Rafael Silva


Nos hacen creer que vivimos en una especie de Tierra plana en la que podemos avanzar de manera infinita porque los recursos naturales son inagotables y la capacidad de absorción de la contaminación es ilimitada. Esto es una fantasía porque las leyes de la naturaleza, de la física, de la dinámica de los seres vivos nunca podremos cambiarlas, por grandes que sean nuestras ilusiones al respecto

(Jorge Riechmann)


No tenemos un planeta B. Sólo tenemos éste, donde habitamos y del que formamos parte. Nosotros, y el resto de seres vivos que lo poblamos. Nosotros y los ecosistemas naturales de los que nos nutrimos, y que nos proporcionan los recursos básicos para vivir: los alimentos, el aire, el agua, etc. Destrozar nuestro planeta poco a poco es la peor herencia que podemos dejarles a las subsiguientes generaciones que lo poblarán, si es que para entonces la Tierra sigue siendo un lugar habitable. De nosotros depende. Las nutrias, las morsas, los osos, los árboles, los ríos…los caballos, los perros, las ovejas, los mares, las montañas…Todos ellos/as no pueden hacer nada, sólo nosotros. A lo máximo que pueden aspirar es a adaptarse a las condiciones climáticas a las que nosotros, la especie humana, hagamos evolucionar el planeta. Nosotros lo estamos provocando, y sólo nosotros podemos frenarlo. Ya no podemos detenerlo, es demasiado tarde, pero las Conferencias de la ONU para el Cambio Climático (COP, Conferencias de las Partes), la COP24 en este caso, intentan concienciar a todo el mundo, reuniendo a los líderes de todos los países para que puedan aportar sus conclusiones y sus propuestas, y así poder llegar a un consenso y un compromiso sobre lo que debemos y podemos hacer.

Muchos intereses económicos entran en juego a la hora de adoptar compromisos de este tipo, sobre todo en lo concerniente a la eliminación progresiva de las emisiones de gases contaminantes para el medio ambiente. Los empleos, los recursos que se explotan, los modelos energéticos, los compromisos ya adoptados, etc., dibujan un panorama muy incierto, y es muy difícil poner de acuerdo a toda la comunidad internacional en un asunto que a todos nos concierne. Cada país examina sus dependencias, y propone sus propios planes, aspiraciones y plazos. De lo que se trata es de que entre todos seamos capaces de llegar al objetivo común propuesto en las cumbres anteriores. De lo contrario, no se avanzará. En este sentido, la 24 Cumbre del Clima se está celebrando (hasta el 14 de Diciembre) en la ciudad polaca de Katowice, y puede ser la última cita crucial que represente un antes y un después. Los expertos han dado un plazo de tan sólo 12 años hábiles, durante los cuales existe algún margen para intentar frenar la deriva del cambio climático. Un caos climático provocado por la ingente cantidad de emisiones de gases de efecto invernadero (GEI, tales como el CO2, metano, óxido nitroso…) que nuestra civilización industrial genera a través de su actividad. Fábricas, motores de vehículos, quema de residuos, y un largo etcétera de actividades fomentadas y creadas por el hombre, que hace décadas están haciendo que el planeta se sumerja en una incontrolable deriva hacia una desestabilización de sus ecosistemas naturales, que si no conseguimos detener, represente un colapso civilizatorio sin parangón, y haga inviable nuestra vida sobre la Tierra. Hace tres años, en la famosa Cumbre Climática de París (que se nos vendió como un hito histórico), sólo alcanzó declaraciones de intenciones, límites y necesidades, pero sin compromisos vinculantes. La mejor prueba de ello es que el Presidente estadounidense, Donald Trump (negacionista climático donde los haya), ha retirado a su país de dicho acuerdo, y ha vuelto a subvencionar a las industrias de los combustibles fósiles (petroleras, industrias del carbón, etc.).

Si los compromisos de la actual Cumbre Climática de Katowice no se respetan, si no se cumplen sus objetivos, definitivamente no seremos capaces de controlar la deriva, los efectos y las consecuencias que se desatarán por nuestra declarada incompetencia para frenar los perniciosos efectos de esta perversa civilización industrial. Por eso afirmamos que es nuestra última oportunidad. No tendremos otra. Dentro de poco más de una década será tarde. Y la comunidad internacional (países, dirigentes políticos, población, etc.) no posee aún la debida conciencia sobre la importancia de controlar el caos climático, así como la adaptación a una vida después del agotamiento de los combustibles fósiles. De ahí que sean tantos los llamamientos a acrecentar la transformación de nuestro modelo energético hacia las energías renovables, limpias y seguras. Y no todos los países lo están haciendo, al menos al ritmo y la velocidad debidas. Como siempre, los poderes económicos que se esconden detrás de las grandes corporaciones transnacionales son los que están frenando estas necesarias transformaciones, sobre todo aquéllas que tienen su negocio en los modelos energéticos obsoletos.

Y bajo este contexto se celebra la 24 Cumbre del Clima, con los deberes aún sin finalizar, y las voluntades muy poco determinadas. Esta Cumbre también ha de cerrar un reglamento consensuado para el Acuerdo de París (2015), y conseguir mayores retos en los compromisos climáticos por parte de todos los actores internacionales. No tendremos más oportunidades para controlar de forma decidida el calentamiento global con un margen razonable. El Acuerdo de París sólo definió la meta, pero no estamos en la carrera para alcanzarla. Paradójicamente, esta Cumbre se celebra en una de las regiones mineras más importantes del mundo, y en uno de los países (Polonia) menos proclives a los procesos de descarbonización. Nuestro país ha planteado una hoja de ruta hacia la “Transición justa” definiendo metas y objetivos cuantificables hasta el año 2050. El Acuerdo de París entrará en vigor en 2020 (año en que expira el anterior Protocolo de Kioto), y para entonces debe estar cerrado el plan para su cumplimiento, así como la estrategia a seguir para culminarlo con éxito. El objetivo de evitar que la temperatura media del planeta aumente más de 2 grados a finales de siglo está establecido (intentando no sobrepasar los 1,5ºC), pero la estrategia detallada para conseguirlo es lo que hay que desarrollar. París declaró la meta, y Katowice tiene que desarrollar la letra pequeña, la normativa detallada para su consecución.

Han de ser descritas una serie de normas homogéneas para todos los países firmantes, claras y estrictas, y de su cumplimiento dependerá poder alcanzar la meta establecida. El conjunto de la Unión Europea se ha comprometido a una rebaja del 40% de sus emisiones para el año 2030, pero no todos los países están en esa línea. El protocolo surgido de Katowice deberá desarrollar una norma común para todos. Necesitamos habilitar mecanismos que permitan comprobar el avance en los compromisos de todos los países, así como desarrollar las normas relativas a la financiación, que ya desde el Acuerdo de París garantizaron que los países con menos recursos y más vulnerables al cambio climático recibirían mayores fondos para poder adaptarse. El más reciente Informe de la ONU publicado esta misma semana advertía que hace falta quintuplicar los esfuerzos a nivel mundial para alcanzar el objetivo de emisiones cero para 2050. Para poder cumplirlo hace falta una mayor altura de miras, una mayor dosis de responsabilidad y de valentía, así como una mayor ambición de la mostrada hasta ahora. ¿Seremos capaces?

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Soy un malagueño de izquierdas, enamorado de los animales, y de mi profesión, la enseñanza. Soy profesor de nuevas tecnologías y crítico de las mismas, sobre todo de los cursos de F.P.O. (Formación Profesional Ocupacional) de la Junta de Andalucía. Me hice analista político ante la terrible deriva del capitalismo de nuestro tiempo, ante la necesidad de alzar la voz ante las injusticias, ante las desigualdades, ante la hipocresía, ante la indiferencia, ante la pasividad, ante la alienación. Sentí la necesidad vital de aportar mis puntos de vista, mi bagaje personal, y de contribuir con mi granito de arena a cambiar este injusto sistema.

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