívoca, mandar mensajes claros. De entender que en los barrios populares existen mafias que extorsionan y ocupan pisos y que hay que combatirlas, y que eso no va en contra del derecho a la vivienda, sino todo lo contrario. De que hay grandes grupos especuladores que además utilizan sociedades pantalla. De que para hablar de un acuerdo industrial, para tener una economía más sólida y unos trabajos más estables, hemos de contar con aliados del sector. De abordar el uso de la tecnología y la información por parte de la ciudadanía y de las empresas tratando de obtener beneficios para la mayoría sin que sigan siendo una herramienta de control laboral y social. Queremos un proyecto para la mayoría, lo que implica hacer partícipes de nuestro proyecto a la mayoría.

No se trata, pues, de intentar reeditar un discurso poskeynesiano. Se trata de caminar hacia algo nuevo. La apuesta del Green New Deal —cuyo nombre no comparto precisamente por sus connotaciones de neokeynesianismo— puede ser una salida del punto muerto en el que nos encontramos. Puede ser un proyecto democratizador de procesos económicos, como la generación de energía con una dinámica menos estatalista. Puede trasladar funciones públicas hacia la política de proximidad, buscando formas más eficientes de facilitar bienes y servicios públicos al tiempo que la fiscalización por parte de la ciudadanía resulte más sencilla.

La defensa de aspectos tan cruciales como la transición ecológica, el feminismo o la justicia social —entendida, entre otras cosas, como progresividad fiscal— conllevará una batalla entre defensores de intereses contrapuestos; por ello, resulta esencial que nuestra postura venga reforzada por distintos actores de los planos social, asociativo, empresarial, sindical y mediático. Más País continuará su andadura por ese camino. Hemos entrado en el Congreso; ahora empezaremos a constituirnos como una organización que recoja y asuma las sensibilidades, problemáticas y contradicciones de nuestro pueblo.

Queremos un país moderno, más libre y respetuoso, verde, feminista y justo. Solo con Más País conseguiremos un proyecto de mayorías, plural y ganador.

El candidato Juan Antonio Geraldes
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