Luis Rico García-Amado
Coordinador de Ecologistas en Acción

En septiembre de 2015, una vez concluida la Agenda del Milenio, que trataba de alcanzar 8 objetivos a escala planetaria, se aprobó en el seno de la ONU la Agenda 2030, que se marcaba la necesidad del cumplimiento de 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) para los siguientes 15 años. Con los ODS se trata de poner remedio a los principales problemas sociales y ambientales globales, desde el cambio climático o la pérdida de biodiversidad a la desigualdad económica y de género.

Los ODS no están exentos de polémica pues tienen algunas virtudes, pero también albergan riesgos importantes. Los ODS tienen la virtud de reconocer los principales problemas sociales y ambientales a los que se enfrenta la humanidad en el s.XXI, desde el cambio climático o la pérdida de biodiversidad a las desigualdades económicas o de género. Hay que celebrar que existan acuerdos globales que nombren los principales problemas a los que nos enfrentamos como especie en este siglo y se haga un ejercicio de pensar sus soluciones. Los problemas globales requieren acuerdos globales. También es un hecho positivo el mayor detalle que alcanzan algunos ODS frente a los de la Agenda del Milenio, al haber objetivos específicos para la desigualdad, la gestión de los ecosistemas marinos y terrestres, la equidad de género o la producción y el consumo responsables.

Sin embargo, alarma que en el discurso de la Agenda 2030 no exista un análisis certero de las causas. Cada vez es más difícil ocultar las contradicciones que se producen entre el sistema económico, que pone el lucro de una pequeña porción de la sociedad por encima de todo, y la vida. Por eso no es aceptable que no haya una crítica al modelo económico y mucho menos que haya un objetivo específico dedicado al crecimiento económico. El hecho de que el crecimiento económico se haya incluido como uno de los objetivos es una muestra que los ODS parten de un análisis erróneo. En primer lugar, no se puede poner a la par el crecimiento económico, que no es más que un indicador económico, con necesidades humanas como el poner fin a la pobreza o luchar contra el cambio climático. En segundo lugar, cada vez es más patente que el crecimiento económico es uno de los principales motores de los problemas sociales y ambientales puesto que muchas de las actividades que provocan más sufrimiento y degradación de los ecosistemas, como la venta de armas, la contaminación de los mares o la especulación inmobiliaria, son actividades que suben el PIB (la medida por antonomasia de crecimiento económico) ergo generan crecimiento económico. En un mundo finito, el crecimiento económico indefinido no es una opción sostenible. De hecho, el crecimiento económico se puede utilizar más como indicador de destrucción ambiental y no siempre está directamente relacionado con mejoras sociales. De hecho, durante los años de mayor crecimiento de la economía española no mejoraron los índices de pobreza.

Se ha tratado de sugerir que se puede dar un crecimiento económico “desmaterializado”. Sin embargo, un análisis de las consecuencias de la subida del PIB nos muestran que la desmaterialización se trata en todos los casos de un mito, pues dicha subida ha venido siempre acoplada de un mayor requerimiento de materiales y de energía. Por lo tanto, en un planeta en el que la huella ecológica (la cantidad de tierra necesaria para mantener el consumo) supera la capacidad de la Tierra y en el que el cambio climático nos obliga a disminuir el uso energético, la inclusión de un objetivo que busque el crecimiento ecoómico atenta directamente contra la consecución del resto de ODS.

El principal problema del modelo económico actual es que una disminución del PIB supone crisis económica y destrucción de empleo. Esto nos lleva a un dilema imposible de resolver dentro de los parámetros actuales. Por lo tanto, para que los ODS sean una verdadera agenda de cambio y solución de los principales problemas globales se debe empezar por cuestionar el modelo económico actual, que fomenta el lucro privado, la concentración de la riqueza y la degradación de los ecosistemas planetarios. De otra manera, la Agenda 2030 no será más que otro intento fútil de declaración de buenas intenciones que no llega a buen término. Hay quien considera estas suposiciones utópicas, pero parece más utópico pretender ya no la consecución de los ODS, sino que se perpetúe el crecimiento económico indefinidamente en un planeta al borde del colapso ambiental.

Dado que la situación de partida dista mucho de la consecución de los objetivos, como muestran algunas evaluaciones realizadas, solo una verdadera transición ecológica, es decir, un cambio de modelo producción y consumo que apueste por el trabajo digno, por el comercio local y ecológico y que anteponga el cuidado de la vida al lucro empresarial conducirá hacia una agenda exitosa. Una buena medida en esta dirección sería el utilizar nuevos indicadores económicos, como el Indice de Bienestar Económico Sostenible (ISEW) o el Índice de Progreso Real, que contabilizan el bienestar de la población, la equidad y la salud de los ecosistemas. De esta manera la economía estaría al servicio de una sociedad justa y de la conservación de la naturaleza. A su vez temas como la reducción de la jornada laboral, la promoción del empleo verde en condiciones dignas o la apuesta por la conciliación deberían estar en el punto de mira. La Economía Social y Solidaria muestra una ruta a seguir en aras de conseguir empleo digno, arraigado al territorio, ambientalmente sostenible y donde la cooperación prevalezca a la competición.

Pero no hay que esperar a tomar medidas de tanto calado para avanzar en la consecución de los ODS. Hay medidas inmediatas como la derogación de las leyes mordaza, la retirada del apoyo a los tratados comerciales y de inversión de la Unión Europea, la aprobación de una ley de cambio climático que apueste por dejar de utilizar combustibles fósiles y marque objetivos anuales de reducción de emisiones en torno al 10%, un reglamento de la ley del suelo encaminado a fomentar el acceso a la vivienda y a frenar la turistización y gentrificación o una política de aguas que fije caudales ecológicos y ponga tope al regadío. Todo ello supondría un buen punto de partida en el camino de la transición ecológica.


 

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